Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 255
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 386-388
Acallada quedó la ruidosa alegría, mientras que hombres y mujeres, dominados por un terror sin nombre, miraban cómo la mano trazaba lentamente los caracteres misteriosos. Como en visión panorámica desfilaron ante sus ojos los actos de su vida impía; les pareció estar emplazados ante el tribunal del Dios eterno, cuyo poder acababan de desafiar. Donde tan sólo unos momentos antes habían prevalecido la hilaridad y los chistes blasfemos, se veían rostros pálidos y se oían gritos de miedo. Cuando Dios infunde miedo en los hombres, no pueden ocultar la intensidad de su terror.
Belsasar era el más aterrorizado de todos. El era quien llevaba la mayor responsabilidad por la rebelión contra Dios que había llegado esa noche a su apogeo en el reino babilónico. En presencia del Vigía invisible, representante de Aquel cuyo poder había sido desafiado y cuyo nombre había sido blasfemado, el rey se quedó paralizado de miedo. Su conciencia se despertó. “Desatáronse las ceñiduras de sus lomos, y sus rodillas se batían la una con la otra.” Belsasar se había levantado impíamente contra el Dios del cielo, y había confiado en su propio poder, sin suponer siquiera que alguno pudiera atreverse a decirle: ¿Por qué obras así? Ahora comprendía que le tocaba dar cuenta de la mayordomía que le había sido confiada, y que no podía ofrecer excusa alguna por haber desperdiciado sus oportunidades ni por su actitud desafiante.
En vano trató el rey de leer las letras ardientes. Encerraban un secreto que él no podía sondear, un poder que le era imposible comprender o contradecir. Desesperado, se volvió hacia los sabios de su reino en busca de ayuda. Su grito frenético repercutió en la asamblea, cuando invitó a los astrólogos, caldeos y adivinos a que leyesen la escritura. Prometió: “Cualquiera que leyere esta escritura, y me mostrare su declaración, será vestido de púrpura, y tendrá collar de oro a su cuello; y en el reino se enseñoreará el tercero.” Pero de nada valió la súplica que dirigió a sus consejeros de confianza ni su ofrecimiento de ricas recompensas. La sabiduría celestial no puede
comprarse ni venderse. “Todos los sabios del rey ... no pudieron leer la escritura, ni mostrar al rey su declaración.” Les era tan imposible leer los caracteres misteriosos como lo había sido para los sabios de una generación anterior interpretar los sueños de Nabucodonosor.
Entonces la reina madre recordó a Daniel, quien, más de medio siglo antes, había dado a conocer al rey Nabucodonosor el sueño de la gran imagen y su interpretación. Dijo ella: “Rey, para siempre vive, no te asombren tus pensamientos, ni tus colores se demuden: En tu reino hay un varón, en el cual mora el espíritu de los dioses santos; y en los días de tu padre se halló en él luz e inteligencia y sabiduría, como ciencia de los dioses: al cual el rey Nabucodonosor ... constituyó príncipe sobre todos los magos, astrólogos, Caldeos, y adivinos: por cuanto fué hallado en él mayor espíritu, y ciencia, y entendimiento, interpretando sueños, y declarando preguntas, y deshaciendo dudas, es a saber, en Daniel; al cual el rey puso por nombre Beltsasar. Llámese pues ahora a Daniel, y él mostrará la declaración.
“Entonces Daniel fué traído delante del rey.” Haciendo un esfuerzo para recobrar la serenidad, Belsasar dijo al profeta: “¿Eres tú aquel Daniel de los hijos de la cautividad de Judá, que mi padre trajo de Judea? Yo he oído de ti que el espíritu de los dioses santos está en ti, y que en ti se halló luz, y entendimiento y mayor sabiduría. Y ahora fueron traídos delante de mí, sabios, astrólogos, que leyesen esta escritura, y me mostrasen su interpretación: pero no han podido mostrar la declaración del negocio. Yo pues he oído de ti que puedes declarar las dudas, y desatar dificultades. Si ahora pudieres leer esta escritura, y mostrarme su interpretación, serás vestido de púrpura, y collar de oro tendrás en tu cuello, y en el reino serás el tercer señor.”
Ante aquella muchedumbre aterrorizada, estaba Daniel en pie, imperturbable frente a la promesa del rey, con la tranquila dignidad de un siervo del Altísimo, no para hablar palabras de
adulación, sino para interpretar un mensaje de condenación. Dijo entonces: “Tus dones sean para ti, y tus presentes dalos a otro. La escritura yo la leeré al rey, y le mostraré la declaración.”
El profeta recordó primero a Belsasar asuntos que le eran familiares, pero que no le habían enseñado la lección de humildad que podría haberle salvado. Habló del pecado de Nabucodonosor, de su caída y de como el Señor había obrado con él, del dominio y la gloria que se le habían concedido, así como del castigo divino que mereció su orgullo y del subsiguiente reconocimiento que había expresado acerca del poder y la misericordia del Dios de Israel. Después, en palabras audaces y enfáticas, reprendió a Belsasar por su gran impiedad. Hizo resaltar el pecado del rey y le señaló las lecciones que podría haber aprendido, pero que no aprendió. Belsasar no había leído correctamente lo experimentado por su abuelo, ni prestado atención a las advertencias que le daban acontecimientos tan significativos para él mismo. Se le había concedido la oportunidad de conocer al verdadero Dios y de obedecerle, pero no le había prestado atención, y estaba por cosechar las consecuencias de su rebelión.
Declaró el profeta: “Y tú, ... Belsasar, no has humillado tu corazón, sabiendo todo esto: antes contra el Señor del cielo te has ensoberbecido, e hiciste traer delante de ti los vasos de su casa, y tú y tus príncipes, tus mujeres y tus concubinas, bebisteis vino en ellos: demás de esto, a dioses de plata y de oro, de metal, de hierro, de madera, y de piedra, que ni ven, ni oyen, ni saben, diste alabanza: y al Dios en cuya mano está tu vida, y cuyos son todos tus caminos, nunca honraste. Entonces de su presencia fué enviada la palma de la mano que esculpió esta escritura.”
Volviéndose hacia el mensaje enviado por el Cielo, el profeta leyó en la pared: “MENE, MENE, TEKEL, UPHARSIN.” La mano que había trazado los caracteres ya no era visible, pero aquellas cuatro palabras seguían resplandeciendo
Profetas y Reyes · Ellen G. White