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Lectura del libro

Profetas y Reyes, páginas 291-293

Porque el nombre de Jehová invocaré:
Engrandeced a nuestro Dios.
El es la Roca, cuya obra es perfecta,
Porque todos sus caminos son rectitud:
Dios de verdad, y ninguna iniquidad en él:
Es justo y recto.” Deuteronomio 32:1-4.

“Acuérdate de los tiempos antiguos;
Considerad los años de generación y generación:
Pregunta a tu padre, que él te declarará;
A tus viejos, y ellos te dirán.
Cuando el Altísimo hizo heredar a las gentes,
Cuando hizo dividir los hijos de los hombres,
Estableció los términos de los pueblos
Según el número de los hijos de Israel.
Porque la parte de Jehová es su pueblo;
Jacob la cuerda de su heredad.
Hallólo en tierra de desierto,
Y en desierto horrible y yermo;
Trájolo alrededor, instruyólo,
Guardólo como la niña de su ojo.” Vers. 7-10.

Pero Israel “dejó al Dios que le hizo,
Y menospreció la Roca de su salud.
Despertáronle a celos con los dioses ajenos;
Ensañáronle con abominaciones.
Sacrificaron a los diablos, no a Dios;
A dioses que no habían conocido,
A nuevos dioses venidos de cerca,
Que no habían temido vuestros padres.
De la Roca que te crió te olvidaste:
Te has olvidado del Dios tu criador.

“Y viólo Jehová, y encendióse en ira,
Por el menosprecio de sus hijos y de sus hijas.
Y dijo: Esconderé de ellos mi rostro,
Veré cuál será su postrimería:
Que son generación de perversidades, hijos sin fe.
Ellos me movieron a celos con lo que no es Dios;
Hiciéronme ensañar con sus vanidades:
Yo también los moveré a celos con un pueblo que no es pueblo,
Con gente insensata los haré ensañar.”

“Yo allegaré males sobre ellos;
Emplearé en ellos mis saetas.
Consumidos serán de hambre, y comidos de fiebre ardiente
Y de amarga pestilencia.”

“Porque son gente de perdidos consejos,
Y no hay en ellos entendimiento.
¡Ojalá fueran sabios, que comprendieran esto,
Y entendieran su postrimería!
¿Cómo podría perseguir uno a mil,
Y dos harían huir a diez mil,
Si su Roca no los hubiese vendido,
Y Jehová no los hubiera entregado?
Que la roca de ellos no es como nuestra Roca:
Y nuestros enemigos sean de ello jueces.”

“¿No tengo yo esto guardado,
Sellado en mis tesoros?
Mía es la venganza y el pago,
Al tiempo que su pie vacilará;
Porque el día de su aflicción está cercano,
Y lo que les está preparado se apresura.”

Vers. 15-21, 23, 24, 28-31, 34, 35.

Estos pasajes y otros similares revelaron a Josías el amor de Dios hacia su pueblo, y su aborrecimiento por el pecado. Al leer el rey las profecías de los juicios que habrían de caer prestamente sobre los que persistiesen en la rebelión, tembló acerca del futuro. La perversidad de Judá había sido grande; ¿cuál sería el resultado de su continua apostasía?

En los años anteriores, el rey no había sido indiferente a la idolatría que prevalecía. “A los ocho años de su reinado, siendo aún muchacho,” se había consagrado plenamente al servicio de Dios. Cuatro años más tarde, cuando tuvo veinte, hizo un esfuerzo fervoroso por evitar la tentación a sus súbditos y limpió “a Judá y a Jerusalem de los altos, bosques, esculturas, e imágenes de fundición. Y derribaron delante de él los altares de los Baales, e hizo pedazos las imágenes del sol, que estaban puestas encima; despedazó también los bosques, y las

esculturas y estatuas de fundición, y desmenuzólas, y esparció el polvo sobre los sepulcros de los que les habían sacrificado. Quemó además los huesos de los sacerdotes sobre sus altares, y limpió a Judá y a Jerusalem.” 2 Crónicas 34:3-5.

Sin conformarse con la obra esmerada que hacía en la tierra de Judá, el joven gobernante extendió sus esfuerzos a las porciones de Palestina antes ocupadas por las diez tribus de Israel, de las cuales quedaba tan sólo un débil residuo. Dice el relato: “Lo mismo hizo en las ciudades de Manasés, Ephraim, y Simeón, hasta en Nephtalí.” Y no volvió a Jerusalén antes de haber atravesado a lo largo y a lo ancho esta región de hogares arruinados y “hubo derribado los altares y los bosques, y quebrado y desmenuzado las esculturas, y destruido todos los ídolos por toda la tierra de Israel.” Vers. 6, 7.

Así era como Josías, desde su juventud, había procurado valerse de su cargo de rey para exaltar los principios de la santa ley de Dios. Y ahora, mientras el escriba Safán le leía el libro de la ley, el rey discernió en ese volumen un tesoro de conocimiento y un aliado poderoso en la obra de reforma que tanto deseaba ver realizada en la tierra. Resolvió andar en la luz de sus consejos y hacer todo lo que estuviese en su poder para comunicar sus enseñanzas al pueblo, a fin de inducirlo, si era posible, a cultivar la reverencia y el amor a la ley del cielo.

Pero ¿podía realizarse la reforma necesaria? Israel había llegado casi al límite de la tolerancia divina; pronto Dios se iba a levantar para castigar a aquellos que habían deshonrado su nombre, Ya la ira de Dios se había encendido contra el pueblo. Abrumado de pesar y desaliento, Josías rasgó sus vestiduras, y se postró ante Dios agonizando en su espíritu y pidiendo perdón por los pecados de una nación impenitente.

En aquel tiempo, la profetisa Hulda vivía en Jerusalén, cerca del templo. El rey, lleno de ansiosos presentimientos, la recordó y resolvió inquirir del Señor mediante esa mensajera escogida para saber, si era posible, por qué medios a su alcance podría salvar al errante Judá, ahora al borde de la ruina.

Profetas y Reyes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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