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Lectura del libro

Profetas y Reyes, páginas 162-164

Capítulo 17—El llamamiento de Eliseo

Dios había ordenado a Elías que ungiese a otro hombre para que fuese profeta en su lugar. Le había dicho: “A Eliseo hijo de Saphat, ... ungirás para que sea profeta en lugar de ti” (1 Reyes 19:16); y en obediencia a la orden, Elías se fué en busca de Eliseo. Mientras se dirigía hacia el norte, notaba cuán cambiado estaba el escenario en comparación con lo que había sido poco tiempo antes. Entonces la tierra estaba quemada, y no se labraban las regiones agrícolas; porque hacía tres años y medio que no caía rocío ni lluvia. Ahora la vegetación brotaba por todos lados, como para redimir el tiempo de la sequía y del hambre.

El padre de Eliseo era un agricultor rico, cuya familia se contaba entre los que no habían doblado la rodilla ante Baal en un tiempo de apostasía casi universal. En su casa se honraba a Dios, y la obediencia a la fe del antiguo Israel era la norma de la vida diaria. En tal tambiente habían transcurrido los primeros años de Eliseo. En la quietud de la vida en el campo, bajo la enseñanza de Dios y de la naturaleza y gracias a la disciplina del trabajo útil, adquirió hábitos de sencillez y de obediencia a sus padres y a Dios que contribuyeron a hacerlo idóneo para el alto puesto que había de ocupar más tarde.

Llegó el llamamiento profético a Eliseo mientras que, con los criados de su padre, estaba arando en el campo. Se había dedicado al trabajo que tenía más a mano. Poseía capacidad para ser dirigente entre los hombres y la mansedumbre de quien está dispuesto a servir. Dotado de un espíritu tranquilo y amable, era sin embargo enérgico y firme. Manifestaba integridad y fidelidad, así como amor y temor de Dios; y en

el humilde cumplimiento del trabajo diario adquirió fuerza de propósito y nobleza de carácter, mientras crecía constantemente en gracia y conocimiento. Al cooperar con su padre en los deberes del hogar, aprendía a cooperar con Dios.

Por su fidelidad en las cosas pequeñas, Eliseo se estaba preparando para cumplir otros cometidos mayores. Día tras día, por la experiencia práctica, adquiría idoneidad para una obra más amplia y elevada. Aprendía a servir; y al aprender esto, aprendía también a dar instrucciones y a dirigir. Esto encierra una lección para todos. Nadie puede saber lo que Dios se propone lograr con sus disciplinas; pero todos pueden estar seguros de que la fidelidad en las cosas pequeñas es evidencia de idoneidad para llevar responsabilidades mayores. Cada acto de la vida es una revelación del carácter; y únicamente aquel que en los deberes pequeños demuestra ser “obrero que no tiene de qué avergonzarse” (2 Timoteo 2:15) puede ser honrado por Dios con una invitación a prestar un servicio más elevado.

El que considera que no tiene importancia la manera en que cumple las tareas más pequeñas, demuestra que no está preparado para un puesto de más honra. Puede considerarse muy competente para encargarse de los deberes mayores; pero Dios mira más hondo que la superficie. Después de la prueba, queda escrita esta sentencia contra él: “Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto.” Su infidelidad reacciona sobre él mismo. No obtiene la gracia, el poder, la fuerza de carácter, que se reciben por una entrega sin reservas.

Por no estar relacionados con alguna obra directamente religiosa, muchos consideran que su vida es inútil, que nada hacen para hacer progresar el reino de Dios. Si tan sólo pudiesen hacer algo grande, ¡con cuánto gusto lo emprenderían! Pero porque sólo pueden servir en cosas pequeñas, se consideran justificados por no hacer nada. En esto yerran. Un hombre puede estar sirviendo activamente a Dios mientras se dedica a los deberes comunes de cada día; mientras derriba árboles, prepara la tierra, o sigue el arado. La madre que educa a

sus hijos para Cristo está tan ciertamente trabajando para Dios como el ministro en el púlpito.

Muchos sienten el anhelo de poseer algún talento especial con que hacer una obra maravillosa, mientras pierden de vista los deberes que tienen a mano, cuyo cumplimiento llenaría la vida de fragancia. Ejecuten los padres los deberes que se encuentran directamente en su camino. El éxito no depende tanto del talento como de la energía y de la buena voluntad. No es la posesión de talentos magníficos lo que nos habilita para prestar un servicio aceptable, sino el cumplimiento concienzudo de los deberes diarios, el espíritu contento, el interés sincero y sin afectación por el bienestar de los demás. En la suerte más humilde puede hallarse verdadera excelencia. Las tareas más comunes, realizadas con una fidelidad impregnada de amor, son hermosas a la vista de Dios.

Cuando Elías, divinamente dirigido en la búsqueda de un sucesor, pasó al lado del campo en el cual Eliseo estaba arando, echó sobre los hombros del joven el manto de la consagración. Durante el hambre, la familia de Safat se había familiarizado con la obra y la misión de Elías; y ahora el Espíritu de Dios impresionó el corazón de Eliseo acerca de lo que significaba el acto del profeta. Era para él la señal de que Dios le llamaba a ser sucesor de Elías.

“Entonces dejando él los bueyes, vino corriendo en pos de Elías, y dijo: Ruégote que me dejes besar mi padre y mi madre, y luego te seguiré.” Elías respondió: “Ve, vuelve: ¿qué te he hecho yo?” 1 Reyes 19:20, 21. No dijo esto para rechazarlo, sino para probar su fe. Eliseo debía tener en cuenta el costo, decidir por sí mismo si quería aceptar o rechazar el llamamiento. Si sus deseos se aferraban a su hogar y sus ventajas, quedaba libre para permanecer allí. Pero el joven comprendió el significado del llamamiento. Sabía que provenía de Dios, y no vaciló en obedecer. Ni por todas las ventajas mundanales se habría privado de la oportunidad de llegar a ser mensajero de Dios, ni habría sacrificado el privilegio de estar

Profetas y Reyes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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