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Lectura del libro

Profetas y Reyes, páginas 289-290

Capítulo 33—El libro de la ley

Las influencias silenciosas y sin embargo poderosas que despertaron los mensajes de los profetas acerca del cautiverio babilónico, contribuyeron mucho a preparar el terreno para una reforma que se realizó en el año décimoctavo del reinado de Josías. Este movimiento de reforma, gracias al cual los castigos anunciados se evitaron por un tiempo, fué provocado de una manera completamente inesperada por el descubrimiento y el estudio de una porción de las Sagradas Escrituras que durante muchos años había estado extraviada.

Casi un siglo antes, durante la primera Pascua celebrada por Ezequías, se habían tomado medidas para la lectura pública y diaria del libro de la ley a oídos del pueblo por los sacerdotes instructores. La observancia de los estatutos registrados por Moisés, especialmente los dados en el libro del pacto que forma parte del Deuteronomio, era lo que había dado tanta prosperidad al reinado de Ezequías. Pero Manasés se había atrevido a poner a un lado esos estatutos; y durante su reinado se había perdido, por descuido, la copia del libro de la ley que solía guardarse en el templo. De manera que por muchos años el pueblo en general se vió privado de sus instrucciones.

El manuscrito perdido durante tanto tiempo fué descubierto en el templo por el sumo sacerdote Hilcías mientras se realizaban extensas reparaciones en el edificio, de acuerdo con el plan del rey Josías para conservar la estructura sagrada. El sumo sacerdote entregó el precioso volumen a Safán, sabio escriba, quien lo leyó, y luego lo llevó al rey, a quien contó cómo se lo había descubierto.

Josías se conmovió hondamente al oír por primera vez leer

las exhortaciones y amonestaciones registradas en ese antiguo manuscrito. Nunca antes había comprendido tan claramente la sencillez con que Dios había presentado a Israel “la vida y la muerte, la bendición y la maldición” (Deuteronomio 30:19); y cuán a menudo se le había instado a escoger el camino de la vida a fin de llegar a ser una alabanza en la tierra, una bendición para todas las naciones. Por medio de Moisés se había exhortado así a Israel: “Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis, ni tengáis miedo de ellos: que Jehová tu Dios es el que va contigo: no te dejará, ni te desamparará.” Deuteronomio 31:6.

En el libro abundaban las promesas referentes a la buena voluntad de Dios para salvar hasta lo sumo a aquellos que confiasen plenamente en él. Así como había obrado al librarlos de la servidumbre egipcia, quería obrar poderosamente para establecerlos en la tierra prometida y colocarlos a la cabeza de las naciones de la tierra.

El aliento ofrecido como recompensa por la obediencia iba acompañado de las profecías de castigos para los desobedientes; y mientras el rey oía las palabras inspiradas, reconoció, en el cuadro que se le presentaba, condiciones similares a las que existían entonces en su reino. En relación con estas descripciones proféticas de cómo el pueblo se iba a apartar de Dios, se sorprendió al descubrir claras indicaciones de que pronto seguiría sin remedio el día de la calamidad. El lenguaje era decisivo; no era posible equivocarse en cuanto al significado de las palabras. Y al final del volumen, en un sumario del trato de Dios con Israel y un resumen de acontecimientos futuros, quedaban doblemente aclarados estos asuntos. A oídos de todo Israel, Moisés había dicho:

“Escuchad, cielos, y hablaré;
Y oiga la tierra los dichos de mi boca.
Goteará como la lluvia mi doctrina;
Destilará como el rocío mi razonamiento;
Como la llovizna sobre la grama,
Y como las gotas sobre la hierba:

Profetas y Reyes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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