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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 216-230

conciencia, no reconocían los miembros más ley, ni más sujeción que las de su orden, y no tenían más preocupación que la de extender su poderío (véase el Apéndice). El evangelio de Cristo había capacitado a sus adherentes para arrostrar los peligros y soportar los padecimientos, sin desmayar por el frío, el hambre, el trabajo o la miseria, y para sostener con denuedo el estandarte de la verdad frente al potro, al calabozo y a la hoguera. Para combatir contra estas fuerzas, el jesuitismo inspiraba a sus adeptos un fanatismo tal, que los habilitaba para soportar peligros similares y oponer al poder de la verdad todas las armas del engaño. Para ellos ningún crimen era demasiado grande, ninguna mentira demasiado vil, ningún disfraz demasiado difícil de llevar. Ligados por votos de pobreza y de humildad perpetuas, estudiaban el arte de adueñarse de la riqueza y del poder para consagrarlos a la destrucción del protestantismo y al restablecimiento de la supremacía papal.

Al darse a conocer como miembros de la orden, se presentaban con cierto aire de santidad, visitando las cárceles, atendiendo a los enfermos y a los pobres, haciendo profesión de haber renunciado al mundo, y llevando el sagrado nombre de Jesús, de Aquel que anduvo haciendo bienes. Pero bajo esta fingida mansedumbre, ocultaban a menudo propósitos criminales y mortíferos. Era un principio fundamental de la orden, que el fin justifica los medios. Según dicho principio, la mentira, el robo, el perjurio y el asesinato, no solo eran perdonables, sino dignos de ser recomendados, siempre que vieran los intereses de la iglesia. Con muy diversos disfraces se introducían los jesuitas en los puestos del estado, elevándose hasta la categoría de consejeros de los reyes, y dirigiendo la política de las naciones. Se hacían criados para convertirse en espías de sus señores. Establecían colegios para los hijos de príncipes y nobles, y escuelas para los del pueblo; y los hijos de padres protestantes eran inducidos a observar los ritos romanistas. Toda la pompa exterior desplegada en el culto de la iglesia de Roma se aplicaba a confundir la mente y ofuscar y embaucar la imaginación, para que los hijos traicionaran aquella libertad por la cual sus padres habían trabajado y derramado su sangre. Los jesuitas se esparcieron rápidamente por toda Europa y doquiera iban lograban reavivar el papismo.

Para otorgarles más poder, se expidió una bula que restablecía la Inquisición (véase el Apéndice). No obstante el odio general que inspiraba, aun en los países católicos, el terrible tribunal fue restablecido por los gobernantes obedientes al papa; y muchas

atrocidades demasiado terribles para cometerse a la luz del día, volvieron a perpetrarse en los secretos y oscuros calabozos. En muchos países, miles y miles de representantes de la flor y nata de la nación, de los más puros y nobles, de los más inteligentes y cultos, de los pastores más piadosos y abnegados, de los ciudadanos más patriotas e industriosos, de los más brillantes literatos, de los artistas de más talento y de los artesanos más expertos, fueron asesinados o se vieron obligados a huir a otras tierras.

Estos eran los medios de que se valía Roma para apagar la luz de la Reforma, para privar de la Biblia a los hombres, y restaurar la ignorancia y la superstición de la Edad Media. Empero, debido a la bendición de Dios y al esfuerzo de aquellos nobles hombres que él había suscitado para suceder a Lutero, el protestantismo no fue vencido. Esto no se debió al favor ni a las armas de los príncipes. Los países más pequeños, las naciones más humildes e insignificantes, fueron sus baluartes. La pequeña Ginebra, a la que rodeaban poderosos enemigos que tramaban su destrucción; Holanda en sus bancos de arena del Mar del Norte, que luchaba contra la tiranía de España, el más grande y el más opulento de los reinos de aquel tiempo; la glacial y estéril Suecia, esas fueron las que ganaron victorias para la Reforma.

Calvino trabajó en Ginebra cerca de treinta años; primero para establecer una iglesia que se adhiriese a la moralidad de la Biblia, y después para fomentar el movimiento de la Reforma por toda Europa. Su carrera como caudillo público no fue inmaculada, ni sus doctrinas estuvieron exentas de error. Pero así y todo fue el instrumento que sirvió para dar a conocer verdades especialmente importantes en su época, y para mantener los principios del protestantismo, defendiéndolos contra la ola creciente del papismo, así como para instituir en las iglesias reformadas la sencillez y la pureza de vida en lugar de la corrupción y el orgullo fomentados por las enseñanzas del romanismo.

