Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 256
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 389-390
con terrible claridad; y ahora la gente escuchó con el aliento en suspenso mientras el anciano profeta explicaba:
“La declaración del negocio es: MENE: Contó Dios tu reino, y halo rematado. TEKEL: Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto. PERES: Tu reino fué rompido, y es dado a Medos y Persas.”
Aquella última noche de loca insensatez, Belsasar y sus señores habían colmado la medida de su culpabilidad y de la que incumbía al reino caldeo. Ya no podía la mano refrenadora de Dios desviar el mal que los amenazaba. Mediante múltiples providencias, Dios había procurado enseñarles a reverenciar su ley. Había declarado acerca de aquellos cuyo juicio llegaba ahora hasta el cielo: “Curamos a Babilonia, y no ha sanado.” A causa de la extraña perversidad del corazón humano, Dios encontraba por fin necesario dictar la sentencia irrevocable. Belsasar iba a caer, y su reino iba a ser traspasado a otras manos.
Cuando el profeta dejó de hablar, el rey ordenó que se le recompensase con los honores prometidos; y en consecuencia “vistieron a Daniel de púrpura, y en su cuello fué puesto un collar de oro, y pregonaron de él que fuese el tercer señor en el reino.”
Más de un siglo antes, la Inspiración había predicho que “la noche de ... placer” durante la cual el rey y sus consejeros rivalizarían unos con otros para blasfemar contra Dios, se vería de repente trocada en ocasión de miedo y destrucción. Y ahora, en rápida sucesión, se produjeron uno tras otro acontecimientos portentosos que correspondían exactamente a lo descrito en las Sagradas Escrituras antes que hubiesen nacido los protagonistas del drama.
Mientras estaba todavía en el salón de fiestas, rodeado por aquellos cuya suerte estaba sellada, el rey recibió de un mensajero la información de “que su ciudad” era “tomada” por el enemigo contra cuyos planes se había sentido tan seguro; “los vados fueron tomados, ... y consternáronse los hombres de
guerra.” Jeremías 51:31, 32. Aun mientras él y sus nobles bebían de los vasos sagrados de Jehová, y alababan a sus dioses de plata y de oro, los medos y persas, habiendo desviado el curso del Eufrates, penetraban en el corazón de la ciudad desprevenida. El ejército de Ciro estaba ya al pie de las murallas del palacio; la ciudad se había llenado de soldados enemigos “como de langostas” (Vers. 14), y sus gritos de triunfo podían oírse sobre los clamores desesperados de los asombrados disolutos.
“La misma noche fué muerto Belsasar, rey de los Caldeos,” y un monarca extranjero se sentó en el trono.
Los profetas hebreos habían hablado claramente de la manera en que iba a caer Babilonia. Al revelarles el Señor en visión los acontecimientos futuros, habían exclamado: “¡Cómo fué presa Sesach, y fué tomada la que era alabada por toda la tierra! ¡Cómo fué Babilonia por espanto entre las gentes!” “¡Cómo fué cortado y quebrado el martillo de toda la tierra! ¡cómo se tornó Babilonia en desierto entre las gentes!” “Del grito de la toma de Babilonia la tierra tembló, y el clamor se oyó entre las gentes.”
“En un momento cayó Babilonia.” “Porque vino destruidor contra ella, contra Babilonia, y sus valientes fueron presos, el arco de ellos fué quebrado: porque Jehová, Dios de retribuciones, dará la paga. Y embriagaré sus príncipes y sus sabios, sus capitanes y sus nobles y sus fuertes; y dormirán sueño eterno y no despertarán, dice el Rey, cuyo nombre es Jehová de los ejércitos.”
“Púsete lazos, y aun fuiste tomada, oh Babilonia, y tú no lo supiste: fuiste hallada, y aun presa, porque provocaste a Jehová. Abrió Jehová tu tesoro, y sacó los vasos de su furor: porque ésta es obra de Jehová, Dios de los ejércitos, en la tierra de los Caldeos.”
“Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Oprimidos fueron los hijos de Israel y los hijos de Judá juntamente: y todos los que los tomaron cautivos, se los retuvieron; no los quisieron soltar.
Profetas y Reyes · Ellen G. White