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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 128-130

hacia la tumba. Pero Dios había reservado a Abraham su última y más aflictiva prueba para el tiempo cuando la carga de los años pesaba sobre él y anhelaba descansar de la ansiedad y el trabajo.

El patriarca moraba en Beerseba rodeado de prosperidad y honor. Era muy rico y los soberanos de aquella tierra lo honraban como a un príncipe poderoso. Miles de ovejas y vacas cubrían la llanura que se extendía más allá de su campamento. Por todo lugar estaban las tiendas de su séquito para albergar centenares de siervos fieles. El hijo de la promesa había llegado a la edad viril junto a su padre. El cielo parecía haber coronado de bendiciones la vida de sacrificio y paciencia frente a la esperanza aplazada.

Por obedecer con fe, Abraham había abandonado su país natal, había dejado atrás las tumbas de sus antepasados y la patria de su parentela. Había andado errante como peregrino por la tierra que sería su heredad. Había esperado durante mucho tiempo el nacimiento del heredero prometido. Por mandato de Dios, había desterrado a su hijo Ismael. Y ahora que el hijo a quien había deseado durante tanto tiempo entraba en la adultez, y el patriarca parecía estar a punto de gozar de lo que había esperado, se hallaba frente a una prueba mayor que todas las demás.

La orden fue expresada con palabras que debieron torturar angustiosamente el corazón de aquel padre: “Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, vete a tierra de Moriah y ofrécelo allí en holocausto”. Génesis 22:2. Isaac era la luz de su casa, el solaz de su vejez, y sobre todo era el heredero de la bendición prometida. La pérdida de este hijo por un accidente o alguna enfermedad habría partido el corazón del amante padre; hubiera doblado de pesar su encanecida cabeza; pero he aquí que se le ordenaba que con su propia mano derramara la sangre de ese hijo. Le parecía que se trataba de una espantosa imposibilidad.

Satanás estaba listo para sugerirle que se engañaba, pues la ley divina mandaba: “No matarás”, y Dios no habría de exigir lo que una vez había prohibido. Abraham salió de su tienda y miró hacia el sereno resplandor del firmamento despejado, y recordó la promesa que se le había hecho casi cincuenta años antes, a saber, que su simiente sería innumerable como las estrellas. Si se había de cumplir esta promesa por medio de Isaac, ¿cómo podía matarlo? Abraham estuvo tentado a creer que se engañaba. Dominado por la duda y la angustia, se arrodilló y oró como nunca lo había hecho antes, para pedir que se le confirmara si debía llevar a cabo o no esta terrible

orden. Recordó a los ángeles que fueron enviados para revelarle el propósito de Dios sobre la destrucción de Sodoma, y que le prometieron este mismo hijo Isaac. Vino al sitio donde varias veces se había encontrado con los mensajeros celestiales, esperando hallarlos allí otra vez y recibir más instrucción; pero ninguno de ellos vino en su ayuda. Parecía que las tinieblas le habían cercado; pero la orden de Dios resonaba en sus oídos: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas”. Aquel mandato debía ser obedecido, y él no se atrevió a retardarse. La luz del día se aproximaba, y debía ponerse en marcha.

Abraham regresó a su tienda, y fue al sitio donde Isaac dormía profundamente el tranquilo sueño de la juventud y la inocencia. Durante unos instantes el padre miró el rostro amado de su hijo, y se alejó temblando. Fue al lado de Sara, quien también dormía. ¿Debía despertarla, para que abrazara a su hijo por última vez? ¿Debía comunicarle la exigencia de Dios? Anhelaba descargar su corazón compartiendo con su esposa esta terrible responsabilidad; pero se vió cohibido por el temor de que ella le pusiera obstáculos. Isaac era la delicia y el orgullo de Sara; la vida de ella estaba ligada a él, y el amor materno podría rehusar el sacrificio.