De Ginebra salían publicaciones y maestros que esparcían las doctrinas reformadas. Y a ella acudían los perseguidos de todas partes, en busca de instrucción, de consejo y de aliento. La ciudad de Calvino se convirtió en refugio para los reformadores que en toda la Europa occidental eran objeto de persecución. Huyendo de las tremendas tempestades que siguieron desencadenándose por varios siglos, los fugitivos llegaban a las puertas de Ginebra. Desfallecientes de hambre, heridos, expulsados de sus hogares,

separados de los suyos, eran recibidos con amor y se les cuidaba con ternura; y hallando allí un hogar, eran una bendición para aquella su ciudad adoptiva, por su talento, su sabiduría y su piedad. Muchos de los que se refugiaron allí regresaron a sus propias tierras para combatir la tiranía de Roma. Knox, el valiente reformador de Escocia, no pocos de los puritanos ingleses, los protestantes de Holanda y de España y los hugonotes de Francia, llevaron de Ginebra la antorcha de la verdad con que desvanecer las tinieblas en sus propios países.

Capítulo 13—El despertar de España*Este capítulo fue compilado por los Sres. C. C. Crisler y H. H. Hall, y se insertó en esta obra con la aprobación de la autora.

Los comienyos del siglo XVI coinciden con “el período heroico de la historia de España, el período de la victoria final sobre los moros y de la romántica conquista de un nuevo mundo, período en que el entusiasmo religioso y militar elevó el carácter nacional de un modo extraordinario. Tanto en la guerra como en la diplomacia y en el arte de gobernar, se reconocía y temía la preeminencia de los españoles”. A fines del siglo XV, Colón había descubierto y reunido a la corona de España “territorios dilatadísimos y fabulosamente ricos”. En los primeros años del siglo XVI fue cuando el primer europeo vio el Océano Pacífico; y mientras se colocaba en Aquisgrán la corona de Carlomagno y Barbarroja sobre la cabeza de Carlos Quinto, “Magallanes llevaba a cabo el gran

viaje que había de tener por resultado la circunnavegación del globo, y Cortés hallábase empeñado en la ardua conquista de México”. Veinte años después “Pizarro había llevado a feliz término la conquista del Perú” (Encyclopaedia Britannica, novena ed., art. “Carlos Quinto”).

Carlos Quinto ascendió al trono como soberano de España y Nápoles, de los Países Bajos, de Alemania y Austria “en tiempo en que Alemania se encontraba en un estado de agitación sin precedente” (The New International Encyclopaedia, art. “Carlos Quinto”). Con la invención de la imprenta se difundió la Biblia por los hogares del pueblo, y como muchos aprendieran a leer para sí la Palabra de Dios, la luz de la verdad disipó las tinieblas de la superstición como por obra de una nueva revelación. Era evidente que había habido un alejamiento de las enseñanzas de los fundadores de la iglesia primitiva, tal cual se hallaban relatadas en el Nuevo Testamento (Motley, Histoire de la fondation de la République des Provinces Unies, Introducción, XII). Entre las órdenes monásticas “la vida conventual habíase corrompido al extremo de que los monjes más virtuosos no podían ya soportarla” (Kurtz, Kirchengeschichte, sec. 125). Otras muchas personas relacionadas con la iglesia se asemejaban muy poco a Jesús y a sus apóstoles. Los católicos sinceros, que amaban y honraban la antigua religión, se horrorizaban ante el espectáculo que se les ofrecía por doquiera. Entre todas las clases sociales se notaba “una viva percepción de las corrupciones” que se habían introducido en la iglesia, y “un profundo y general anhelo por la reforma” (ibíd., sec. 122).

“Deseosos de respirar un ambiente más sano, surgieron por todas partes evangelistas inspirados por una doctrina más pura” (ibíd., sec. 125). Muchos católicos cristianos, nobles y serios, entre los que se contaban no pocos del clero español e italiano, se unieron a dicho movimiento, que rápidamente iba extendiéndose por Alemania y Francia. Como lo declaró el sabio arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, en sus Comentarios del Catecismo, aquellos piadosos prelados querían ver “revivir en su sencillez y pureza el antiguo espíritu de nuestros antepasados y de la iglesia primitiva” (Bartolomé Carranza y Miranda, Comentarios sobre el catecismo cristiano, Amberes, 1558, 233; citado por Kurtz, sec. 139).

