Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 92
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 221-223
y las hizo prosperar. El rey, disgustado por el fracaso de su propósito, dio a la orden un carácter más urgente y general. Pidió a toda la nación que buscara y diera muerte a sus víctimas desamparadas. “Entonces el faraón dio a todo su pueblo esta orden: “Echad al río a todo hijo que nazca, y preservad la vida a toda hija””.
Mientras este decreto estaba en vigencia, les nació un hijo a Amrán y Jocabed, israelitas devotos de la tribu de Leví. El niño era hermoso, y los padres, creyendo que el tiempo de la liberación de Israel se acercaba y que Dios iba a suscitar un libertador para su pueblo, decidieron que el niño no iba a ser sacrificado. La fe en Dios fortaleció sus corazones, y “no temieron el mandamiento del rey”.
La madre logró ocultar al niño durante tres meses. Entonces viendo que ya no podía esconderlo con seguridad, preparó una arquilla de juncos, la impermeabilizó con brea y asfalto, y colocó al niño en ella y la depositó en un carrizal de la orilla del río. No se atrevió a permanecer allí para cuidarla ella misma, por temor a que se perdiera tanto la vida del niño como la suya, pero María, la hermana del niño, quedó allí cerca, aparentando indiferencia, pero vigilando ansiosamente para ver qué sería de su hermanito. Y había otros observadores. Las fervorosas oraciones de la madre habían confiado a su hijo al cuidado de Dios e invisibles ángeles vigilaban la humilde cuna. Ellos dirigieron a la hija del faraón hacia aquel sitio. La arquilla llamó su atención, y cuando vió al hermoso niño una sola mirada le bastó para leer su historia. Las lágrimas del pequeño despertaron su compasión, y se conmovió al pensar en la desconocida madre que había apelado a este medio para preservar la vida de su precioso hijo. Decidió salvarlo y adoptarlo como hijo suyo.
María había estado observando secretamente todos los movimientos; así que viendo que trataban al niño tiernamente, se aventuró a acercarse y por último preguntó a la princesa: “¿Iré a llamarte un ama de las hebreas, para que te críe este niño?” Se le autorizó a que lo hiciera.
La hermana se apresuró a llevar a su madre la feliz noticia, y sin tardanza se presentó con ella ante la hija del faraón. “Llevate este niño y críamelo; yo te lo pagaré”, dijo la princesa.
Dios había oído las oraciones de la madre; su fe fue premiada. Con profunda gratitud emprendió su tarea, que ahora no entrañaba peligro. Aprovechó fielmente la oportunidad de educar a su hijo para Dios. Estaba segura de que había sido preservado para una gran obra, y sabía que pronto debería entregarlo a su madre adoptiva, y
se vería rodeado de influencias que tenderían a apartarlo de Dios. Todo esto la hizo más diligente y cuidadosa en su instrucción que en la de sus otros hijos. Trató de inculcarle la reverencia a Dios y el amor a la verdad y a la justicia, y oró fervorosamente que fuera preservado de toda influencia corruptora. Le mostró la insensatez y el pecado de la idolatría, y desde muy temprana edad lo enseñó a postrarse y orar al Dios viviente, el único que podía oírlo y ayudarlo en cualquier emergencia.
La madre retuvo a Moisés tanto tiempo como pudo, pero se vio obligada a entregarlo cuando tenía como doce años de edad. De su humilde cabaña fue llevado al palacio real, y la hija del faraón lo prohijó. Pero en Moisés no se borraron las impresiones que había recibido en su niñez. No podía olvidar las lecciones que aprendió junto a su madre. Le fueron un escudo contra el orgullo, la incredulidad y los vicios que florecían en medio del esplendor de la corte.
¡Cuán grande había sido en sus resultados la influencia de aquella mujer hebrea, a pesar de ser una esclava desterrada! Toda la vida de Moisés y la gran misión que cumplió como caudillo de Israel dan fe de la importancia de la obra de una madre piadosa. Ninguna otra tarea se puede igualar a esta. En un grado sumo, la madre modela con sus manos el destino de sus hijos. Influye en las mentes y los caracteres, y trabaja no solamente para el presente sino también para la eternidad. Siembra la semilla que germinará y dará fruto, ya sea para bien o para mal. La madre no tiene que pintar una forma bella sobre un lienzo, ni cincelarla en un mármol, sino que tiene que grabar la imagen divina en el alma humana. Muy especialmente durante los años tiernos de los hijos, descansa sobre ella la responsabilidad de formar su carácter. Las impresiones que en ese tiempo se hacen sobre sus mentes que están en proceso de desarrollo, permanecerán a través de toda su vida. Los padres deben dirigir la instrucción y la educación de sus hijos mientras son niños, con el propósito de que sean piadosos. Son puestos bajo nuestro cuidado para que los eduquemos, no como herederos del trono de un imperio terrenal, sino como reyes para Dios, que han de reinar al través de las edades eternas.
Toda madre debe comprender que su tiempo no tiene precio; su obra ha de probarse en el solemne día de la rendición de cuentas. Entonces se hallará que muchos fracasos y crímenes de los hombres y mujeres fueron resultado de la ignorancia y negligencia de quienes debieron haber guiado sus pies infantiles por el camino recto.
Entonces se hallará que muchos de los que beneficiaron al mundo con la luz del genio, la verdad y santidad, recibieron de una madre cristiana y piadosa los principios que fueron la fuente de su influencia y éxito.
En la corte del faraón, Moisés recibió la más alta educación civil y militar. El monarca había decidido hacer de su nieto adoptivo el sucesor del trono, y el joven fue educado para esa alta posición. “Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras”. Hechos 7:22. Su capacidad como caudillo militar lo convirtió en el favorito del ejército egipcio, y la mayoría lo consideraba como un personaje notable. Satanás había sido derrotado en sus propósitos. El mismo decreto que condenaba a muerte a los niños hebreos había sido usado por Dios para educar y adiestrar al futuro caudillo de su pueblo.
A los ancianos de Israel les comunicaron los ángeles que la época de su liberación se acercaba, y que Moisés era el hombre que Dios emplearía para realizar esta obra. Los ángeles también instruyeron a Moisés, diciéndole que Jehová lo había elegido para poner fin a la servidumbre de su pueblo. Suponiendo Moisés que los hebreos habían de obtener su libertad mediante la fuerza de las armas, esperaba dirigir los ejércitos hebreos contra los ejércitos egipcios, y teniendo esto en cuenta, fue cuidadoso con sus afectos, para evitar que por apego a su madre adoptiva o al faraón no se sintiera libre para hacer la voluntad de Dios.
De conformidad con las leyes de Egipto, todos los que ocupaban el trono de los faraones debían llegar a ser miembros de la casta sacerdotal: y Moisés, como presunto heredero debía ser iniciado en los misterios de la religión nacional. Se responsabilizó de esto a los sacerdotes. Pero aunque era celoso e incansable estudiante, no pudieron inducirlo a la adoración de los dioses. Fue amenazado con perder la corona, y se le advirtió de que sería desheredado por la princesa si insistía en su apego a la fe hebrea. Pero permaneció inconmovible en su determinación de no rendir homenaje a otro Dios que no sea el Creador del cielo y de la tierra. Razonó con los sacerdotes y los adoradores de los dioses egipcios, mostrándoles la insensatez de su veneración supersticiosa hacia objetos inanimados. Nadie pudo refutar sus argumentos o cambiar su propósito; sin embargo, por un tiempo su firmeza fue tolerada a causa de su elevada posición, y por el favor que le dispensaban tanto el rey como el pueblo.
“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija del faraón, prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios,
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White