Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 100
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 165-166
asociado con su siervo. “Y volvióse de en pos de él, y tomó un par de bueyes, y matólos, y con el arado de los bueyes coció la carne de ellos, y dióla al pueblo que comiesen. Después se levantó, y fué tras Elías, y servíale.” Vers. 20, 21. Sin vacilación, abandonó un hogar donde se le amaba, para acompañar al profeta en su vida incierta.
Si Eliseo hubiese preguntado a Elías qué se esperaba de él, cuál iba a ser su trabajo, se le habría contestado: Dios lo sabe; él te lo hará saber. Si confías en el Señor, él responderá a cada una de tus preguntas. Puedes acompañarme si tienes evidencias de que Dios te ha llamado. Debes saber por ti mismo que Dios me apoya, y que lo que oyes es su voz. Si puedes considerarlo todo como escorias a fin de obtener el favor de Dios, ven.
Este llamamiento se parecía al que recibió la respuesta dada por Cristo al joven rico que le preguntó: “¿Qué bien haré para tener la vida eterna?” Cristo contestó: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, y sígueme.” Mateo 19:16, 21.
Eliseo aceptó el llamamiento a servir, y no miró atrás, a los placeres y comodidades que dejaba. El joven rico, al oír las palabras del Salvador, “se fué triste, porque tenía muchas posesiones.” Vers. 22. No estaba dispuesto a hacer el sacrificio pedido. El amor que sentía por sus bienes era mayor que su amor a Dios. Al negarse a renunciar a todo por Cristo, demostró que era indigno de servir al Maestro.
La invitación a ponerlo todo sobre el altar del servicio le llega a cada uno. No se nos pide a todos que sirvamos como sirvió Eliseo, ni somos todos invitados a vender cuanto tenemos; pero Dios nos pide que demos a su servicio el primer lugar en nuestra vida, que no dejemos transcurrir un día sin hacer algo que haga progresar su obra en la tierra. El no espera de todos la misma clase de servicio. Uno puede ser llamado al ministerio en una tierra extraña; a otro se le pedirá tal vez que dé de sus recursos para sostener la obra del Evangelio. Dios acepta la ofrenda de cada uno. Lo que resulta necesario es la
consagración de la vida y de todos sus intereses. Los que hagan esta consagración oirán el llamamiento celestial y le obedecerán.
A cada uno de los que lleguen a participar de su gracia, el Señor indica una obra que ha de hacer en favor de los demás. Individualmente debemos levantarnos y decir: “Heme aquí; envíame a mí.” Sea que uno sirva como ministro de la Palabra o como médico, o como negociante o agricultor, profesional o mecánico, la responsabilidad descansa sobre él. Su obra es revelar a otros el Evangelio de su salvación. Cada empresa a la cual se dedique debe ser un medio hacia este fin.
Lo que al principio se requería de Eliseo no era una obra grande, pues los deberes comunes seguían constituyendo su disciplina. Se dice que derramaba agua sobre las manos de Elías, su maestro. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que el Señor indicase, y a cada paso aprendía lecciones de humildad y servicio. Como ayudante personal del profeta, continuó demostrándose fiel en las cosas pequeñas, mientras que con un propósito que se iba fortaleciendo con el transcurso de cada día, se dedicaba a la misión que Dios le había señalado.
La vida de Eliseo, después que se unió a Elías, no fué exenta de tentaciones. Tuvo él muchas pruebas; pero en toda emergencia confió en Dios. Estuvo tentado a recordar el hogar que había dejado, pero no prestó atención a esto. Habiendo puesto la mano al arado, estaba resuelto a no volver atrás, y a través de pruebas y tentaciones demostró que era fiel a su cometido.
El ministerio abarca mucho más que la predicación de la Palabra. Significa preparar a los jóvenes como Elías preparó a Eliseo; es decir, arrancarles de sus deberes comunes para asignarles en la obra de Dios responsabilidades que serán pequeñas al principio, pero que aumentarán a medida que ellos adquieran fuerza y experiencia. Hay en el ministerio hombres de fe y oración, hombres que pueden decir: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado, y palparon nuestras manos tocante
Profetas y Reyes · Ellen G. White