El clero de España era competente para tomar parte directiva en este retorno al cristianismo primitivo. Siempre amante de la

libertad, el pueblo español durante los primeros siglos de la era cristiana se había negado resueltamente a reconocer la supremacía de los obispos de Roma; y solo después de transcurridos ocho siglos le reconocieron al fin a Roma el derecho de entremeterse con autoridad en sus asuntos internos. Fue precisamente con el fin de aniquilar ese espíritu de libertad, característico del pueblo español hasta en los siglos posteriores en que había reconocido ya la supremacía papal, con el que, en 1483, Fernando e Isabel, en hora fatal para España, permitieron el establecimiento de la Inquisición como tribunal permanente en Castilla y su restablecimiento en Aragón, con Tomás de Torquemada como inquisidor general.

Durante el reinado de Carlos Quinto “la represión de las libertades del pueblo, que ya había ido tan lejos en tiempo de su abuelo, y que su hijo iba a reducir a sistema, siguió desenfrenadamente, [...] no obstante las apelaciones de las Cortes. Todas las artes de su famoso ministro, el cardenal Jiménez, fueron requeridas para impedir un rompimiento manifiesto. Al principio del reinado del monarca (1520) las ciudades de Castilla se vieron impulsadas a sublevarse para conservar sus antiguas libertades. Solo a duras penas logró sofocarse la insurrección (1521)” (The New International Encyclopaedia, ed. de 1904, art. “Carlos Quinto”). La política de este soberano consistía, como había consistido la de su abuelo Fernando, en oponerse al espíritu de toda una época, considerando tanto las almas como los cuerpos de las muchedumbres como propiedad personal de un individuo (Motley, Introducción, X). Como lo ha dicho un historiador: “El soberbio imperio de Carlos Quinto levantóse sobre la tumba de la libertad” (ibíd., Prefacio).

A pesar de tan extraordinarios esfuerzos para despojar a los hombres de sus libertades civiles y religiosas, y hasta de la del pensamiento, “el ardor del entusiasmo religioso, unido al instinto profundo de la libertad civil” (ibíd., XI), indujo a muchos hombres y mujeres piadosos a aferrarse tenazmente a las enseñanzas de la Biblia y a sostener el derecho que tenían de adorar a Dios según los dictados de su conciencia. De aquí que por España se propagase un movimiento análogo al de la revolución religiosa que se desarrollaba en otros países. Al paso que los descubrimientos que se realizaban en un mundo nuevo prometían al soldado y al mercader territorios sin límites y riquezas fabulosas, muchos miembros de entre las familias más nobles fijaron

resueltamente sus miradas en las conquistas más vastas y riquezas más duraderas del evangelio. Las enseñanzas de las Sagradas Escrituras estaban abriéndose paso silenciosamente en los corazones de hombres como el erudito Alfonso de Valdés, secretario de Carlos Quinto; su hermano, Juan de Valdés, secretario del virrey de Nápoles; y el elocuente Constantino Ponce de la Fuente, capellán y confesor de Carlos Quinto, de quien Felipe II dijo que era “muy gran filósofo y profundo teólogo y de los más señalados hombres en el púlpito y elocuencia que ha habido de tiempos acá”.*J. Cristóbal Calvete de Estrella, El felicísimo viaje del príncipe D. Felipe [...] desde España a sus tierras de la Baja Alemania, obra citada por M’Crie, en The Reformation in Spain, cap. 7, párr. 19 (ed. de 1856, Edimburgo). Más allá aún fue la influencia de las Sagradas Escrituras al penetrar en el rico monasterio de San Isidro del Campo, donde casi todos los monjes recibieron gozosos la Palabra de Dios cual antorcha para sus pies y luz sobre su camino. Hasta el arzobispo Carranza, después de haber sido elevado a la primacía, se vio obligado durante cerca de veinte años a batallar en defensa de su vida entre los muros de la Inquisición, porque abogaba por las doctrinas de la Biblia.**Por mandato de Felipe 11, el arzobispo Carranza pasó “muchos años leyendo libros heréticos”, con el objeto de refutarlos. A esta influencia atribuyen los historiadores el que, de implacable enemigo del protestantismo, se convirtiera en secreto sostenedor de él. Acusado de herejía fue encarcelado por la Inquisición en España; mas, como primado, hizo “recusación de todos los arzobispos y obispos de” España “para sus jueces”. Como apelara al papa, fue transferido a Roma, donde, después de haber sido encarcelado durante muchos años, se le sentenció finalmente a un nuevo término de encarcelamiento en un convento de los dominicos, por haber “bebido prava doctrina de muchos herejes condenados, como de Lutero, Ecolampadio, Melanchton y otros” (De Castro y Rossi, Historia de los protestantes españoles y de su persecución por Felipe II, pp. 223, 231). Véase una relación detallada de las enseñanzas y del largo juicio de Carranza, en la obra de C. A. Wilkens titulada Spanish Protestants in the Sixteenth Century, cap. 15.

