Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 248
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 379-381
hombres, y que a quien él quiere lo da, y constituye sobre él al más bajo de los hombres.”
Muy perturbado por el sueño, que era evidentemente una predicción de cosas adversas, el rey lo relató a los “magos, astrólogos, Caldeos, y adivinos;” pero, aunque el sueño era muy explícito, ninguno de los sabios pudo interpretarlo. Una vez más, en esa nación idólatra, debía atestiguarse el hecho de que únicamente los que aman y temen a Dios pueden comprender los misterios del reino de los cielos. En su perplejidad, el rey mandó llamar a su siervo Daniel, hombre estimado por su integridad, constancia y sabiduría sin rival.
Cuando Daniel, en respuesta a la convocación real, estuvo en presencia del rey, Nabucodonosor le dijo: “Beltsasar, príncipe de los magos, ya que he entendido que hay en ti espíritu de los dioses santos, y que ningún misterio se te esconde, exprésame las visiones de mi sueño que he visto, y su declaración.” Después de relatar el sueño, Nabucodonosor dijo: “Tú pues, Beltsasar, dirás la declaración de él, porque todos los sabios de mi reino nunca pudieron mostrarme su interpretación: mas tú puedes, porque hay en ti espíritu de los dioses santos.”
Para Daniel el significado del sueño era claro, y le alarmó. “Estuvo callando casi una hora, y sus pensamientos lo espantaban.” Viendo la vacilación y la angustia de Daniel, el rey expresó su simpatía hacia su siervo. Dijo: “Beltsasar, el sueño ni su declaración no te espante.”
Daniel contestó: “Señor mío, el sueño sea para tus enemigos, y su declaración para los que mal te quieren.” El profeta comprendía que Dios le imponía el deber de revelar a Nabucodonosor el castigo que iba a caer sobre él por causa de su orgullo y arrogancia. Daniel debía interpretar el sueño en un lenguaje que el rey pudiese comprender; y aunque su terrible significado le había hecho vacilar en mudo asombro, sabía que debía declarar la verdad, cualesquiera que fuesen las consecuencias para sí.
Entonces Daniel dió a conocer el mandato del Todopoderoso. Dijo: “El árbol que viste, que crecía y se hacía fuerte, y que su altura llegaba hasta el cielo, y su vista por toda la tierra; y cuya copa era hermosa, y su fruto en abundancia, y que para todos había mantenimiento en él; debajo del cual moraban las bestias del campo, y en sus ramas habitaban las aves del cielo, tú mismo eres, oh rey, que creciste, y te hiciste fuerte, pues creció tu grandeza, y ha llegado hasta el cielo, y tu señorío hasta el cabo de la tierra.
“Y cuanto a lo que vió el rey, un vigilante y santo que descendía del cielo, y decía: Cortad el árbol y destruidlo: mas la cepa de sus raíces dejaréis en la tierra, y con atadura de hierro y de metal en la hierba del campo; y sea mojado con el rocío del cielo, y su parte sea con las bestias del campo, hasta que pasen sobre él siete tiempos: esta es la declaración, oh rey, y la sentencia del Altísimo, que ha venido sobre el rey mi señor: que te echarán de entre los hombres, y con las bestias del campo será tu morada, y con hierba del campo te apacentarán como a los bueyes, y con rocío del cielo serás bañado; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que entiendas que el Altísimo se enseñorea en el reino de los hombres, y que a quien él quisiere lo dará. Y lo que dijeron, que dejasen en la tierra la cepa de las raíces del mismo árbol, significa que tu reino se te quedará firme, luego que entiendas que el señorío es en los cielos.”
Habiendo interpretado fielmente el sueño, Daniel rogó al orgulloso monarca que se arrepintiese y se volviese a Dios, para que haciendo el bien evitase la calamidad que le amenazaba. Suplicó el profeta: “Por tanto, oh rey, aprueba mi consejo, y redime tus pecados con justicia, y tus iniquidades con misericordias para con los pobres; que tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad.”
Por un tiempo la impresión que habían hecho la amonestación y el consejo del profeta fué profunda en el ánimo de Nabucodonosor; pero el corazón que no ha sido transformado por la gracia de Dios no tarda en perder las impresiones del
Espíritu Santo. La complacencia propia y la ambición no habían sido desarraigadas todavía del corazón del rey, y más tarde volvieron a aparecer. A pesar de las instrucciones que le fueron dadas tan misericordiosamente, y a pesar de las advertencias que representaban las cosas que le habían sucedido antes, Nabucodonosor volvió a dejarse dominar por un espíritu de celos contra los reinos que iban a seguir. Su gobierno, que hasta entonces había sido en buena medida justo y misericordioso, se volvió opresivo. Endureciendo su corazón, usó los talentos que Dios le había dado para glorificarse a sí mismo, y para ensalzarse sobre el Dios que le había dado la vida y el poder.
El juicio de Dios se demoró durante meses; pero en vez de ser inducido al arrepentimiento por esta paciencia divina, el rey alentó su orgullo hasta perder confianza en la interpretación del sueño, y burlarse de sus temores anteriores.
Un año después de haber recibido la advertencia, mientras Nabucodonosor andaba en su palacio y pensaba con orgullo en su poder como gobernante y en sus éxitos como constructor, exclamó: “¿No es ésta la gran Babilonia, que yo edifiqué para casa del reino, con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi grandeza?”
Estando aún en los labios del rey la jactanciosa pregunta, una voz del cielo anunció que había llegado el tiempo señalado por Dios para el castigo. En sus oídos cayó la orden de Jehová: “A ti dicen, rey Nabucodonosor; el reino es traspasado de ti: y de entre los hombres te echan, y con las bestias del campo será tu morada, y como a los bueyes te apacentarán: y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo se enseñorea en el reino de los hombres, y a quien él quisiere lo da.”
En un momento le fué quitada la razón que Dios le había dado; el juicio que el rey consideraba perfecto, la sabiduría de la cual se enorgullecía, desaparecieron y se vió que el que antes era gobernante poderoso estaba loco. Su mano ya no podía empuñar el cetro. Los mensajes de advertencia habían sido
Profetas y Reyes · Ellen G. White