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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 268-270

los Corintios. Dice: “No digo esto para que haya para otros holgura y para vosotros escasez, sino para que en este momento, con igualdad, la abundancia vuestra supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad vuestra, para que haya igualdad, como está escrito: “El que recogió mucho no tuvo más y el que poco, no tuvo menos””. 2 Corintios 8:13-15.

Al sexto día el pueblo recogió dos gomeres por persona. Los jefes inmediatamente hicieron saber a Moisés lo que había pasado. Su respuesta fué: “Esto es lo que ha dicho Jehová: “Mañana es sábado, el día de reposo consagrado a Jehová; lo que tengáis que cocer, cocedlo hoy, y lo que tengáis que cocinar, cocinadlo; y todo lo que os sobre, guardadlo para mañana””. Así lo hicieron, y vieron que no se echó a perder. Y Moisés dijo: “Comedlo hoy, porque hoy es sábado dedicado a Jehová; hoy no hallaréis nada en el campo. Seis días lo recogeréis, pero el séptimo día, que es sábado, nada se hallará”.

Dios requiere que hoy su santo día se observe tan sagradamente como en el tiempo de Israel. El mandamiento que se dio a los hebreos debe ser considerado por todos los cristianos como una orden de parte de Dios para ellos. El día anterior al sábado debe ser un día de preparación a fin de que todo esté listo para sus horas sagradas. En ningún caso debemos permitir que nuestros propios negocios ocupen el tiempo sagrado. Dios ha mandado que se atienda a los que sufren y a los enfermos; el trabajo necesario para darles bienestar es una obra de misericordia, y no es una violación del sábado; pero todo trabajo innecesario debe evitarse. Muchos, por descuido, postergan hasta el inicio del sábado cosas pequeñas que pudieron haberse hecho en el día de preparación. Esto no debe ocurrir. El trabajo que no se hizo antes del principio del sábado debe quedar sin hacerse hasta que pase ese día. Este procedimiento fortalecería la memoria de los olvidadizos, y los ayudaría a realizar sus tareas en los seis días de trabajo.

Cada semana, durante su largo peregrinaje en el desierto, los israelitas presenciaron un triple milagro que debía inculcarles la santidad del sábado: cada sexto día caía doble cantidad de maná, nada caía el día séptimo, y la porción necesaria para el sábado se conservaba dulce sin descomponerse, mientras que si se guardaba los otros días, se descomponía.

En las circunstancias relacionadas con el envío del maná, tenemos evidencia conclusiva de que el sábado no fue establecido, como muchos alegan, cuando la ley se dio en el Sinaí. Antes de que los

israelitas llegaran al Sinaí, comprendían perfectamente que tenían la obligación de guardar el sábado. Al tener que recoger cada viernes doble porción de maná en preparación para el sábado, día en que no caía, la naturaleza sagrada del día de descanso les era recordada de continuo. Y cuando parte del pueblo salió en sábado a recoger maná, el Señor preguntó: “¿Hasta cuándo os negaréis a guardar mis mandamientos y mis leyes?”

“Así comieron los hijos de Israel maná cuarenta años, hasta que entraron a tierra habitada; maná comieron hasta que llegaron a los límites de la tierra de Canaán”. Durante cuarenta años se les recordó diariamente mediante esta milagrosa provisión, el infaltable cuidado y el tierno amor de Dios. Conforme a las palabras del salmista, Dios les dio “trigo del cielo; pan de ángeles comió el hombre” (Salmos 78:24, 25, VM); es decir, alimentos provistos para ellos por los ángeles. Sostenidos por el “trigo del cielo”, recibían diariamente la lección de que, teniendo la promesa de Dios, estaban tan seguros contra la necesidad como si estuvieran rodeados de los ondulantes trigales de las fértiles llanuras de Canaán.

El maná que caía del cielo para el sustento de Israel era un símbolo de Aquel que vino de Dios a dar vida al mundo. Dijo Jesús: “Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y aun así murieron. Este es el pan que desciende del cielo [...]. Si alguien come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo”. Juan 6:48-51. Y entre las bendiciones prometidas al pueblo de Dios para la vida futura, se escribió: “Al vencedor le daré de comer del maná escondido”. Apocalipsis 2:17.

Después de salir del desierto de Sin, los israelitas acamparon en Refidín. Allí no había agua, y de nuevo desconfiaron de la providencia de Dios. En su ceguera y presunción el pueblo vino a Moisés con la exigencia: “Danos agua para que bebamos”. Pero Moisés no perdió la paciencia. “¿Por qué disputáis conmigo? ¿Por qué tentáis a Jehová?” Ellos exclamaron airados: “¿Por qué nos hiciste subir de Egipto, para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?”

Cuando se los había abastecido abundantemente de alimentos, recordaron con vergüenza su incredulidad y sus murmuraciones, y prometieron que en el futuro confiarían en el Señor; pero pronto olvidaron su promesa, y fracasaron en la primera prueba de su fe. La columna de nube que los dirigía, esconder un terrible misterio.

Y Moisés, ¿quién era él?, preguntaban, ¿y cuál sería su objetivo al sacarlos de Egipto? La sospecha y la desconfianza llenaron sus corazones, y osadamente lo acusaron de planificar matarlos a ellos y a sus hijos mediante privaciones y penurias, con el objeto de enriquecerse con los bienes de ellos. En la confusión de la ira y la indignación que los dominó, estuvieron a punto de apedrear a Moisés.

Angustiado, Moisés clamó al Señor: “¿Qué haré con este pueblo?” Se le dijo que, llevando la vara con que había hecho milagros en Egipto, y acompañado de los ancianos, se presentara ante el pueblo. Y el Señor le dijo: “Allí yo estaré ante ti sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrán de ella aguas para que beba el pueblo”. Moisés obedeció y brotaron las aguas en una corriente viva que proporcionó agua en abundancia a todo el campamento. En lugar de mandar a Moisés que levantara su vara para traer sobre los promotores de aquella inicua murmuración alguna terrible plaga como las de Egipto, el Señor, en su gran misericordia, usó la vara como instrumento de liberación.

“Hendió las peñas en el desierto y les dio a beber como de grandes abismos, pues sacó de la peña corrientes e hizo descender aguas como ríos”. Salmos 78:15, 16. Moisés hirió la peña, pero fue el Hijo de Dios el que, escondido en la columna de nube, estaba junto a Moisés e hizo brotar las vivificadoras corrientes de agua. No solo Moisés y los ancianos, sino también toda la multitud que estaba de pie a lo lejos, presenciaron la gloria del Señor; pero si se hubiera apartado la columna de nube, habrían perecido a causa del terrible fulgor de Aquel que estaba en ella.

La sed llevó al pueblo a tentar a Dios, diciendo: “¿Está, pues, Jehová entre nosotros, o no?” Si el Señor nos ha traído aquí, ¿por qué no nos da el agua como nos da el pan? Al manifestarse de esa manera, aquella era una incredulidad criminal, y Moisés temió que los juicios de Dios cayeran sobre el pueblo. Y como recuerdo de ese pecado llamó a aquel sitio: Masa, “tentación”, y Meriba, “rencilla”.

Un nuevo peligro los amenazaba ahora. A causa de su murmuración contra el Señor, él permitió que fueran atacados por sus enemigos. Los amalecitas, tribu feroz y guerrera que habitaba aquella región, salió contra ellos, y atacó a los que, desfallecidos y cansados, habían quedado rezagados. Moisés, sabiendo que la mayoría del pueblo no estaba preparada para la batalla, mandó a Josué que escogiera de entre las diferentes tribus un cuerpo de soldados, y que al día

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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