Ya en 1519 empezaron a aparecer, en forma de pequeños folletos en latín, los escritos de los reformadores de otros países, a los que siguieron, meses después, obras de mayor aliento, escritas casi todas en castellano. En ellas se ponderaba la Biblia como piedra de toque que debía servir para probar cualquier doctrina, se exponía sabiamente la necesidad que había de reformas, y se explicaban

con claridad las grandes verdades relativas a la justificación por la fe y a la libertad mediante el evangelio.

“La primera, la más noble, la más sublime de todas las obras—enseñaban los reformadores—es la fe en Jesucristo. De esta obra deben proceder todas las obras”. “Un cristiano que tiene fe en Dios lo hace todo con libertad y con gozo; mientras que el hombre que no está con Dios vive lleno de cuidados y sujeto siempre a servidumbre. Este se pregunta a sí mismo con angustia, cuántas obras buenas tendrá que hacer; corre acá y acullá; pregunta a este y a aquel; no encuentra la paz en parte alguna, y todo lo ejecuta con disgusto y con temor”. “La fe viene únicamente de Jesucristo, y nos es prometida y dada gratuitamente. ¡Oh hombre! represéntate a Cristo, y considera cómo Dios te muestra en él su misericordia, sin ningún mérito de tu parte. Saca de esta imagen de su gracia la fe y la certidumbre de que todos tus pecados te están perdonados: esto no lo pueden producir las obras. De la sangre, de las llagas, de la misma muerte de Cristo es de donde mana esa fe que brota en el corazón”.*D’Aubigné, Histoire de la Réformation du seizième siècle, lib. 6, cap. 2. Este lenguaje es muy semejante al que empleó el arzobispo Carranza, quien dijo en su Catecismo cristiano que “la fe sin las obras es muerta, puesto que las obras son una indicación segura de la existencia de la fe”; que “nuestras buenas obras tienen valor solamente cuando son ejecutadas por amor de Cristo, y que, si prescindimos de él, no valen nada”; que “los sufrimientos de Cristo son del todo suficientes para salvar de todo pecado “; y que “él carga con nuestros pecados y nosotros quedamos libres”(Spanish Protestants in the Sixteenth Century, cap. 15).

En uno de los tratados se explicaba del siguiente modo la diferencia que media entre la excelencia de la fe y las obras humanas:

“Dios dijo: ‘Quien creyere y fuere bautizado, será salvo’. Esta promesa de Dios debe ser preferida a toda la ostentación de las obras, a todos los votos, a todas las satisfacciones, a todas las indulgencias, y a cuanto ha inventado el hombre; porque de esta promesa, si la recibimos con fe, depende toda nuestra felicidad. Si creemos, nuestro corazón se fortalece con la promesa divina; y aunque el fiel quedase despojado de todo, esta promesa en que cree, le sostendría. Con ella resistiría al adversario que se lanzara contra su alma; con ella podrá responder a la despiadada muerte, y ante el mismo juicio de Dios. Su consuelo en todas sus adversidades

consistirá en decir: Yo recibí ya las primicias de ella en el bautismo; si Dios es conmigo, ¿quién será contra mí? ¡Oh! ¡qué rico es el cristiano y el bautizado! nada puede perderle a no ser que se niegue a creer”.

