Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 257
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 391-393
El redentor de ellos es el Fuerte; Jehová de los ejércitos es su nombre: de cierto abogará la causa de ellos, para hacer quietar la tierra, y turbar los moradores de Babilonia.” Jeremías 51:41; 50:23, 46; 51:8, 56, 57; 50:24, 25, 33, 34.
Así el “muro ancho de Babilonia” quedó “derribado enteramente, y sus altas puertas” fueron “quemadas a fuego.” Así hizo cesar Jehová de los ejércitos “la arrogancia de los soberbios” y abatió “la altivez de los fuertes.” Así Babilonia, “hermosura de reinos y ornamento de la grandeza de los Caldeos,” llegó a ser como Sodoma y Gomorra, lugar maldito para siempre. La Inspiración había declarado: “Nunca más será habitada, ni se morará en ella de generación en generación; ni hincará allí tienda el Arabe, ni pastores tendrán allí majada: sino que dormirán allí bestias fieras, y sus casas se llenarán de hurones; allí habitarán hijas del buho, y allí saltarán peludos. Y en sus palacios gritarán gatos cervales, y chacales en sus casas de deleite.” “Y convertiréla en posesión de erizos, y en lagunas de agua: y la barreré con escobas de destrucción, dice Jehová de los ejércitos.” Jeremías 51:58; Isaías 13:11, 19-22; 14:23.
Al último gobernante de Babilonia llegó la sentencia del Vigía divino, como había llegado en figura al primero: “A ti dicen, ... el reino es traspasado de ti.” Daniel 4:31.
“Desciende, y siéntate en el polvo, virgen hija de Babilonia,
siéntate en la tierra sin trono, ...
siéntate, calla, y entra en tinieblas, hija de los Caldeos:
porque nunca más te llamarán señora de reinos.
“Enojéme contra mi pueblo,
profané mi heredad, y entreguélos en tu mano:
no les hiciste misericordias...
“Y dijiste: Para siempre seré señora:
y no has pensado en esto, ni te acordaste de tu postrimería.
“Oye pues ahora esto, delicada,
la que está sentada confiadamente,
la que dice en su corazón:
Yo soy, y fuera de mí no hay más;
no quedaré viuda, ni conoceré orfandad.
“Estas dos cosas te vendrán de repente en un mismo día, orfandad y viudez:
en toda su perfección vendrán sobre ti,
por la multitud de tus adivinanzas, y ... de tus muchos agüeros.
Porque te confiaste en tu maldad, diciendo: Nadie me ve.
“Tu sabiduría y tu misma ciencia te engañaron,
y dijiste en tu corazón: Yo, y no más.
Vendrá pues sobre ti mal, cuyo nacimiento no sabrás:
caerá sobre ti quebrantamiento,
el cual no podrás remediar:
y destrucción que no sabrás, vendrá de repente sobre ti.
“Estáte ahora en tus encantamentos, y con la multitud de tus agüeros,
en los cuales te fatigaste desde tu niñez;
quizá podrás mejorarte, quizá te fortificarás.
“Haste fatigado en la multitud de tus consejos.
Parezcan ahora y defiéndante los contempladores de los cielos,
los especuladores de las estrellas, los que contaban los meses,
para pronosticar lo que vendrá sobre ti.
“He aquí que serán como tamo; ...
no salvarán sus vidas del poder de la llama; ...
no habrá quien te salve.” Isaías 47:1-15.
A cada nación que subió al escenario de acción se le permitió ocupar su lugar en la tierra, para que pudiese determinarse si iba a cumplir los propósitos del Vigilante y Santo. La profecía describió el nacimiento y el progreso de los grandes imperios mundiales: Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma. Con cada uno de ellos, como con las naciones de menos potencia, la historia se repitió. Cada uno tuvo su plazo de prueba; cada uno fracasó, su gloria se desvaneció y desapareció su poder.
Aunque las naciones rechazaron los principios divinos y con ello labraron su propia ruina, un propósito divino predominante ha estado obrando manifiestamente a través de los
siglos. Fué esto lo que vió el profeta Ezequiel en la maravillosa representación que se le dió durante su destierro en la tierra de los caldeos, cuando se desplegaron ante su mirada atónita los símbolos que revelaban un poder señoreador que rige los asuntos de los gobernantes terrenales.
A orillas del río Chebar, Ezequiel contempló un torbellino que parecía venir del norte, “una gran nube, con un fuego envolvente, y en derredor suyo un resplandor, y en medio del fuego una cosa que parecía como de ámbar.” Cierto número de ruedas entrelazadas unas con otras eran movidas por cuatro seres vivientes. Muy alto, por encima de éstos “veíase la figura de un trono que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él.” “Y apareció en los querubines la figura de una mano humana debajo de sus alas.” Ezequiel 1:4, 26; 10:8. Las ruedas eran tan complicadas en su ordenamiento, que a primera vista parecían confusas; y sin embargo se movían en armonía perfecta. Seres celestiales, sostenidos y guiados por la mano que había debajo de las alas de los querubines, impelían aquellas ruedas; sobre ellos, en el trono de zafiro, estaba el Eterno; y en derredor del trono, había un arco iris, emblema de la misericordia divina.
Como las complicaciones semejantes a ruedas eran dirigidas por la mano que había debajo de las alas de los querubines, el complicado juego de los acontecimientos humanos se halla bajo el control divino. En medio de las disensiones y el tumulto de las naciones, el que está sentado más arriba que los querubines sigue guiando los asuntos de esta tierra.
La historia de las naciones nos habla a nosotros hoy. Dios asignó a cada nación e individuo un lugar en su gran plan. Hoy los hombres y las naciones son probados por la plomada que está en la mano de Aquel que no comete error. Por su propia elección, cada uno decide su destino, y Dios lo rige todo para cumplir sus propósitos.
Al unir un eslabón con otro en la cadena de los
Profetas y Reyes · Ellen G. White