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Lectura bíblica

Exodo 4:1-26

Exodo 4:1-26

1 Entonces respondió Moisés y dijo: --¿Y si ellos no me creen ni escuchan mi voz, sino que dicen: "No se te ha aparecido Jehovah"? 2 Jehovah le preguntó: --¿Qué es eso que tienes en tu mano? Él respondió: --Una vara. 3 Y él le dijo: --Tírala al suelo. Él la tiró al suelo, y se convirtió en una serpiente. Y Moisés huía de ella. 4 Entonces Jehovah dijo a Moisés: --Extiende tu mano y agárrala por la cola. Él extendió su mano y la agarró, y volvió a ser vara en su mano. 5 --Esto es para que crean que se te ha aparecido Jehovah, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. 6 --Jehovah también le dijo--: Mete tu mano en tu seno. Él metió su mano en su seno, y al sacarla, he aquí que su mano estaba leprosa, blanca como la nieve. 7 Entonces le dijo: --Vuelve a meter tu mano en tu seno. Él volvió a meter su mano en su seno; y al volver a sacarla de su seno, he aquí que volvió a ser como el resto de su carne. 8 --Y sucederá que si no te creen ni te escuchan a la primera señal, te creerán a la segunda señal. 9 Y sucederá que si no te creen a estas dos señales ni escuchan tu voz, tomarás agua del Nilo y la derramarás en tierra seca. El agua que tomarás del Nilo se convertirá en sangre sobre la tierra seca. 10 Entonces Moisés dijo a Jehovah: --Oh Señor, yo jamás he sido hombre de palabras, ni antes ni desde que tú hablas con tu siervo. Porque yo soy tardo de boca y de lengua. 11 Jehovah le respondió: --¿Quién ha dado la boca al hombre? ¿Quién hace al mudo y al sordo, al que ve con claridad y al que no puede ver? ¿No soy yo, Jehovah? 12 Ahora pues, ve; y yo estaré con tu boca y te enseñaré lo que has de decir. 13 Y él dijo: --¡Oh Señor; por favor, envía a otra persona! 14 Entonces el furor de Jehovah se encendió contra Moisés, y le dijo: --¿No conozco yo a tu hermano Aarón el levita? Yo sé que él habla bien. He aquí que él viene a tu encuentro; y al verte, se alegrará en su corazón. 15 Tú le hablarás y pondrás en su boca las palabras. Yo estaré con tu boca y con la suya, y os enseñaré lo que habéis de hacer. 16 Él hablará por ti al pueblo y será para ti como boca, y tú serás para él como Dios. 17 Lleva en tu mano esta vara, con la cual harás las señales. 18 Entonces Moisés se fue y volvió a donde estaba su suegro Jetro y le dijo: --Permite que yo vaya y vuelva a mis hermanos que están en Egipto, para ver si aún están vivos. Y Jetro dijo a Moisés: --Ve en paz. 19 Jehovah dijo también a Moisés en Madián: --Ve, vuélvete a Egipto, porque han muerto todos los que procuraban matarte. 20 Entonces Moisés tomó a su mujer y a sus hijos, los puso sobre un asno y regresó a la tierra de Egipto. Moisés tomó también en su mano la vara de Dios. 21 Y Jehovah dijo a Moisés: --Cuando estés de regreso en Egipto, haz en presencia del faraón todas las señales que he puesto en tu mano. Sin embargo, yo endureceré su corazón, y él no dejará ir al pueblo. 22 Entonces dirás al faraón: "Así ha dicho Jehovah: 'Israel es mi hijo, mi primogénito. 23 Yo te digo que dejes ir a mi hijo para que me sirva. Si rehúsas dejarlo ir, he aquí que yo mataré a tu hijo, a tu primogénito.'" 24 Aconteció en el camino, en una posada, que Jehovah le salió al encuentro y procuró matarlo. 25 Entonces Séfora tomó un pedernal afilado, cortó el prepucio de su hijo y tocó con él los pies de Moisés, diciendo: --¡De veras, tú eres para mí un esposo de sangre! 26 Entonces le dejó. Ella había dicho "esposo de sangre" a causa de la circuncisión.

Versión Reina Valera Actualizada

Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 218-220

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Capítulo 22—Moisés

Este capítulo está basado en Éxodo 1.

Para proveerse de alimentos durante el tiempo de hambre, el pueblo egipcio había vendido a la corona su ganado y sus tierras, y finalmente se habían comprometido a una esclavitud perpetua. Pero José proveyó sabiamente para su liberación; les permitió que fueran arrendatarios del rey, quien seguía conservando las tierras y a quien le pagaban un tributo anual de un quinto de los productos de su trabajo.

Pero los hijos de Jacob no necesitaban someterse a semejantes condiciones. A causa de los servicios que José había prestado a la nación egipcia, no solamente se les otorgó una parte del país para que moraran allí, sino que fueron exonerados del pago de impuestos, y se les proveyó liberalmente de los alimentos necesarios mientras duró el hambre. El rey reconoció públicamente que gracias a la misericordiosa intervención del Dios de José, Egipto gozaba de abundancia mientras otras naciones estaban pereciendo de hambre. Vio también que la administración de José había enriquecido grandemente el reino, y su gratitud rodeó a la familia de Jacob con el favor real.

Pero con el correr del tiempo, el gran hombre a quien Egipto debía tanto, y la generación bendecida por su obra, descendieron al sepulcro. Y “se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José”. Véase Éxodo 1-4. Este rey no desconocía los servicios prestados por José a la nación; pero no quiso reconocerlos, y hasta donde le fue posible, trató de enterrarlos en el olvido. “Mirad, el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y fuerte que nosotros. Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique y acontezca que, en caso de guerra, él también se una a nuestros enemigos para pelear contra nosotros, y se vaya de esta tierra”.

Los israelitas se habían hecho ya muy numerosos. “Fructificaron y se multiplicaron, llegaron a ser numerosos y fuertes en extremo, y se llenó de ellos la tierra”. Gracias al cuidado protector de José y al favor del rey que gobernaba en aquel entonces, se habían diseminado rápidamente por el país. Pero se habían mantenido como una raza distinta, sin tener nada en común con los egipcios en sus costumbres o en su religión; y su creciente número provocaba el recelo del rey y su pueblo, pues temían que en caso de guerra se unieran con los enemigos de Egipto. Sin embargo, las leyes prohibían que fueran expulsados del país. Muchos de ellos eran obreros capacitados y entendidos, y contribuían grandemente a la riqueza de la nación; el rey los necesitaba para la construcción de sus magníficos palacios y templos. Por lo tanto, los equiparó con los egipcios que se habían vendido con sus posesiones al reino. Poco después puso sobre ellos “comisarios de tributos” y completó su esclavitud. “Los egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza, y amargaron su vida con dura servidumbre en la fabricación de barro y ladrillo, en toda labor del campo y en todo su servicio, al cual los obligaban con rigor”. “Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían”.

El rey y sus consejeros habían esperado someter a los israelitas mediante arduos trabajos, y de esa manera disminuir su número y sofocar su espíritu independiente. Al fracasar en el logro de sus propósitos, usaron medidas mucho más crueles. Se ordenó a las mujeres cuya profesión les daba la oportunidad de hacerlo, que dieran muerte a los niños varones hebreos en el momento de nacer. Satanás fue el instigador de este plan. Sabía que entre los israelitas se levantaría un libertador; y al inducir al rey a destruir a los niños varones, esperaba derrotar el propósito divino. Pero esas mujeres temían a Dios, y no osaron cumplir tan cruel mandato. El Señor aprobó su conducta,

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

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