“Si el cristiano encuentra su salud eterna en la renovación de su bautismo por la fe—preguntaba el autor de este tratado—, ¿qué necesidad tiene de las prescripciones de Roma? Declaro pues—añadía—que ni el papa, ni el obispo, ni cualquier hombre que sea, tiene derecho de imponer lo más mínimo a un cristiano sin su consentimiento. Todo lo que no se hace así, se hace tiránicamente. Somos libres con respecto a todos [...]. Dios aprecia todas las cosas según la fe, y acontece a menudo que el simple trabajo de un criado o de una criada es más grato a Dios que los ayunos y obras de un fraile, por faltarle a este la fe. El pueblo cristiano es el verdadero pueblo de Dios” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation du seizième siècle, lib. 6, cap. 6).

En otro tratado se enseñaba que el verdadero cristiano, al ejercer la libertad que da la fe, tiene buen cuidado también en respetar los poderes establecidos. El amor a sus semejantes le induce a portarse de un modo circunspecto y a ser leal a los que gobiernan el país. “Aunque el cristiano [...] [sea] libre, se hace voluntariamente siervo, para obrar con sus hermanos como Dios obró con él mismo por Jesucristo”. “Yo quiero—dice el autor—servir libre, gozosa y desinteresadamente a un Padre que me ha dado toda la abundancia de sus bienes; quiero obrar hacia mis hermanos, así como Cristo obró hacia mí”. “De la fe—prosigue el autor—dimana una vida llena de libertad, de caridad y de alegría. ¡Oh! ¡cuán elevada y noble es la vida del cristiano! [...] Por la fe se eleva el cristiano hasta Dios; por el amor, desciende hasta al hombre; y no obstante permanece siempre en Dios. He aquí la verdadera libertad; libertad que sobrepuja a toda otra libertad, tanto como los cielos distan de la tierra” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation du seizième siècle, lib. 6, cap. 7).

Estas exposiciones de la libertad del evangelio no podían dejar de llamar la atención en un país donde el amor a la libertad era tan arraigado. Los tratados y folletos pasaron de mano en mano. Los amigos del movimiento evangélico en Suiza, Alemania y los Países Bajos seguían mandando a España gran número de publicaciones. No era tarea fácil para los comerciantes burlar la vigilancia de los esbirros de la Inquisición, que hacían cuanto podían para acabar

con las doctrinas reformadas, contrarrestando la ola de literatura que iba inundando al país.*El extinto Dr. Ed. Boehme, de la Universidad de Estrasburgo, y miembro correspondiente de la Real Academia Española, hace un curioso relato de este comercio en libros protestantes entre Alemania y España, en su obra inglesa Spanish Reformers of Two Centuries from 1520, tomo 2, pp. 64, 65. Dicho relato, basado en documentos de la época, denota un comercio muy activo llevado a cabo secretamente con amigos de la causa protestante en España.

No obstante, los amigos de la causa perseveraron, hasta que muchos miles de tratados y de libritos fueron introducidos de contrabando, burlando la vigilancia de los agentes apostados en los principales puertos del Mediterráneo y a lo largo de los pasos del Pirineo. A veces se metían estas publicaciones dentro de fardos de heno o de yute (cáñamo de las Indias), o en barriles de vino de Borgoña o de Champaña (H. C. Lea, Chapters from the Religious History of Spain, p. 28). A veces iban empaquetadas en un barril interior impermeable dentro de otro barril más grande lleno de vino. Año tras año, durante la mayor parte del siglo décimosexto, hiciéronse esfuerzos constantes para abastecer al pueblo con Testamentos y Biblias en castellano y con los escritos de los reformadores. Era una época en que “la Palabra impresa había tomado un vuelo que la llevaba, como el viento lleva las semillas, hasta los países más remotos” (D’Aubigné, lib. 1, cap. 9).

Entretanto, la Inquisición trataba de impedir con redoblada vigilancia que dichos libros llegasen a manos del pueblo. “Los dueños de librerías tuvieron que entregarle tantos libros, que casi se arruinaban” (Dr. J. P. Fisher, Historia de la Reformación, p. 359). Ediciones enteras fueron confiscadas, y no obstante ejemplares de obras importantes, inclusive muchos Nuevos Testamentos y porciones del Antiguo, llegaban a los hogares del pueblo, merced a los esfuerzos de los comerciantes y colportores. Esto sucedía así especialmente en las provincias del norte, en Cataluña, Aragón y Castilla la Vieja, donde los valdenses habían sembrado pacientemente la semilla que empezaba a brotar y que prometía abundante cosecha.**Para un relato de las primitivas colonias de cristianos valdenses en el norte de España, véase Perrin, Histoire des Vaudois, lib. 3, cap. 7; lib. 4, cap. 2; lib. 5, cap. 8. Según ella muchos de los valdenses; huyendo de la persecución, se establecieron “en Cataluña y en el reino de Aragón. Es lo que hace notar Mateo París, al decir que en tiempo del papa Gregorio IX había gran número de valdenses en España, y por el año 1214, en tiempo del papa Alejandro IV, el cual se quejó en una de sus bulas, de que se les había dejado arraigarse tanto, y de que no se les hubiese molestado para multiplicarse como lo habían hecho. Efectivamente en tiempo de Gregorio IX crecieron tanto en número y crédito, que establecieron obispos sobre sus rebaños para que les predicasen sus doctrinas, lo cual, al saberlo los otros obispos, fue causa de atroz persecución” (cap. 18, pp. 245, 246).

