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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 212-215

la muchedumbre y se retiraron el rey y los prelados, satisfechos de los autos de aquel día y congratulándose entre sí porque la obra así comenzada se proseguiría hasta lograrse la completa destrucción de la herejía.

El evangelio de paz que Francia había rechazado iba a ser arrancado de raíz, lo que acarrearía terribles consecuencias. El 21 de enero de 1793, es decir, a los doscientos cincuenta y ocho años cabales, contados desde aquel día en que Francia entera se comprometiera a perseguir a los reformadores, otra procesión, organizada con un fin muy diferente, atravesaba las calles de París. “Nuevamente era el rey la figura principal; otra vez veíase el mismo tumulto y oíase la misma gritería; pedíanse de nuevo más víctimas; volviéronse a erigir negros cadalsos, y nuevamente las escenas del día se clausuraron con espantosas ejecuciones; Luis XVI fue arrastrado a la guillotina, forcejeando con sus carceleros y verdugos que lo sujetaron fuertemente en la temible máquina hasta que cayó sobre su cuello la cuchilla y separó de sus hombros la cabeza que rodó sobre los tablones del cadalso” (Wylie, lib. 13, cap. 21). Y no fue él la única víctima; allí cerca del mismo sitio perecieron decapitados por la guillotina dos mil ochocientos seres humanos, durante el sangriento reinado del terror.

La Reforma había presentado al mundo una Biblia abierta, había desatado los sellos de los preceptos de Dios, e invitado al pueblo a cumplir sus mandatos. El amor infinito había presentado a los hombres con toda claridad los principios y los estatutos del cielo. Dios había dicho: “Los guardaréis pues para cumplirlos; porque en esto consistirá vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a la vista de las naciones; las cuales oirán hablar de todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido es esta gran nación”. Deuteronomio 4:6 (VM). Francia misma, al rechazar el don celestial, sembró la semilla de la anarquía y de la ruina; y la acción consecutiva e inevitable de la causa y del efecto resultó en la Revolución y el reinado del terror.

Mucho antes de aquella persecución despertada por los carteles, el osado y ardiente Farel se había visto obligado a huir de la tierra de sus padres. Se refugió en Suiza, y mediante los esfuerzos con que secundó la obra de Zuinglio, ayudó a inclinar el platillo de la balanza en favor de la Reforma. Iba a pasar en Suiza sus últimos años, pero no obstante siguió ejerciendo poderosa influencia en la Reforma en Francia. Durante los primeros años de su destierro,

dirigió sus esfuerzos especialmente a extender en su propio país el conocimiento del evangelio. Dedicó gran parte de su tiempo a predicar a sus paisanos cerca de la frontera, desde donde seguía la suerte del conflicto con infatigable constancia, y ayudaba con sus palabras de estímulo y sus consejos. Con el auxilio de otros desterrados, tradujo al francés los escritos del reformador alemán, y estos y la Biblia vertida a la misma lengua popular se imprimieron en grandes cantidades, que fueron vendidas en toda Francia por los colportores. Los tales conseguían estos libros a bajo precio y con el producto de la venta avanzaban más y más en el trabajo.

Farel dio comienzo a sus trabajos en Suiza como humilde maestro de escuela. Se retiró a una parroquia apartada y se consagró a la enseñanza de los niños. Además de las clases usuales requeridas por el plan de estudios, introdujo con mucha prudencia las verdades de la Biblia, esperando alcanzar a los padres por medio de los niños. Algunos creyeron, pero los sacerdotes se apresuraron a detener la obra, y los supersticiosos campesinos fueron incitados a oponerse a ella. “Ese no puede ser el evangelio de Cristo—decían con insistencia los sacerdotes—, puesto que su predicación no trae paz sino guerra” (Wylie, lib. 14, cap. 3). Y a semejanza de los primeros discípulos, cuando se le perseguía en una ciudad se iba para otra. Andaba de aldea en aldea, y de pueblo en pueblo, a pie, sufriendo hambre, frío, fatigas, y exponiendo su vida en todas partes. Predicaba en las plazas, en las iglesias y a veces en los púlpitos de las catedrales. En ocasiones se reunía poca gente a oírle; en otras, interrumpían su predicación con burlas y gritería, y le echaban abajo del púlpito. Más de una vez cayó en manos de la canalla, que le dio de golpes hasta dejarlo medio muerto. Sin embargo seguía firme en su propósito. Aunque le rechazaban a menudo, volvía a la carga con incansable perseverancia y logró al fin que una tras otra, las ciudades que habían sido los baluartes del papismo abrieran sus puertas al evangelio. Fue aceptada la fe reformada en aquella pequeña parroquia donde había trabajado primero. Las ciudades de Morat y de Neuchatel renunciaron también a los ritos romanos y quitaron de sus templos las imágenes de idolatría.

