Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 265-267

El Señor les había prometido ser su Dios, hacerlos su pueblo, y guiarlos a una tierra grande y buena; pero siempre estaban dispuestos a desmayar ante cada obstáculo que encontraban en su marcha hacia aquel lugar. De manera maravillosa los había librado de su esclavitud de Egipto, para elevarlos y ennoblecerlos, y hacerlos objeto de alabanza en la tierra. Pero era necesario que ellos hicieran frente a dificultades y que soportaran privaciones.

Dios estaba elevándolos del estado de degradación y preparándolos para ocupar un puesto honorable entre las naciones, a fin de encomendarles importantes cometidos sagrados. Si en vista de todo lo que había hecho por ellos, hubieran tenido fe en él, habrían soportado alegremente las incomodidades, privaciones y hasta los verdaderos sufrimientos; pero no estaban dispuestos a confiar en Dios más allá de lo que podían presenciar en las continuas evidencias de su poder. Olvidaron su amarga servidumbre en Egipto. Olvidaron las bondades y el poder que Dios había manifestado en su favor al liberarlos de la esclavitud. Olvidaron cómo sus hijos se habían salvado cuando el ángel exterminador dio muerte a todos los primogénitos de Egipto. Olvidaron la gran demostración del poder divino en el Mar Rojo. Olvidaron que mientras ellos habían cruzado con felicidad el sendero abierto especialmente para ellos, los ejércitos enemigos, al intentar perseguirlos, se habían hundido en las aguas del mar. Veían y sentían tan solo las incomodidades y pruebas que estaban soportando, y en lugar de decir: “Dios ha hecho grandes cosas con nosotros, ya que habiendo sido esclavos, nos hace una nación grande”, hablaban de las durezas del camino, y se preguntaban cuándo terminaría su tedioso peregrinaje.

La historia de la vida de Israel en el desierto fue escrita para beneficio del Israel de Dios hasta el fin del tiempo. El relato de cómo trató Dios a los peregrinos en todo su recorrido por el desierto, en su exposición al hambre, a la sed y al cansancio, y en las grandiosas manifestaciones de su poder para aliviarlos, está lleno de advertencias e instrucciones para su pueblo de todas las edades. Las variadas experiencias de los hebreos eran una escuela destinada a prepararlos para su prometido hogar en Canaán. Dios quiere que su pueblo de estos días repase con corazón humilde y espíritu dócil las pruebas a través de las cuales el Israel antiguo tuvo que pasar, para que lo ayuden en su preparación para la Canaán celestial.

Muchos recuerdan a los israelitas de antaño, y se maravillan de su incredulidad y murmuración, creyendo que ellos no habrían sido tan

ingratos; pero cuando se prueba su fe, aun en las menores dificultades, no manifiestan más fe o paciencia que los antiguos israelitas. Cuando se los coloca en situaciones estrechas, murmuran contra los medios que Dios eligió para purificarlos. Aunque se suplan sus necesidades presentes, muchos se niegan a confiar en Dios para el futuro, y viven en constante ansiedad por temor a que los alcance la pobreza, y que sus hijos tengan que sufrir a causa de ellos. Algunos están siempre en espera del mal, o agrandan de tal manera las dificultades que realmente existen, que sus ojos se incapacitan para ver las muchas bendiciones que demandan su gratitud. Los obstáculos que encuentran, en vez de guiarlos a buscar la ayuda de Dios, única fuente de fortaleza, los separan de él, porque despiertan inquietud y quejas.

¿Hacemos bien en ser tan incrédulos? ¿Por qué somos ingratos y desconfiados? Jesús es nuestro amigo; todo el cielo está interesado en nuestro bienestar; y nuestra ansiedad y temor apesadumbran al Santo Espíritu de Dios. No debemos abandonarnos a la ansiedad que nos irrita y desgasta, y que en nada nos ayuda a soportar las pruebas. No debe darse lugar a esa desconfianza en Dios que nos lleva a hacer de la preparación para las necesidades futuras el objeto principal de la vida, como si nuestra felicidad dependiera de las cosas terrenales. No es voluntad de Dios que su pueblo esté cargado de preocupaciones. Pero nuestro Señor no nos dice que no habrá peligros en nuestro camino. No es su propósito sacar a su pueblo del mundo de pecado e iniquidad, sino que nos indica un refugio siempre seguro. Invita a los cansados y agobiados: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados y yo os haré descansar”. Mateo 11:28. Deponed el yugo de la ansiedad y de las preocupaciones mundanales que habéis colocado sobre vuestra cabeza, y “llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas”. Vers. 29. Podemos encontrar descanso y paz en Dios, “echando toda nuestra ansiedad en él, porque él tiene cuidado de nosotros”. 1 Pedro 5:7.

Dice el apóstol Pablo: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón tan malo e incrédulo que se aparte del Dios vivo”. Hebreos 3:12. En vista de todo lo que Dios ha hecho por nosotros, nuestra fe debe ser fuerte, activa y duradera. En vez de murmurar y quejarnos, el lenguaje de nuestros corazones debe ser: “Bendice, alma mía, a Jehová; y bendigan todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios”. Salmos 103:1, 2.

Dios no había olvidado las necesidades de Israel. Dijo a Moisés: “Yo os haré llover pan del cielo”. Y mandó al pueblo recoger una provisión diaria, y doble cantidad el día sexto, para que se cumpliera la observancia sagrada del sábado.

Moisés aseguró a la congregación que sus necesidades serían satisfechas: “Jehová os dará por la tarde carne para comer, y por la mañana pan hasta saciaros, porque Jehová ha oído lo que habéis murmurado contra él” Y agregó: “¿Qué somos nosotros? Vuestras murmuraciones no son contra nosotros, sino contra Jehová”. Además le mandó a Aarón que les dijera: “Acercaos a la presencia de Jehová, porque él ha oído vuestras murmuraciones”.

Mientras Aarón hablaba, “miraron hacia el desierto, y vieron que la gloria de Jehová aparecía en la nube”. Éxodo 16:10. Un resplandor que nunca antes habían visto simbolizaba la divina presencia. Mediante manifestaciones dirigidas a sus sentidos, iban a obtener un conocimiento de Dios. A fin de que obedecieran a su voz y temieran su nombre, se les iba a enseñar que el Altísimo era su jefe, y no meramente Moisés, que era un hombre.

Al caer la noche, todo el campamento estuvo rodeado de enormes bandadas de codornices, suficientes para suplir las demandas de toda la multitud. Y por la mañana “apareció sobre la faz del desierto una cosa menuda, redonda, menuda como escarcha sobre la tierra”. “Era como una semilla de culantro, blanco”. El pueblo lo llamó maná. Moisés dijo: Este “es el pan que Jehová os da para comer”. Vers. 15. El pueblo recogió el maná, y encontraron que había abundante provisión para todos. “Molían en molinos, o majaban en morteros, y lo cocían en caldera, o hacían de él tortas”; y era “su sabor como de hojuelas con miel”. Números 11:8. Se les ordenó recoger diariamente un gomer*Algo más de dos litros por persona, sin dejar nada para el otro día. Algunos trataron de guardar una provisión para el día siguiente, pero hallaron entonces que ya no era bueno para comer. La provisión para el día debía juntarse por la mañana; pues todo lo que permanecía en el suelo era derretido por el sol.

Al recoger el maná, algunos llevaban más y otros menos de la cantidad indicada; pero “lo medían por gomer, y no sobró al que había recogido mucho, ni faltó al que había recogido poco”. Una explicación de estas palabras, así como también la lección práctica que se deriva de ellas, la da el apóstol Pablo en su segunda Epístola a

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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