Uno de los colportores más tesoneros y afortunados en la empresa fue Julián Hernández, un enano que, disfrazado a menudo de buhonero o de arriero, hizo muchos viajes a España, ya cruzando los Pirineos, ya entrando por alguno de los puertos del sur de España. Según testimonio del escritor jesuita, fray Santiáñez, era Julián un español que “salió de Alemania con designio de infestar toda España y corrió gran parte de ella, repartiendo muchos libros de perversa doctrina por varias partes y sembrando las herejías de Lutero en hombres y mujeres; y especialmente en Sevilla. Era sobremanera astuto y mañoso, (condición propia de herejes). Hizo gran daño en toda Castilla y Andalucía. Entraba y salía por todas partes con mucha seguridad con sus trazas y embustes, pegando fuego en donde ponía los pies”.*Historia de la Compañía de Jesús en esta provincia de Andalucía, citada por De Castro, Historia de los protestantes españoles, nota (1), p. 250 (el manuscrito original se encuentra en la Biblioteca Colombina de Washington).

Mientras la difusión de impresos daba a conocer en España las doctrinas reformadas, “debido a la extensión del gobierno de Carlos Quinto sobre Alemania y los Países Bajos, se estrechaban más las relaciones de España con estos países, proporcionando a los españoles, tanto seglares como eclesiásticos, una buena oportunidad para informarse acerca de las doctrinas protestantes, y no pocos les dieron favorable acogida”. Fisher, Historia de la Reformación, 360. Entre ellos se encontraban algunos que, como Alfonso y Juan de Valdés, hijos de Don Fernando de Valdés, corregidor de la antigua ciudad de Cuenca, desempeñaban altos puestos públicos.

Alfonso de Valdés que, como secretario imperial, acompañó a Carlos Quinto con motivo de su coronación, en 1520, y a la dieta de Worms, en 1521, aprovechó su viaje a Alemania y a los Países Bajos para informarse bien respecto al origen y a la propagación del movimiento evangélico, y escribió dos cartas a sus amigos de España haciendo un relato completo de cuanto había

oído, incluso un informe detallado de la comparecencia de Lutero ante la dieta.*“Hay razón para creer que la primera de estas cartas se publicó en aquel entonces”. (M’Crie, cap.4). Unos diez años después estuvo con Carlos Quinto en la dieta de Augsburgo, donde tuvo oportunidad para conversar libremente con Melanchton, a quien aseguró que “su influencia había contribuido a librar el ánimo del emperador de [...] falsas impresiones; y que en una entrevista posterior se le había encargado dijera a Melanchton que su majestad deseaba que este escribiera un compendio claro de las opiniones de los luteranos, poniéndolas en oposición, artículo por artículo, con las de sus adversarios. El reformador accedió gustoso al pedido, y el resultado de su labor fue comunicado por Valdés a Campegio, legado del papa. Este acto no se le escapó al ojo vigilante de la Inquisición. Luego que Valdés regresó a su país natal, se le acusó ante el ‘Santo Oficio’ y fue condenado como sospechoso de luteranismo” (M’Crie, cap. 4).

El poder del Espíritu Santo que asistió a los reformadores en la tarea de presentar las verdades de la Palabra de Dios durante las grandes dietas convocadas de tanto en tanto por Carlos Quinto, hizo gran impresión en el ánimo de los nobles y de los dignatarios de la iglesia que de España acudieron a aquellas. Por más que a algunos de estos, como al arzobispo Carranza, se les contase durante muchos años entre los más decididos partidarios del catolicismo romano, con todo no pocos cedieron al fin a la convicción de que era verdaderamente Dios quien dirigía y enseñaba a aquellos intrépidos defensores de la verdad, que, con la Biblia, abogaban por el retorno al cristianismo primitivo y a la libertad del evangelio.

