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Lectura del libro

Los Hechos de los Apóstoles, páginas 140-143

de profecías familiares concernientes al Mesías, Pablo les predicó el arrepentimiento y la remisión del pecado por los méritos de Jesús su Salvador. “Séaos pues notorio—dijo,—que por éste os es anunciada remisión de pecados; y de todo lo que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en éste es justificado todo aquel que creyere.”

El Espíritu de Dios acompañó las palabras que fueron habladas, y fueron tocados los corazones. El apóstol apeló a las profecías del Antiguo Testamento, y su declaración de que éstas se habían cumplido en el ministerio de Jesús de Nazaret, convenció a muchos, que anhelaban el advenimiento del Mesías prometido. Y las palabras de seguridad del orador de que “el evangelio” de la salvación era para judíos y gentiles por igual, infundió esperanza y gozo a aquellos que no se contaban entre los hijos de Abrahán según la carne.

“Y saliendo ellos de la sinagoga de los Judíos, los Gentiles les rogaron que el sábado siguiente les hablasen estas palabras.” Habiéndose disuelto finalmente la congregación, “muchos de los Judíos y de los religiosos prosélitos,” que habían aceptado las buenas nuevas que se les dieron ese día, “siguieron a Pablo y Bernabé; los cuales hablándoles, les persuadían que permaneciesen en la gracia de Dios.”

El interés que despertó en Antioquía de Pisidia el discurso de Pablo, reunió, el sábado siguiente, “casi toda la ciudad a oír la palabra de Dios. Mas los Judíos, visto el gentío, llenáronse de celo, y se oponían a lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando.

“Entonces Pablo y Bernabé, usando de libertad, dijeron: A vosotros a la verdad era menester que se os hablase la palabra de Dios; mas pues que la desecháis, y os juzgáis indignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los Gentiles. Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los Gentiles, para que seas salud hasta lo postrero de la tierra.

“Y los Gentiles oyendo esto, fueron gozosos, y glorificaban la palabra del Señor: y creyeron todos los que estaban

ordenados para vida eterna.” Se regocijaron sobremanera porque Cristo los reconocía como hijos de Dios, y con corazones agradecidos escucharon la palabra predicada. Los que creyeron fueron celosos en comunicar a otros el mensaje evangélico, y así “la palabra del Señor era sembrada por toda aquella provincia.”

Siglos antes, la pluma de la inspiración había descrito esta cosecha de los gentiles; pero esas declaraciones proféticas se habían entendido sólo obscuramente. Oseas había dicho: “Sin embargo, ... el número de los hijos de Israel será como las arenas del mar, que no pueden ser medidas ni contadas: y acontecerá que en el lugar donde les fué dicho: No sois mi pueblo, les será dicho: ¡Hijos sois del Dios vivo!” Y en otro lugar: “Te sembraré para mí mismo en la tierra; y me compadeceré de la no compadecida, y al que dije que no era mi pueblo, le diré: ¡Pueblo mío eres! y él me dirá a mí: ¡Tú eres mi Dios!” Oseas 1:10; 2:23 (VM).

El Salvador mismo, durante su ministerio terrenal, predijo la difusión del Evangelio entre los gentiles. En la parábola de la viña, declaró a los impenitentes judíos: “El reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga los frutos de él.” Mateo 21:43. Y después de su resurrección, comisionó a sus discípulos a ir “por todo el mundo,” y doctrinar “a todos los Gentiles.” No debían dejar a nadie sin amonestar, sino que habían de predicar “el evangelio a toda criatura.” Mateo 28:19; Marcos 16:15.

Al volverse a los gentiles en Antioquía de Pisidia, Pablo y Bernabé no dejaron de trabajar por los judíos dondequiera que tuviesen oportunidad de hacerse oír. Más tarde, en Tesalónica, en Corinto, en Efeso y en otros centros importantes, Pablo y sus compañeros de labor predicaron el Evangelio tanto a los judíos como a los gentiles. Pero sus mejores energías se dirigieron desde entonces a la edificación del reino de Dios en territorio pagano, entre pueblos que no tenían sino poco o ningún conocimiento del verdadero Dios y de su Hijo.

El corazón de Pablo y de sus colaboradores suspiraba por aquellos que estaban “sin Cristo, alejados de la república de Israel, y extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.” Mediante el incansable ministerio de los apóstoles de los gentiles, los “extranjeros” y “advenedizos,” que “en otro tiempo” estaban “lejos,” supieron que habían “sido hechos cercanos por la sangre de Cristo,” y que por la fe en su sacrificio expiatorio, podían llegar a ser “juntamente ciudadanos con los santos, y domésticos de Dios.” Efesios 2:12, 13, 19.

Avanzando por la fe, Pablo trabajaba incesantemente por la edificación del reino de Dios entre aquellos que habían sido descuidados por los maestros de Israel. Exaltaba constantemente a Cristo Jesús como “Rey de reyes, y Señor de señores,” y exhortaba a los que creían a ser “arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe.” 1 Timoteo 6:15; Colosenses 2:7.

Para los que creen, Cristo es un fundamento seguro. Sobre esta piedra viva, pueden edificar igualmente judíos y gentiles. Es bastante ancho para todos, y bastante fuerte para sostener el peso y la carga de todo el mundo. Este es un hecho claramente reconocido por Pablo mismo. En los días finales de su ministerio, cuando al dirigirse a un grupo de gentiles Creyentes que habían permanecido firmes en su amor a la verdad del Evangelio, el apóstol escribió que estaban “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.” Efesios 2:19, 20.

Cuando el mensaje evangélico se extendió en Pisidia, los judíos incrédulos de Antioquía, cegados por el prejuicio, “concitaron mujeres pías y honestas, y a los principales de la ciudad, y levantaron persecución contra Pablo y Bernabé y los echaron” de aquel distrito.

Los apóstoles no se desanimaron por este trato; recordaron las palabras del Señor: “Bienaventurados sois cuando os vituperaren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos; porque vuestra

merced es grande en los cielos: que así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.” Mateo 5:11, 12.

El mensaje evangélico avanzaba, y los apóstoles tenían plena razón para sentirse animados. Sus labores habían sido ricamente bendecidas entre los de Pisidia que vivían en Antioquía, y los creyentes a quienes habían dejado solos para continuar la obra durante un tiempo, “estaban llenos de gozo, y del Espíritu Santo.”

Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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