Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 224-226

antes que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de los egipcios, porque tenía puesta la mirada en la recompensa”. Hebreos 11:24-26. Moisés estaba capacitado para destacarse entre los grandes de la tierra, para brillar en las cortes del reino más glorioso, y para empuñar el cetro de su poder. Su grandeza intelectual lo distingue entre los grandes de todas las edades, y no tiene par como historiador, poeta, filósofo, general y legislador. Con el mundo a su alcance, tuvo fuerza moral para rehusar las halagüeñas perspectivas de riqueza, grandeza y fama, “prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado”.

Moisés había sido instruido tocante al galardón final que será dado a los humildes y obedientes siervos de Dios, y en comparación con el cual la ganancia mundanal se hundía en su propia insignificancia. El magnífico palacio del faraón y el trono del monarca fueron ofrecidos a Moisés para seducirlo; pero él sabía que los placeres pecaminosos que hacen a los hombres olvidarse de Dios imperaban en sus cortes señoriales. Vio más allá del esplendoroso palacio, más allá de la corona de un monarca, los altos honores que se otorgarán a los santos del Altísimo en un reino que no tendrá mancha de pecado. Vio por la fe una corona imperecedera que el Rey del cielo colocará en la frente del vencedor. Esta fe lo indujo a apartarse de los señores de esta tierra, y a unirse con la nación humilde, pobre y despreciada que había preferido obedecer a Dios antes que servir al pecado.

Moisés permaneció en la corte hasta los cuarenta años de edad. Con frecuencia pensaba en la abyecta condición de su pueblo, y visitaba a sus hermanos sujetos a servidumbre, y los animaba con la seguridad de que Dios obraría su liberación. A menudo, provocado al resentimiento por las escenas de injusticia y opresión que veía, anhelaba vengar sus males. Un día, en una de sus visitas, al ver que un egipcio golpeaba a un israelita, se arrojó sobre aquel y lo mató. No hubo testigos del hecho, excepto el israelita, y Moisés sepultó inmediatamente el cuerpo en la arena. Habiendo demostrado que estaba listo para apoyar la causa de su pueblo, esperaba verlo levantarse para recobrar su libertad. “Él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya, pero ellos no lo habían entendido así”. Hechos 7:25. Aun no estaban preparados para la libertad.

Al siguiente día Moisés vio a dos hebreos que reñían entre sí, uno de ellos era evidentemente culpable. Moisés lo reprendió, y el

hombre, oponiéndosele, le negó el derecho a intervenir y lo acusó así vilmente de un crimen: “¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio?”

Todo el asunto, exagerado en sumo grado, se supo rápidamente entre los egipcios, y hasta llegó a oídos del faraón. Se le dijo al rey que este acto era muy significativo; que Moisés tenía el propósito de acaudillar a su pueblo contra los egipcios; que quería derrocar el gobierno y ocupar el trono; y que no habría seguridad para el reino mientras él viviera. El monarca decidió en seguida que debía morir. Reconociendo su peligro, Moisés huyó hacia Arabia.

El Señor dirigió su marcha, y encontró asilo en casa de Jetro, sacerdote y príncipe de Madián que también adoraba a Dios. Después de un tiempo, Moisés se casó con una de las hijas de Jetro; y allí, al servicio de su suegro como pastor de ovejas, permaneció por espacio de cuarenta años.

Al dar muerte al egipcio, Moisés había caído en el mismo error que cometieron muchas veces sus antepasados; es decir, había intentado realizar por sí mismo lo que Dios había prometido hacer. Dios no se proponía libertar a su pueblo mediante la guerra, como pensó Moisés, sino por medio de su gran poder, para que la gloria fuera atribuida únicamente a él. No obstante, aun de este acto apresurado se valió el Señor para cumplir sus propósitos. Moisés no estaba preparado para su gran obra. Aun tenía que aprender la misma lección de fe que se les había enseñado a Abraham y a Jacob, es decir, a no depender, para el cumplimiento de las promesas de Dios, de la fuerza y sabiduría humanas, sino del poder divino. Había otras lecciones que Moisés había de recibir en medio de la soledad de las montañas. En la escuela de la abnegación y las durezas había de aprender a ser paciente y a controlar sus pasiones. Antes de poder gobernar sabiamente, debía ser educado en la obediencia. Antes de poder enseñar el conocimiento de la divina voluntad a Israel, su propio corazón debía estar en plena armonía con Dios. Mediante su propia experiencia tenía que prepararse para ejercer un cuidado paternal sobre todos los que necesitarían su ayuda.

El ser humano se habría evitado ese largo período de trabajo y oscuridad, por considerarlo como una gran pérdida de tiempo. Pero la Sabiduría infinita determinó que el que había de ser el caudillo de su pueblo debía pasar cuarenta años haciendo el humilde trabajo de pastor. Así desarrolló hábitos de cuidado atento, olvido de sí mismo y tierna solicitud por su rebaño, que lo prepararon

para ser el compasivo y paciente pastor de Israel. Ninguna ventaja que la educación o la cultura humanas pudiesen otorgar, podría haber sustituido a esta experiencia.

Moisés había aprendido muchas cosas que debía olvidar. Las influencias que lo habían rodeado en Egipto, el amor a su madre adoptiva, su elevada posición como nieto del rey, el libertinaje que reinaba por todo lugar, el refinamiento, la sutileza y el misticismo de una falsa religión, el esplendor del culto idólatra, la solemne grandeza de la arquitectura y de la escultura; todo esto había dejado una profunda impresión en su mente entonces en desarrollo, y hasta cierto punto había amoldado sus hábitos y su carácter. El tiempo, el cambio de ambiente y la comunión con Dios podían hacer desaparecer estas impresiones. Exigiría de parte de Moisés mismo casi una lucha a muerte renunciar al error y aceptar la verdad; pero Dios sería su ayudador cuando el conflicto fuera demasiado severo para sus fuerzas humanas.

En todos los escogidos por Dios para llevar a cabo alguna obra para él, se notó el elemento humano. Sin embargo, no fueron personas de hábitos y caracteres estereotipados, que se conformaran con permanecer en esa condición. Deseaban fervorosamente obtener sabiduría de Dios, y aprender a servirle. Dice el apóstol: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”. Santiago 1:5. Pero Dios no dará luz divina al hombre mientras este se halle contento con permanecer en las tinieblas. Para recibir ayuda de Dios, el hombre debe reconocer su debilidad y deficiencia; debe esforzarse por realizar el gran cambio que ha de verificarse en él; debe comprender el valor de la oración y del esfuerzo perseverantes. Los malos hábitos y costumbres deben desterrarse; y solamente mediante un decidido esfuerzo por corregir estos errores y someterse a los sanos principios, se puede alcanzar la victoria. Muchos no llegan a la posición que podrían ocupar porque esperan que Dios haga por ellos lo que él les ha dado poder para hacer por sí mismos. Todos los que están capacitados para ser de utilidad deben ser educados mediante la más severa disciplina mental y moral; y Dios los ayudará, uniendo su poder divino al esfuerzo humano.

Enclaustrado dentro de los baluartes que formaban las montañas, Moisés estaba solo con Dios. Los magníficos templos de Egipto ya no lo impresionaban con su falsedad y superstición. En la solemne grandeza de las colinas sempiternas percibía la majestad del

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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