Entre los primeros reformadores españoles que se valieron de la imprenta para esparcir el conocimiento de la verdad bíblica, hay que mencionar a Juan de Valdés, hermano de Alfonso, sabio jurisconsulto y secretario del virrey español de Nápoles. Sus obras se caracterizaban por un “amor a la libertad, digno del más alto encarecimiento”.**De Castro, Historia de los protestantes españoles, 99-102. En una nota (pp. 104, 105) De Castro publica una lista de las obras de este reformador. Escritas “con gran maestría y agudeza, en estilo ameno y con pensamientos muy originales” contribuyeron grandemente a echar los cimientos del protestantismo en España.

“En Sevilla y Valladolid los protestantes llegaron a contar con el mayor número de adeptos”. Pero como “los que adoptaron la interpretación reformada del evangelio, se contentaron por regla general con su promulgación, sin atacar abiertamente la teología o la Iglesia Católica” (Fisher, La Historia de la Redención, 361), solo a duras penas podían los creyentes reconocerse unos a otros, pues temían revelar sus verdaderos sentimientos a los que no les parecían dignos de confianza. En la providencia de Dios, fue un golpe dado por la misma Inquisición el que rompió en Valladolid aquella valla de retraimiento, y el que les hizo posible a los creyentes reconocerse y hablar unos con otros.

Francisco San Román, natural de Burgos, e hijo del alcalde mayor de Bribiesca, en el curso de sus viajes comerciales tuvo oportunidad de visitar a Bremen, donde oyó predicar las doctrinas evangélicas. De regreso a Amberes fue encarcelado durante ocho meses, pasados los cuales se le permitió proseguir su viaje a España, donde se creía que guardaría silencio. Pero, cual aconteciera con los apóstoles de antaño, no pudo “dejar de hablar las cosas que había visto y oído” debido a lo cual no tardó en ser “entregado a la Inquisición en Valladolid”.

“Corto fue su proceso [...]. Confesó abiertamente su fe en las principales doctrinas de la Reforma, es a saber que nadie se salva por sus propias obras, méritos o fuerzas, sino únicamente debido a la gracia de Dios, mediante el sacrificio de un solo Medianero”. Ni con súplicas ni con torturas pudo inducírsele a que se retractara; se le sentenció, pues, a la hoguera, y sufrió el martirio en un notable auto de fe, en 1544.

Hacía cerca de un cuarto de siglo que la doctrina reformada había llegado por primera vez a Valladolid, empero durante dicho período “sus discípulos se habían contentado con guardarla en sus corazones o hablar de ella con la mayor cautela a sus amigos de confianza. El estudio y la meditación, avivados por el martirio de San Román, pusieron fin a tal retraimiento. Expresiones de simpatía por su suerte, o de admiración por sus opiniones, dieron lugar a conversaciones, en cuyo curso los que favorecían la nueva fe, como se la llamaba, pudieron fácilmente reconocerse unos a otros. El celo y la magnanimidad de que dio prueba el mártir al arrostrar el odio general y al sufrir tan horrible muerte por causa de la verdad, provocó la emulación hasta de los más tímidos de aquellos; de suerte que, pocos años después de aquel auto, se organizaron formando

una iglesia que se reunía con regularidad, en privado, para la instrucción y el culto religioso” (M’Crie, cap. 4).

Esta iglesia, cuyo desarrollo fue fomentado por los esfuerzos de la Inquisición, tuvo por primer pastor a Domingo de Rojas. “Su padre fue Don Juan, primer marqués de Poza; su madre fue hija del conde de Salinas, y descendía de la familia del marqués de la Mota [...]. Además de los libros de los reformadores alemanes, con los que estaba familiarizado, propagó ciertos escritos suyos, y particularmente un tratado con el título de Explicación de los artículos de fe, que contenía una corta exposición y defensa de las nuevas opiniones”. “Rechazaba como contraria a las Escrituras la doctrina del purgatorio, la misa y otros artículos de la fe establecida”. “Merced a sus exhortaciones llenas de celo, muchos fueron inducidos a unirse a la iglesia reformada de Valladolid, entre los que se contaban varios miembros de la familia del mismo Rojas, como también de la del marqués de Alcañices y de otras familias nobles de Castilla” (ibíd., cap. 6). Después de algunos años de servicio en la buena causa, Rojas sufrió el martirio de la hoguera. Camino del sitio del suplicio, pasó frente al palco real, y preguntó al rey: “¿Cómo podéis, señor, presenciar así los tormentos de vuestros inocentes súbditos? Salvadnos de muerte tan cruel”. “No—replicó Felipe—, yo mismo llevaría la leña para quemar a mi propio hijo si fuese un miserable como tú” (ibíd., cap. 7).