Abraham, por último, llamó a su hijo y le comunicó que había recibido el mandato de ofrecer un sacrificio en una montaña distante. A menudo había acompañado Isaac a su padre para adorar en algunos de los distintos altares que señalaban su peregrinaje, de modo que este llamamiento no lo sorprendió, y pronto terminaron los preparativos para el viaje. Se alistó la leña y se la cargó sobre un asno, y acompañados de dos siervos iniciaron el viaje.

Padre e hijo caminaban el uno junto al otro en silencio. El patriarca, reflexionando en su pesado secreto, no tenía valor para hablar. Pensaba en la amante y orgullosa madre, y en el día en que él habría de regresar solo adonde ella estaba. Sabía muy bien que, al quitarle la vida a su hijo, el cuchillo heriría el corazón de ella.

Aquel día, el más largo en la vida de Abraham, llegó lentamente a su fin. Mientras su hijo y los siervos dormían, él pasó la noche en oración, todavía con la esperanza de que algún mensajero celestial viniera a decirle que la prueba era ya suficiente, que el joven podía regresar sano y salvo a su madre. Pero su alma torturada no recibió alivio. Pasó otro largo día y otra noche de humillación y oración, mientras la orden que lo iba a dejar sin hijo resonaba en sus oídos. Satanás estaba muy cerca de él susurrándole palabras llenas de dudas e incredulidad;

pero Abraham rechazó sus sugerencias. Cuando se disponían a iniciar la jornada del tercer día, el patriarca, mirando hacia el norte, vio la señal prometida, una nube de gloria, que cubría el monte Moria, y comprendió que la voz que le había hablado procedía del cielo.

Ni aun entonces murmuró Abraham contra Dios, sino que fortaleció su alma espaciándose en las evidencias de la bondad y la fidelidad de Dios. Se le había dado este hijo inesperadamente; y el que le había dado este precioso regalo ¿no tenía derecho a reclamar lo que era suyo? Entonces su fe le repitió la promesa: “En Isaac te será llamada descendencia” (Génesis 21:12), una descendencia incontable, numerosa como la arena de las playas del mar. Isaac era el hijo de un milagro, y ¿no podía devolverle la vida el poder que se la había dado? Mirando más allá de lo visible, Abraham comprendió la divina palabra, “porque pensaba que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos”. Hebreos 11:19.

No obstante, únicamente Dios pudo comprender la grandeza del sacrificio de aquel padre al acceder a que su hijo muriese; Abraham deseó que nadie sino Dios presenciara la escena de la despedida. Ordenó a sus siervos que permanecieran atrás, diciéndoles: “Yo y el muchacho iremos hasta allí, y adoraremos, y volveremos a vosotros”. Isaac, que iba a ser sacrificado, cargó con la leña; el padre llevó el cuchillo y el fuego, y juntos ascendieron a la cima del monte. El joven iba silencioso, deseando saber de dónde vendría la víctima, ya que los rebaños y los ganados habían quedado muy lejos. Finalmente dijo: “Padre mío [...] tenemos el fuego y la leña, más ¿dónde está el cordero para el holocausto?” ¡Oh, qué prueba tan terrible era esta! ¡Cómo hirieron el corazón de Abraham esas dulces palabras: “Padre mío!” No, todavía no podía decirle, así que le contestó: “Dios proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío”. Génesis 22:5-8.

En el sitio indicado construyeron el altar, y pusieron sobre él la leña. Entonces, con voz temblorosa, Abraham reveló a su hijo el mensaje divino. Con terror y asombro Isaac se enteró de su destino; pero no ofreció resistencia. Habría podido escapar a esta suerte si lo hubiera querido; el anciano, agobiado de dolor, cansado por la lucha de aquellos tres días terribles, no habría podido oponerse a la voluntad del joven vigoroso. Pero desde la niñez se le había enseñado a Isaac a obedecer pronta y confiadamente, y cuando el propósito de Dios le fue manifestado, lo aceptó con sumisión voluntaria. Participaba de la fe de Abraham, y consideraba como un honor el ser llamado a dar su vida en holocausto a Dios. Con ternura trató

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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