Cristo Nuestra Esperanza

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Lectura del libro

Profetas y Reyes, páginas 507-508

Jehová. De cuando en cuando Dios levantaría mensajeros de la verdad para recordar el significado de los sacrificios ceremoniales, y especialmente la promesa de Jehová concerniente al advenimiento de Aquel a quien señalaban todos los ritos del sistema de sacrificios. Así se preservaría al mundo de la apostasía universal.

El propósito divino no se cumplió sin arrostrar la oposición más resuelta. De todas las maneras que pudo, el enemigo de la verdad y de la justicia obró para inducir a los descendientes de Abrahán a olvidar su alta y santa vocación y a desviarse hacia el culto de los dioses falsos. Y con frecuencia sus esfuerzos triunfaron excesivamente. Durante siglos, antes del primer advenimiento de Cristo, las tinieblas cubrieron la tierra y densa obscuridad los pueblos. Satanás arrojaba su sombra infernal sobre la senda de los hombres, a fin de impedirles que adquiriesen un conocimiento de Dios y del mundo futuro. Multitudes moraban en sombra de muerte. Su única esperanza consistía en que se disipase esta lobreguez, para que Dios pudiese ser revelado.

Con visión profética, David, el ungido de Dios, había previsto que el advenimiento de Cristo sería “como la luz de la mañana cuando sale el sol, de la mañana sin nubes.” 2 Samuel 23:4. Y Oseas atestiguó: “Como el alba está aparejada su salida.” Oseas 6:3. En silencio y con suavidad se produce el amanecer en la tierra, y se despierta la vida en ella cuando se disipan las sombras de las tinieblas. Así había de levantarse el Sol de Justicia, y traer “en sus alas ... salud.” Malaquías 4:2. Las multitudes “que moraban en tierra de sombra de muerte” habían de ver “gran luz.” Isaías 9:2.

El profeta Isaías, mirando con arrobamiento esa gloriosa liberación, exclamó:

“Un niño nos es nacido,
Hijo nos es dado;
y el principado sobre su hombro:
y llamaráse su nombre Admirable,

Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.
Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán término,
sobre el trono de David, y sobre su reino,
disponiéndolo y confirmándolo en juicio
y en justicia desde ahora para siempre.
El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.” Vers. 6, 7.

Durante los últimos siglos de la historia de Israel antes del primer advenimiento, era de comprensión general que se aludía a la venida del Mesías en esta profecía: “Poco es que tú me seas siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures los asolamientos de Israel: también te dí por luz de las gentes, para que seas mi salud [salvación] hasta lo postrero de la tierra.” El profeta había predicho: “Manifestaráse la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá.” Isaías 49:6; 40:5. Acerca de esta luz de los hombres testificó osadamente Juan el Bautista cuando proclamó: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta.” Juan 1:23.

A Cristo fué a quien se dirigió la promesa profética: “Así ha dicho Jehová, Redentor de Israel, el Santo suyo, al menospreciado de alma, al abominado de las gentes, ... así dijo Jehová: ... Guardarte he, y te daré por alianza del pueblo, para que levantes la tierra, para que heredes asoladas heredades; para que digas a los presos: Salid; y a los que están en tinieblas: Manifestaos... No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manaderos de aguas.” Isaías 49:7-10.

Los que eran firmes en la nación judía, los descendientes del santo linaje por medio del cual se había conservado el conocimiento de Dios, fortalecían su fe meditando en estos pasajes y otros similares. Con sumo gozo leían que el Señor ungiría al que iba “a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, ... a promulgar año de la buena voluntad de

Profetas y Reyes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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