El Dr. Don Agustín Cazalla, compañero y sucesor de Rojas, “era hijo de Pedro Cazalla, oficial mayor del tesoro real” y se le consideraba como “a uno de los principales oradores sagrados de España”. En 1545 fue nombrado capellán del emperador “a quien acompañó el año siguiente a Alemania”, y ante quien predicó ocasionalmente años después, cuando Carlos Quinto se hubo retirado al convento de Yuste. De 1555 a 1559 tuvo Cazalla oportunidad para pasar larga temporada en Valladolid, de donde era natural su madre, en cuya casa solía reunirse secretamente para el culto de la iglesia protestante. “No pudo resistir a las repetidas súplicas con que se le instó para que se hiciera cargo de los intereses espirituales de esta; la cual, favorecida con el talento y la nombradía del nuevo pastor, creció rápidamente en número y respetabilidad” (ibíd., cap. 6).

En Valladolid “la doctrina reformada penetró hasta en los monasterios. Fue abrazada por gran número de las monjas de Sta. Clara, y de la orden cisterciense de San Belén, y contaba con

personas convertidas entre la clase de mujeres devotas, llamadas beatas, que [...] se dedicaban a obras de caridad”.

“Las doctrinas protestantes se esparcieron por todas partes alrededor de Valladolid, habiendo convertidos en casi todas las ciudades y en muchos de los pueblos del antiguo reino de León. En la ciudad de Toro fueron aceptadas las nuevas doctrinas por [...] Antonio Herrezuelo, abogado de gran talento, y por miembros de las familias de los marqueses de la Mota y de Alcañices. En la ciudad de Zamora, Don Cristóbal de Padilla era cabeza de los protestantes”. De estos los había también en Castilla la Vieja, en Logroño, en la raya de Navarra, en Toledo y en las provincias de Granada, Murcia, Valencia y Aragón. “Formaron agrupaciones en Zaragoza, Huesca, Barbastro y en otras muchas ciudades” (ibíd.).

Respecto al carácter y posición social de los que se unieron al movimiento reformador en España, se expresa así el historiador: “Tal vez no hubo nunca en país alguno tan gran proporción de personas ilustres, por su cuna o por su saber, entre los convertidos a una religión nueva y proscrita. Esta circunstancia ayuda a explicar el hecho singular de que un grupo de disidentes que no bajaría de dos mil personas, diseminadas en tan vasto país, y débilmente relacionadas unas con otras, hubiese logrado comunicar sus ideas y tener sus reuniones privadas durante cierto número de años, sin ser descubierto por un tribunal tan celoso como lo fue el de la Inquisición” (ibíd.).

Al paso que la Reforma se propagaba por todo el norte de España, con Valladolid por centro, una obra de igual importancia, centralizada en Sevilla, llevábase a cabo en el sur. Merced a una serie de circunstancias providenciales, Rodrigo de Valero, joven acaudalado, fue inducido a apartarse de los deleites y pasatiempos de los ricos ociosos y a hacerse heraldo del evangelio de Cristo. Consiguió un ejemplar de la Vulgata, y aprovechaba todas las oportunidades para aprender el latín, en que estaba escrita su Biblia. “A fuerza de estudiar día y noche”, pronto logró familiarizarse con las enseñanzas de las Sagradas Escrituras. El ideal sostenido por ellas era tan patente y diferente del clero, que Valero se sintió obligado a hacerle ver a este cuánto se habían apartado del cristianismo primitivo todas las clases sociales, tanto en cuanto a la fe como en cuanto a las costumbres; la corrupción de su propia orden, que había contribuido a inficionar toda la comunidad cristiana; y el sagrado deber que le incumbía a la orden de aplicar inmediato y radical remedio antes que el mal se volviera del todo incurable. Estas representaciones iban siempre

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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