Farel había deseado mucho plantar en Ginebra el estandarte protestante. Si esa ciudad podía ser ganada a la causa, se convertiría en centro de la Reforma para Francia, Suiza e Italia. Para conseguirlo prosiguió su obra hasta que los pueblos y las aldeas de alrededor quedaron conquistados por el evangelio. Luego entró en

Ginebra con un solo compañero. Pero no le permitieron que predicara sino dos sermones. Habiéndose empeñado en vano los sacerdotes en conseguir de las autoridades civiles que le condenaran, lo citaron a un concejo eclesiástico y allí fueron ellos llevando armas bajo sus sotanas y resueltos a asesinarle. Fuera de la sala, una furiosa turba, con palos y espadas, se agolpó para estar segura de matarle en caso de que lograse escaparse del concejo. La presencia de los magistrados y de una fuerza armada le salvaron de la muerte. Al día siguiente, muy temprano, lo condujeron con su compañero a la ribera opuesta del lago y los dejaron fuera de peligro. Así terminó su primer esfuerzo para evangelizar a Ginebra.

Para la siguiente tentativa el elegido fue un instrumento menos destacado: un joven de tan humilde apariencia que era tratado con frialdad hasta por los que profesaban ser amigos de la Reforma. ¿Qué podría hacer uno como él allí donde Farel había sido rechazado? ¿Cómo podría un hombre de tan poco valor y tan escasa experiencia, resistir la tempestad ante la cual había huido el más fuerte y el más bravo? “¡No por esfuerzo, ni con poder, sino por mi Espíritu! dice Jehová de los ejércitos”. “Ha escogido Dios las cosas insensatas del mundo, para confundir a los sabios”. “Porque lo insensato de Dios, es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”. Zacarías 4:6; 1 Corintios 1:27, 25 (VM).

Fromento principió su obra como maestro de escuela. Las verdades que inculcaba a los niños en la escuela, ellos las repetían en sus hogares. No tardaron los padres en acudir a escuchar la explicación de la Biblia, hasta que la sala de la escuela se llenó de atentos oyentes. Se distribuyeron gratis folletos y Nuevos Testamentos que alcanzaron a muchos que no se atrevían a venir públicamente a oír las nuevas doctrinas. Después de algún tiempo también este sembrador tuvo que huir; pero las verdades que había propagado quedaron grabadas en la mente del pueblo. La Reforma se había establecido e iba a desarrollarse y fortalecerse. Volvieron los predicadores, y merced a sus trabajos, el culto protestante se arraigó finalmente en Ginebra.

La ciudad se había declarado ya partidaria de la Reforma cuando Calvino, después de varios trabajos y vicisitudes, penetró en ella. Volvía de su última visita a su tierra natal y dirigíase a Basilea, cuando hallando el camino invadido por las tropas de Carlos V, tuvo que hacer un rodeo y pasar por Ginebra.

En esta visita reconoció Farel la mano de Dios. Aunque Ginebra había aceptado ya la fe reformada, quedaba aún una gran obra por hacer. Los hombres se convierten a Dios por individuos y no por comunidades; la obra de regeneración debe ser realizada en el corazón y en la conciencia por el poder del Espíritu Santo, y no por decretos de concilios. Si bien el pueblo ginebrino había desechado el yugo de Roma, no por eso estaba dispuesto a renunciar también a los vicios que florecieran en su seno bajo el dominio de aquella. Y no era obra de poca monta la de implantar entre aquel pueblo los principios puros del evangelio, y prepararlo para que ocupara dignamente el puesto a que la Providencia parecía llamarle.

Farel estaba seguro de haber hallado en Calvino a uno que podría unírsele en esta empresa. En el nombre de Dios rogó al joven evangelista que se quedase allí a trabajar. Calvino retrocedió alarmado. Era tímido y amigo de la paz, y quería evitar el trato con el espíritu atrevido, independiente y hasta violento de los ginebrinos. Por otra parte, su poca salud y su afición al estudio le inclinaban al retraimiento. Creyendo que con su pluma podría servir mejor a la causa de la Reforma, deseaba encontrar un sitio tranquilo donde dedicarse al estudio, y desde allí, por medio de la prensa, instruir y edificar a las iglesias. Pero la solemne amonestación de Farel le pareció un llamamiento del cielo, y no se atrevió a oponerse a él. Le pareció, según dijo, “como si la mano de Dios se hubiera extendido desde el cielo y le sujetase para detenerle precisamente en aquel lugar que con tanta impaciencia quería dejar” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation au temps de Calvin, lib. 9, cap. 17).

La causa protestante se veía entonces rodeada de grandes peligros. Los anatemas del papa tronaban contra Ginebra, y poderosas naciones amenazaban destruirla. ¿Cómo iba tan pequeña ciudad a resistir a la poderosa jerarquía que tan a menudo había sometido a reyes y emperadores? ¿Cómo podría vencer los ejércitos de los grandes capitanes del siglo? En toda la cristiandad se veía amenazado el protestantismo por formidables enemigos. Pasados los primeros triunfos de la Reforma, Roma reunió nuevas fuerzas con la esperanza de acabar con ella. Entonces fue cuando nació la orden de los jesuitas, que iba a ser el más cruel, el menos escrupuloso y el más formidable de todos los campeones del papado. Libres de todo lazo terrenal y de todo interés humano, insensibles a la voz del afecto natural, sordos a los argumentos de la razón y a la voz de la

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

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