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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 124-127

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Capítulo 13—La prueba de la fe

Este capítulo está basado en Génesis 16; 17:18; 21 y 22.

Abraham había aceptado sin hacer pregunta alguna la promesa de un hijo, pero no esperó a que Dios cumpliera su palabra en su oportunidad y a su manera. El Señor permitió una tardanza, para probar su fe en el poder de Dios, pero Abraham fracasó en la prueba. Pensando que era imposible que se le diera un hijo en su vejez, Sara sugirió como plan mediante el cual se cumpliría el propósito divino, que Abraham tomara por esposa a una de sus siervas. La poligamia se había difundido tanto que había dejado de considerarse pecado; violaba, sin embargo, la ley de Dios y destruía la santidad y la paz de las relaciones familiares.

La unión de Abraham con Agar resultó perjudicial, no solamente para su propia casa, sino también para las generaciones futuras. Halagada por el honor de su nueva posición como esposa de Abraham, y con la esperanza de ser la madre de la gran nación que descendería de él, Agar se llenó de orgullo y jactancia, y trató a su ama con menosprecio. Los celos mutuos perturbaron la paz del hogar que una vez había sido feliz. Viéndose forzado a

escuchar las quejas de ambas, Abraham trató en vano de restaurar la armonía. Aunque él se había casado con Agar por pedido de Sara, ahora ella le hacía cargos como si fuera el culpable. Sara deseaba desterrar a su rival; pero Abraham se negó a permitirlo; pues Agar iba a ser madre de su hijo, que él esperaba que sería el hijo de la promesa. Sin embargo, era la sierva de Sara, y él la dejó todavía bajo el mando de su ama. El espíritu arrogante de Agar no quiso soportar la aspereza que su insolencia había provocado. “Y como Sarai la afligía, Agar huyó de su presencia”. Véase Génesis 16:6.

Se fue al desierto, y mientras, solitaria y sin amigos, descansaba al lado de una fuente, un ángel del Señor se le apareció en forma humana. Dirigiéndose a ella como “Agar, sierva de Sarai”, para recordarle su posición y su deber, le mandó: “Vuélvete a tu señora, y ponte sumisa bajo de su mano”. No obstante, con el reproche se mezclaron palabras de consolación. “Oído ha Jehová tu aflicción”. “Multiplicaré tanto tu descendencia, que por ser tanta no podrá ser contada”. Génesis 16:10. Y como recordatorio perpetuo de su misericordia, se le mandó que llamara a su hijo Ismael, o sea: “Dios oirá”.

Cuando Abraham tenía casi cien años, se le repitió la promesa de un hijo, y se le aseguró que el futuro heredero sería hijo de Sara. Pero Abraham todavía no había comprendido la promesa. En seguida pensó en Ismael, aferrado a la creencia de que por medio de él se habían de cumplir los propósitos misericordiosos de Dios. En su afecto por su hijo exclamó: “Ojalá viva Ismael delante de ti”. Nuevamente se le dio la promesa en palabras inequívocas: “Ciertamente Sara, tu mujer, te dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Isaac. Confirmaré mi pacto con él”. Génesis 17:19. Sin embargo, Dios se acordó también de la oración del padre. “Y en cuanto a Ismael -dijo-, también te he oído. Lo bendeciré, [...] y haré de él una gran nación”. Génesis 17:20.

El nacimiento de Isaac, al traer, después de una espera de toda la vida, el cumplimiento de las más caras esperanzas de Abraham y de Sara, llenó de felicidad su campamento. Pero para Agar representó el fin de sus más caras ambiciones. Ismael, ahora adolescente, había sido considerado por todo el campamento como el heredero de las riquezas de Abraham, así como de las bendiciones prometidas a sus descendientes. Ahora era repentinamente puesto a un lado; y en su desengaño, madre e hijo odiaron al hijo de Sara. La alegría general aumentó sus celos, hasta que Ismael se atrevió a burlarse abiertamente del heredero de la promesa de Dios.

Sara vio en la inclinación turbulenta de Ismael una fuente perpetua de discordia, y le pidió a Abraham que expulsara del campamento a Ismael y a Agar. El patriarca se llenó de angustia. ¿Cómo podría desterrar a Ismael, su hijo, a quien amaba profundamente? En su perplejidad, Abraham pidió la dirección divina. Mediante un santo ángel, el Señor le ordenó que accediera a la petición de Sara; que su amor por Ismael o Agar no debía interponerse, pues únicamente así podría restablecer la armonía y la felicidad en su familia. Y el ángel le dio la promesa consoladora de que aunque viviera separado del hogar de su padre, Ismael no sería abandonado por Dios; su vida sería conservada, y llegaría a ser padre de una gran nación. Abraham obedeció la palabra del ángel, aunque no sin sufrir gran pena. Su corazón de padre se llenó de una indescriptible tristeza al separar de su casa a Agar y a su hijo.

La instrucción impartida a Abraham tocante a la santidad de la relación matrimonial, había de ser una lección para todas las edades. Declara que los derechos y la felicidad de estas relaciones deben resguardarse cuidadosamente, aun a costa de un gran sacrificio. Sara era la verdadera esposa de Abraham. Ninguna otra persona debía compartir sus derechos de esposa y madre. Reverenciaba a su esposo, y en este aspecto el Nuevo Testamento la presenta como un digno ejemplo. Pero ella no quería compartir el afecto de Abraham con otra; y el Señor no la reprendió por haber exigido el destierro de su rival.

Tanto Abraham como Sara desconfiaron del poder de Dios, y este error fue la causa del matrimonio con Agar. Dios había llamado a Abraham para que fuera el padre de los fieles, y su vida había de servir como ejemplo de fe para las generaciones futuras. Pero su fe no había sido perfecta. Había manifestado desconfianza en Dios al ocultar el hecho de que Sara era su esposa, y también al casarse con Agar.

Para que pudiera alcanzar la norma más alta, Dios lo sometió a otra prueba, la mayor que se haya impuesto a hombre alguno. En una visión nocturna se le ordenó ir a la tierra de Moria para ofrecer allí a su hijo en holocausto en un monte que se le indicaría.

Cuando Abraham recibió esta orden, tenía ciento veinte años. Se lo consideraba ya un anciano, aun en aquella generación. Antes había sido fuerte para arrostrar penurias y peligros, pero ya se había desvanecido el ardor de su juventud. En el vigor de la juventud, uno puede enfrentar con valor dificultades y aflicciones capaces de hacerlo desmayar en la senectud, cuando sus pies se acercan vacilantes

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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