Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 48
Este plan no está iniciado. Marca la lectura como leída para iniciarlo desde hoy.
Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 131-134
de aliviar el dolor de su padre, y animó sus debilitadas manos para que ataran las cuerdas que lo sujetarían al altar. Por fin se dicen las últimas palabras de amor, derraman las últimas lágrimas, y se dan el último abrazo. El padre levanta el cuchillo para dar muerte a su hijo, y de repente su brazo es detenido. Un ángel del Señor llama al patriarca desde el cielo: “Abraham, Abraham”. Él contesta en seguida: “Aquí estoy”. De nuevo se oye la voz: “No extiendas tu mano sobre el muchacho ni le hagas nada, pues ya sé que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste a tu hijo, tu único hijo”. Vers. 11, 12. Entonces Abraham vio “un carnero a sus espaldas trabado en un zarzal”, y en seguida trajo la nueva víctima y la ofreció “en lugar de su hijo”. Lleno de felicidad y gratitud, Abraham dio un nuevo nombre a aquel lugar sagrado y lo llamó “Jehová Yireh”, o sea, “Jehová proveerá”. Vers. 13, 14.
En el monte Moria Dios renovó su pacto con Abraham y confirmó con un solemne juramento la bendición que le había prometido a él y a su descendencia por todas las generaciones futuras. “Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto y no me has rehusado a tu hijo, tu único hijo, de cierto te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; tu descendencia se adueñará de las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz”. Génesis 22:16-18.
El gran acto de fe de Abraham descuella como un fanal de luz, que ilumina el sendero de los siervos de Dios en las edades subsiguientes. Abraham no buscó excusas para no hacer la voluntad de Dios. Durante aquel viaje de tres días tuvo tiempo suficiente para razonar, y para dudar de Dios si hubiera estado inclinado a hacerlo. Pudo pensar que si mataba a su hijo, se le consideraría asesino, como un segundo Caín, lo cual haría que sus enseñanzas fueran desechadas y menospreciadas, y de esa manera se destruiría su facultad de beneficiar a sus semejantes. Pudo alegar que la edad lo eximía de obedecer. Pero el patriarca no recurrió a ninguna de estas excusas. Abraham era humano, y sus pasiones y sus inclinaciones eran como las nuestras; pero no se detuvo a inquirir cómo se cumpliría la promesa si Isaac moría. No se detuvo a discutir con su dolorido corazón. Sabía que Dios es justo y recto en todos sus requerimientos, y obedeció el mandato al pie de la letra.
“Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios”. Santiago 2:23. San Pablo dice: “Sabed, por tanto,
que los que tienen fe, estos son hijos de Abraham”. Gálatas 3:7. Pero la fe de Abraham se manifestó por sus obras. “¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras y que la fe se perfeccionó por las obras?”. Santiago 2:21, 22.
Son muchos los que no comprenden la relación que existe entre la fe y las obras. Dicen: “Cree solamente en Cristo, y estarás seguro. No tienes necesidad de guardar la ley”. Pero la verdadera fe se manifiesta mediante la obediencia. Cristo dijo a los judíos incrédulos. “Si fuerais hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais”. Juan 8:39. Y tocante al padre de los fieles el Señor declara: “Oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes”. Génesis 26:5. El apóstol Santiago dice: “Así también la fe, si no tiene obras, está completamente muerta”. Santiago 2:17. Y Juan, que habla tan minuciosamente sobre el amor, nos dice: “Este es el amor a Dios: que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos”. 1 Juan 5:3.
Mediante símbolos y promesas, Dios “evangelizó antes a Abraham”. Gálatas 3:8. Y la fe del patriarca se fijó en el Redentor que había de venir. Cristo dijo a los judíos: “Abraham, vuestro padre, se gozó de que había de ver mi día; y lo vio y se gozó”. Juan 8:56. El carnero ofrecido en lugar de Isaac representaba al Hijo de Dios, que había de ser sacrificado en nuestro lugar. Cuando el hombre estaba condenado a la muerte por su transgresión de la ley de Dios, el Padre, mirando a su Hijo, dijo al pecador: “Vive, he hallado un rescate”.
Dios mandó a Abraham a sacrificar a su único hijo, no tan solo para probar su fe, sino también para grabar en la mente del patriarca la verdad del evangelio. La agonía que sufrió durante los aciagos días de aquella terrible prueba fue permitida para que comprendiera por su propia experiencia algo de la grandeza del sacrificio que haría por el Dios infinito en favor de la redención del hombre. Ninguna otra prueba podría haber causado a Abraham tanta angustia como la que le causó el ofrecer a su hijo.
Dios entregó a su Hijo para que muriera en la agonía y la vergüenza. A los ángeles que presenciaron la humillación y la angustia del Hijo de Dios, no se les permitió intervenir como en el caso de Isaac. No hubo voz que clamara: “¡Basta!” El Rey de la gloria entregó su vida para salvar a la raza caída. ¿Qué mayor prueba se puede dar del infinito amor y de la compasión de Dios? “El que no
escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Romanos 8:32.
El sacrificio exigido a Abraham no fue solamente para su propio bien ni tampoco exclusivamente para el beneficio de las futuras generaciones; sino también para instruir a los seres sin pecado del cielo y de otros mundos. El campo de batalla entre Cristo y Satanás, el terreno en el cual se desarrolla el plan de la redención, es el libro de texto del universo. Por haber demostrado Abraham falta de fe en las promesas de Dios, Satanás lo había acusado ante los ángeles y ante Dios de no ser digno de sus bendiciones. Dios deseaba probar la lealtad de su siervo ante todo el cielo, para demostrar que no se puede aceptar algo inferior a la obediencia perfecta y para revelar más plenamente el plan de la salvación.
Los seres celestiales fueron testigos de la escena en que se probaron la fe de Abraham y la sumisión de Isaac. La prueba fue mucho más severa que la impuesta a Adán. La obediencia a la prohibición hecha a nuestros primeros padres no entrañaba ningún sufrimiento; pero la orden dada a Abraham exigía el más atroz sacrificio. Todo el cielo presenció, absorto y maravillado, la intachable obediencia de Abraham. Todo el cielo aplaudió su fidelidad. Se demostró que las acusaciones de Satanás eran falsas. Dios declaró a su siervo: “Ya sé que temes a Dios [a pesar de las denuncias de Satanás], por cuanto no me has rehusado a tu hijo, tu único”. El pacto de Dios, confirmado a Abraham mediante un juramento ante los seres de los otros mundos, atestiguó que la obediencia será premiada.
Había sido difícil aun para los ángeles comprender el misterio de la redención, entender que el Soberano del cielo, el Hijo de Dios, debía morir por el hombre culpable. Cuando a Abraham se le mandó a ofrecer a su hijo en sacrificio, se despertó el interés de todos los seres celestiales. Con intenso fervor, observaron cada paso dado en cumplimiento de ese mandato. Cuando a la pregunta de Isaac: “¿Dónde está el cordero para el holocausto?” Abraham contestó: “Dios proveerá cordero”; y cuando fue detenida la mano del padre en el momento mismo en que estaba por sacrificar a su hijo y el carnero que Dios había provisto fue ofrecido en lugar de Isaac, entonces se derramó luz sobre el misterio de la redención, y aun los ángeles comprendieron más claramente las medidas admirables que había tomado Dios para salvar al hombre. Véase 1 Pedro 1:12.
-- Blank Page --
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White