Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 237
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Lectura del libro
El Conflicto de los Siglos, páginas 209-211
profecías que iban a tener su cumplimiento, pero en circunstancias diferentes y por muy diversas causas. Las crueldades que los católicos infligieron a los inocentes protestantes acumularon en su contra la debida retribución, y en siglos posteriores se verificó el juicio que habían predicho que sobrevendría sobre el rey, sobre los súbditos y sobre el gobierno; pero dicho juicio se debió a los incrédulos y a los mismos papistas. No fue por el establecimiento, sino por la supresión del protestantismo, por lo que tres siglos más tarde habían de venir sobre Francia tan espantosas calamidades.
Todas las clases sociales se encontraban ahora presa de la sospecha, la desconfianza y el terror. En medio de la alarma general se notó cuán profundamente se habían arraigado las enseñanzas luteranas en las mentes de los hombres que más se distinguían por su brillante educación, su influencia y la superioridad de su carácter. Los puestos más honrosos y de más confianza quedaron de repente vacantes. Desaparecieron artesanos, impresores, literatos, catedráticos de las universidades, autores, y hasta cortesanos. A centenares salían huyendo de París, desterrándose voluntariamente de su propio país, dando así en muchos casos la primera indicación de que estaban en favor de la Reforma. Los papistas se admiraban al ver a tantos herejes de quienes no habían sospechado y que habían sido tolerados entre ellos. Su ira se descargó sobre la multitud de humildes víctimas que había a su alcance. Las cárceles quedaron atestadas y el aire parecía oscurecerse con el humo de tantas hogueras en que se hacía morir a los que profesaban el evangelio.
Francisco I se vanagloriaba de ser uno de los caudillos del gran movimiento que hizo revivir las letras a principios del siglo XVI. Tenía especial deleite en reunir en su corte a literatos de todos los países. A su empeño de saber, y al desprecio que le inspiraba la ignorancia y la superstición de los frailes se debía, siquiera en parte, el grado de tolerancia que había concedido a los reformadores. Pero, en su celo por aniquilar la herejía, este fomentador del saber expidió un edicto declarando abolida la imprenta en toda Francia. Francisco I ofrece uno de los muchos ejemplos conocidos de cómo la cultura intelectual no es una salvaguardia contra la persecución y la intolerancia religiosa.
Francia, por medio de una ceremonia pública y solemne, iba a comprometerse formalmente en la destrucción del protestantismo. Los sacerdotes exigían que el insulto lanzado al cielo en la
condenación de la misa, fuese expiado con sangre, y que el rey, en nombre del pueblo, sancionara la espantosa tarea.
Se señaló el 21 de enero de 1535 para efectuar la terrible ceremonia. Se atizaron el odio hipócrita y los temores supersticiosos de toda la nación. París estaba repleto de visitantes que habían acudido de los alrededores y que invadían sus calles.
Tenía que empezar el día con el desfile de una larga e imponente procesión. “Las casas por delante de las cuales debía pasar, estaban enlutadas, y se habían levantado altares, de trecho en trecho”. Frente a todas las puertas había una luz encendida en honor del “santo sacramento”. Desde el amanecer se formó la procesión en palacio. “Iban delante las cruces y los pendones de las parroquias, y después, seguían los particulares de dos en dos, y llevando teas encendidas”. A continuación seguían las cuatro órdenes de frailes, luciendo cada una sus vestiduras particulares. A estas seguía una gran colección de famosas reliquias. Iban tras ella, en sus carrozas, los altos dignatarios eclesiásticos, ostentando sus vestiduras moradas y de escarlata adornadas con pedrerías, formando todo aquello un conjunto espléndido y deslumbrador.
“La hostia era llevada por el obispo de París bajo vistoso dosel [...] sostenido por cuatro príncipes de los de más alta jerarquía [...]. Tras ellos iba el monarca [...]. Francisco I iba en esa ocasión despojado de su corona y de su manto real”. Con “la cabeza descubierta y la vista hacia el suelo, llevando en su mano un cirio encendido”, el rey de Francia se presentó en público “como penitente” (ibíd., cap. 21). Se inclinaba ante cada altar, humillándose, no por los pecados que manchaban su alma, ni por la sangre inocente que habían derramado sus manos, sino por el pecado mortal de sus súbditos que se habían atrevido a condenar la misa. Cerraban la marcha la reina y los dignatarios del estado, que iban también de dos en dos llevando en sus manos antorchas encendidas.
Como parte del programa de aquel día, el monarca mismo dirigió un discurso a los dignatarios del reino en la vasta sala del palacio episcopal. Se presentó ante ellos con aspecto triste, y con conmovedora elocuencia, lamentó el “crimen, la blasfemia, y el día de luto y de desgracia” que habían sobrevenido a toda la nación. Instó a todos sus leales súbditos a que cooperasen en la extirpación de la herejía que amenazaba arruinar a Francia. “Tan cierto, señores, como que soy vuestro rey—declaró—, si yo supiese que uno de mis miembros estuviese contaminado por esta asquerosa
podredumbre, os lo entregaría para que fuese cortado por vosotros [...]. Y aun más, si viera a uno de mis hijos contaminado por ella, no lo toleraría, sino que lo entregaría yo mismo y lo sacrificaría a Dios”. Las lágrimas le ahogaron la voz y la asamblea entera lloró, exclamando unánimemente: “¡Viviremos y moriremos en la religión católica!” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation au temps de Calvin, lib. 4, cap. 12).
Terribles eran las tinieblas de la nación que había rechazado la luz de la verdad. “La gracia que trae salvación” se había manifestado; pero Francia, después de haber comprobado su poder y su santidad, después que millares de sus hijos hubieron sido alumbrados por su belleza, después que su radiante luz se hubo esparcido por ciudades y pueblos, se desvió y escogió las tinieblas en vez de la luz. Habían rehusado los franceses el don celestial cuando les fuera ofrecido. Habían llamado a lo malo bueno, y a lo bueno malo, hasta llegar a ser víctimas de su propio engaño. Y ahora, aunque creyeran de todo corazón que servían a Dios persiguiendo a su pueblo, su sinceridad no los dejaba sin culpa. Habían rechazado precisamente aquella luz que los hubiera salvado del engaño y librado sus almas del pecado de derramar sangre.
Se juró solemnemente en la gran catedral que se extirparía la herejía, y en aquel mismo lugar, tres siglos más tarde iba a ser entronizada la “diosa Razón” por un pueblo que se había olvidado del Dios viviente. Volvióse a formar la procesión y los representantes de Francia se marcharon dispuestos a dar principio a la obra que habían jurado llevar a cabo. “De trecho en trecho, a lo largo del camino, se habían preparado hogueras para quemar vivos a ciertos cristianos protestantes, y las cosas estaban arregladas de modo que cuando se encendieran aquellas al acercarse el rey, debía detenerse la procesión para presenciar la ejecución” (Wylie, lib. 13, cap. 21). Los detalles de los tormentos que sufrieron estos confesores de Cristo, no son para descritos; pero no hubo desfallecimiento en las víctimas. Al ser instado uno de esos hombres para que se retractase, dijo: “Yo solo creo en lo que los profetas y apóstoles predicaron en los tiempos antiguos, y en lo que la comunión de los santos ha creído. Mi fe confía de tal manera en Dios que puedo resistir a todos los poderes del infierno” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation au temps de Calvin, lib. 4, cap. 12).
La procesión se detenía cada vez frente a los sitios de tormento. Al volver al lugar de donde había partido, el palacio real, se dispersó
El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White