Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 47
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Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 137-139
sutiles artes contra las doctrinas de Cristo. El hecho de que se viera obligado a andar a tientas en su ceguera demostró a todos que los milagros que los apóstoles habían realizado, y que Elimas había denunciado como prestidigitación, eran producidos por el poder de Dios. El procónsul, convencido de la verdad de la doctrina que enseñaban los apóstoles aceptó el Evangelio.
Elimas no era un hombre instruido; sin embargo era singularmente apto para hacer la obra de Satanás. Aquellos que predican la verdad de Dios encontrarán al astuto enemigo en muchas formas diferentes. A veces será en la persona de los instruidos, pero más a menudo en la de ignorantes a quienes Satanás adiestró como instrumentos eficaces para engañar a las almas. Es el deber del ministro de Cristo permanecer fiel en su puesto, en el temor de Dios y en el poder de su fortaleza. Así puede confundir a las huestes de Satanás y triunfar en el nombre del Señor.
Pablo y sus compañeros continuaron viaje a Perga de Panfilia. Su camino era penoso; afrontaban adversidades y privaciones, y estaban acosados por peligros por doquiera. En los pueblos y ciudades por los cuales pasaban y a lo largo de los caminos solitarios, estaban rodeados de peligros visibles e invisibles. Pero Pablo y Bernabé habían aprendido a confiar en el poder libertador de Dios. Sus corazones estaban llenos de ferviente amor por las almas que perecían. Como fieles pastores que buscaban las ovejas perdidas, no pensaban en su propia comodidad y conveniencia. Ovidándose de sí mismos, no vacilaban frente al cansancio, el hambre y el frío. No tenían sino un objeto en vista: la salvación de aquellos que se habían apartado lejos del redil.
Allí fué donde Marcos, abrumado por el temor y el desaliento, vaciló por un tiempo en su propósito de entregarse de todo corazón a la obra del Señor. No acostumbrado a las penurias, se desalentó por los peligros y las privaciones del camino. Había trabajado con éxito en circunstancias favorables; pero
ahora, en medio de la oposición y los peligros que con tanta frecuencia asedian al obrero de avanzada, no supo soportar las durezas como buen soldado de la cruz. Tenía todavía que aprender a arrostrar el peligro, la persecución y la adversidad con corazón valiente. Al avanzar los apóstoles, y al sentir la aprensión de dificultades aun mayores, Marcos se intimidó, y perdiendo todo valor, se negó a avanzar, y volvió a Jerusalén.
Esta deserción indujo a Pablo a juzgar desfavorable y aun severamente por un tiempo a Marcos. Bernabé, por otro lado, se inclinaba a excusarlo por causa de su inexperiencia. Anhelaba que Marcos no abandonase el ministerio, porque veía en él cualidades que le habilitarían para ser un obrero útil para Cristo. En años ulteriores su solicitud por Marcos fué ricamente recompensada; porque el joven se entregó sin reservas al Señor y a la obra de predicar el mensaje evangélico en campos difíciles. Bajo la bendición de Dios y la sabia enseñanza de Bernabé, se transformó en un valioso obrero.
Pablo se reconcilió más tarde con Marcos, y le recibió como su colaborador, También lo recomendó a los colosenses como colaborador “en el reino de Dios,” y uno que me ha “sido consuelo.” Colosenses 4:11. De nuevo, no mucho antes de su muerte, habló de Marcos como uno que le era “útil para el ministerio.” 2 Timoteo 4:11.
Después de la partida de Marcos, Pablo y Bernabé visitaron Antioquía de Pisidia, y el sábado fueron a la sinagoga de los judíos, y se sentaron. “Después de la lectura de la ley y de los profetas, los príncipes de la sinagoga enviaron a ellos, diciendo: Varones hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad.” Al ser invitado así a hablar, “Pablo, levantándose, hecha señal de silencio con la mano, dice: Varones Israelitas, y los que teméis a Dios, oíd.” Entonces pronunció un maravilloso discurso. Historió la manera en que el Señor había tratado con los judíos desde el tiempo de la liberación de la esclavitud egipcia, y cómo se había prometido un Salvador, de la simiente de David; y osadamente declaró que
“de la simiente de éste, Dios, conforme a la promesa, levantó a Jesús por Salvador a Israel; predicando Juan delante de la faz de su venida el bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de Israel. Mas como Juan cumpliese su carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí, viene tras mí uno, cuyo calzado de los pies no soy digno de desatar.” Así predicó con poder a Jesús como el Salvador de los hombres, el Mesías de la profecía.
Habiendo hecho esta declaración Pablo dijo: “Varones hermanos, hijos del linaje de Abraham, y los que entre vosotros temen a Dios, a vosotros es enviada la palabra de esta salud. Porque los que habitaban en Jerusalem, y sus príncipes, no conociendo a éste, y las voces de los profetas que se leen todos los sábados, condenándole, las cumplieron.”
Pablo no vaciló en decir claramente la verdad acerca del rechazamiento del Salvador por los dirigentes judíos. “Y sin hallar en él causa de muerte—declaró el apóstol,—pidieron a Pilato que le matasen. Y habiendo cumplido todas las cosas que de él estaban escritas, quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro. Mas Dios le levantó de los muertos. Y él fué visto por muchos días de, los que habían subido juntamente con él de Galilea a Jerusalem, los cuales son sus testigos al pueblo.
“Y nosotros también os anunciamos el evangelio—continuó el apóstol,—de aquella promesa que fué hecha a los padres, la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús: como también en el salmo segundo está escrito: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy. Y que le levantó de los muertos para nunca más volver a corrupción, así lo dijo: Os daré las misericordias fieles de David. Por eso dice también en otro lugar: No permitirás que tu Santo vea corrupción. Porque a la verdad David, habiendo servido en su edad a la voluntad de Dios, durmió, y fué juntado con sus padres, y vió corrupción. Mas aquel que Dios levantó, no vió corrupción.”
Y luego, habiendo hablado claramente del cumplimiento
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White