Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 206
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 320-321
habían oído, pero aconsejaron al escriba que se escondiera, pues temían que el rey rechazase el testimonio y procurase matar a los que habían preparado y comunicado el mensaje.
Cuando los príncipes dijeron al rey Joaquim lo que Baruc había leído, ordenó inmediatamente que trajesen el rollo a su presencia y que se lo leyesen. Uno de los acompañantes reales, llamado Jehudí, buscó el rollo, y empezó a leer las palabras de reprensión y amonestación. Era invierno, y el rey y sus asociados en el gobierno, los príncipes de Judá, estaban reunidos en derredor de un fuego abierto. Apenas se hubo leído una pequeña porción cuando el rey, en vez de temblar por el peligro que le amenazaba a él y a su pueblo, se apoderó del rollo, y con ira frenética “rasgólo con un cuchillo de escribanía, y echólo en el fuego que había en el brasero, hasta que todo el rollo se consumió.” Vers. 23.
Ni el rey ni sus príncipes sintieron temor, “ni rasgaron sus vestidos.” A pesar de que algunos de los príncipes “rogaron al rey que no quemase aquel rollo, no los quiso oír.” Habiendo destruido la escritura, la ira del rey impío se despertó contra Jeremías y Baruc, y dió inmediatamente órdenes para que los prendiesen; “mas Jehová los escondió.” Vers. 24-26.
Al hacer conocer a los que adoraban en el templo, así como a los príncipes y al rey, las amonestaciones escritas en el rollo inspirado, Dios procuraba misericordiosamente amonestar a los hombres de Judá para su propio bien. “Quizá oirá la casa de Judá—dijo—todo el mal que yo pienso hacerles, para volverse cada uno de su mal camino, y yo perdonaré su maldad y su pecado.” Vers. 3. Dios se compadece de los hombres que luchan en la ceguera de la perversidad; procura iluminar su entendimiento entenebrecido dándoles reprensiones y amenazas destinadas a inducir a los más encumbrados a sentir su ignorancia y deplorar sus errores. Se esfuerza por ayudar a los que se complacen en sí mismos para que, sintiéndose descontentos de sus vanas realizaciones, procuren la bendición espiritual en una estrecha relación con el cielo.
No es el plan de Dios enviar mensajeros que agraden o halaguen a los pecadores; no comunica mensajes de paz para arrullar en la seguridad carnal a los que no se santifican. Antes impone cargas pesadas a la conciencia del que hace el mal, y atraviesa su alma con agudas saetas de convicción. Los ángeles ministradores le presentan los temibles juicios de Dios, para ahondar su sentido de necesidad, y para inducirle a clamar: “¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?” Hechos 16:30. Pero la Mano que humilla hasta el polvo, reprende el pecado y avergüenza el orgullo y la ambición, es la Mano que eleva al penitente y contrito. Con la más profunda simpatía, el que permite que caiga el castigo, pregunta: “¿Qué quieres que se te haga?”
Cuando el hombre ha pecado contra un Dios santo y misericordioso, no puede seguir una conducta más noble que la que consiste en arrepentirse sinceramente y confesar sus errores con lágrimas y amargura en el alma. Esto es lo que Dios requiere; no puede aceptar sino un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Pero el rey Joaquim y sus señores, en su arrogancia y orgullo, rechazaron la invitación de Dios. No quisieron escuchar la amonestación ni arrepentirse. La oportunidad que se les ofreció misericordiosamente antes que quemaran el rollo sagrado, fué la última. Dios había declarado que si en ese momento se negaban a escuchar su voz, les infligiría una terrible retribución. Ellos rehusaron oír, y él pronunció sus juicios finales contra Judá; y el hombre que se había ensalzado orgullosamente contra el Altísimo iba a ser objeto de su ira especial.
“Por tanto, así ha dicho Jehová, en orden a Joacim rey de Judá: No tendrá quien se siente sobre el trono de David; y su cuerpo será echado al calor del día y al hielo de la noche. Y visitaré sobre él, y sobre su simiente, y sobre sus siervos, su maldad; y traeré sobre ellos, y sobre los moradores de Jerusalem, y sobre los varones de Judá, todo el mal que les he dicho.” Jeremías 36:30, 31.
El asunto no acabó con la entrega del rollo al fuego. Fué
Profetas y Reyes · Ellen G. White