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Lectura bíblica

Exodo 19:1, 2

Exodo 19:1

1 En el mes tercero después de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, en ese mismo día llegaron al desierto de Sinaí.

Exodo 19:2

2 Partieron de Refidim y llegaron al desierto de Sinaí, e Israel acampó allí en el desierto frente al monte.

Versión Reina Valera Actualizada

Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 262-264

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Capítulo 26—Del Mar Rojo al Sinaí

Este capítulo está basado en Éxodo 15:22; 16 y 18.

Desde el mar rojo, las huestes de Israel reanudaron la marcha guiadas otra vez por la columna de nube. El panorama que los rodeaba era de lo más lúgubre: estériles y desoladas montañas, áridas llanuras, y el mar que se extendía a lo lejos, con sus riberas cubiertas de los cuerpos de sus enemigos. No obstante, estaban llenos de regocijo porque ya eran libres, y todo pensamiento de descontento se había acallado.

Pero durante tres días de marcha no pudieron encontrar agua. La provisión que habían traído estaba agotada. No había nada que apagara la sed abrasadora mientras avanzaban lenta y penosamente a través de las llanuras calcinadas por el sol. Moisés, quien conocía esa región, sabía lo que los demás ignoraban, que en Mara, el lugar más cercano donde hallarían fuentes, el agua no era apta para beber. Con gran ansiedad observaba la nube guiadora. Con el corazón desfalleciente oyó el regocijado grito: “¡Agua, agua!” que resonaba por todas las filas. Los hombres, las mujeres y los niños con alegre prisa se

agolparon alrededor de la fuente, cuando un grito de angustia salió de la hueste. El agua era amarga.

En su horror y desesperación reprocharon a Moisés por haberlos dirigido por ese camino, sin recordar que la divina presencia, mediante aquella misteriosa nube, era quien los había estado guiando tanto a él como a ellos mismos. En su tristeza por la desesperación del pueblo, Moisés hizo lo que ellos se habían olvidado de hacer; imploró fervorosamente la ayuda de Dios. “Entonces Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron”. Éxodo 15:25. Allí se le prometió a Israel por medio de Moisés: “Si escuchas atentamente la voz de Jehová, tu Dios, y haces lo recto delante de sus ojos, das oído a sus mandamientos y guardas todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié sobre los egipcios traeré sobre ti, porque yo soy Jehová, tu sanador”. Vers. 26.

De Mara el pueblo se encaminó hacia Elim, “donde había doce fuentes de aguas, y setenta palmeras”. Vers. 27. Allí permanecieron varios días antes de internarse en el desierto de Sin. Un mes después de haber salido de Egipto, establecieron su primer campamento en el desierto. Sus provisiones alimenticias se estaban agotando. Había escasez de hierba en el desierto, y sus rebaños comenzaban a disminuir. ¿Cómo podía suministrarse alimento a esta enorme multitud? Las dudas se apoderaron de sus corazones, y otra vez murmuraron. Hasta los jefes y ancianos del pueblo se unieron para quejarse contra los caudillos nombrados por Dios: “Ojalá hubiéramos muerto a manos de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos ante las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos, pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud”. Véase Éxodo 16-18.

Hasta entonces no habían sufrido de hambre; sus necesidades habían sido suplidas, pero temían por el futuro. No podían concebir cómo esta enorme multitud podría subsistir en su viaje por el desierto, y en su imaginación veían a sus hijos muriendo de hambre. El Señor permitió que se vieran cercados de dificultades, y que sus provisiones alimenticias disminuyeran, para que sus corazones se dirigieran hacia el que hasta entonces había sido su Libertador. Si en su necesidad clamaban a él, les otorgaría señales de su amor y cuidado. Les había prometido que si obedecían sus mandamientos, ninguna enfermedad los afligiría, y fue una muestra de incredulidad suponer que ellos o sus hijos morirían de hambre.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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