Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 247
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 377-378
Capítulo 42—La verdadera grandeza
Este capítulo está basado en Daniel 4.
Aunque exaltado hasta el pináculo de los honores mundanales y reconocido por la Inspiración misma como “rey de reyes” (Ezequiel 26:7), Nabucodonosor había atribuído a veces la gloria de su reino y el esplendor de su reinado al favor de Jehová. Fué lo que sucedió después del sueño de la gran imagen. Su espíritu sintió la profunda influencia de esa visión y del pensamiento de que el Imperio Babilónico, por universal que fuera, iba a caer finalmente y otros reinos ejercerían el dominio, hasta que al fin todas las potencias terrenales cedieran su lugar a un reino establecido por el Dios del cielo para nunca ser destruido.
Más tarde, Nabucodonosor perdió de vista el noble concepto que tenía del propósito de Dios concerniente a las naciones. Sin embargo, cuando su espíritu orgulloso fué humillado ante la multitud en la llanura de Dura, reconoció una vez más que el reino de Dios es “sempiterno, y su señorío hasta generación y generación.” A pesar de ser idólatra por nacimiento y educación, y de hallarse a la cabeza de un pueblo idólatra, tenía un sentido innato de la justicia y de lo recto, y Dios podía usarle como instrumento para castigar a los rebeldes y para cumplir el propósito divino. Con la ayuda de “los fuertes de las gentes” (Ezequiel 28:7), le fué dado a Nabucodonosor, después de años de pacientes y cansadores esfuerzos, conquistar Tiro; Egipto también cayó presa de sus ejércitos victoriosos; y mientras añadía una nación tras otra al reino babilónico, aumentaba su fama como el mayor gobernante de la época.
No es sorprendente que en su prosperidad un monarca tan
ambicioso y orgulloso, se sintiera tentado a desviarse de la senda de la humildad, la única que lleva a la verdadera grandeza. Durante los intervalos entre sus guerras de conquista, pensó mucho en el fortalecimiento y embellecimiento de su capital, hasta que al fin la ciudad de Babilonia vino a ser la gloria principal de su reino, “la ciudad codiciosa del oro,” “que era alabada por toda la tierra.” Su pasión como constructor, y su señalado éxito al hacer de Babilonia una de las maravillas del mundo, halagaron su orgullo al punto de poner en grave peligro sus realizaciones como sabio gobernante a quien Dios pudiera continuar usando como instrumento para la ejecución del propósito divino.
En su misericordia, Dios dió al rey otro sueño, para advertirle del riesgo que corría y del lazo que se le tendía para arruinarlo. En una visión de noche, Nabucodonosor vió un árbol gigantesco que crecía en medio de la tierra, cuya copa se elevaba hasta los cielos, y cuyas ramas se extendían hasta los fines de la tierra. Los rebaños de las montañas y de las colinas hallaban refugio a su sombra, y las aves del aire construían sus nidos en sus ramas. “Su copa era hermosa, y su fruto en abundancia, y para todos había en él mantenimiento... Y manteníase de él toda carne.”
Mientras el rey contemplaba ese grandioso árbol, vió que “un vigilante y santo” se acercaba al árbol, y a gran voz clamaba:
“Cortad el árbol, y desmochad sus ramas, derribad su copa, y derramad su fruto: váyanse las bestias que están debajo de él, y las aves de sus ramas. Mas la cepa de sus raíces dejaréis en la tierra, y con atadura de hierro y de metal entre la hierba del campo; y sea mojado con el rocío del cielo, y su parte con las bestias en la hierba de la tierra. Su corazón sea mudado de corazón de hombre, y séale dado corazón de bestia, y pasen sobre él siete tiempos. La sentencia es por decreto de los vigilantes, y por dicho de los santos la demanda: para que conozcan los vivientes que el Altísimo se enseñorea del reino de los
Profetas y Reyes · Ellen G. White