Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 167
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 266-268
cuestas del Líbano; y cortaré sus altos cedros, sus hayas escogidas; y entraré a la morada de su término, al monte de su Carmel. Yo he cavado y bebido las aguas ajenas, y he secado con las plantas de mis pies todos los ríos de lugares bloqueados.
“¿Nunca has oído que mucho tiempo ha yo lo hice, y de días antiguos lo he formado? Y ahora lo he hecho venir, y fué para desolación de ciudades fuertes en montones de ruinas. Y sus moradores, cortos de manos, quebrantados y confusos, fueron cual hierba del campo, como legumbre verde, y heno de los tejados, que antes que venga a madurez es seco.
“Yo he sabido tu asentarte, tu salir y tu entrar, y tu furor contra mí. Por cuanto te has airado contra mí, y tu estruendo ha subido a mis oídos, yo por tanto pondré mi anzuelo en tus narices, y mi bocado en tus labios, y te haré volver por el camino por donde viniste.” 2 Reyes 19:20-28.
La tierra de Judá había sido asolada por el ejército ocupante; pero Dios había prometido atender milagrosamente las necesidades del pueblo. Ezequías recibió este mensaje: “Y esto te será por señal Ezechías: Este año comerás lo que nacerá de suyo, y el segundo año lo que nacerá de suyo; y el tercer año haréis sementera, y segaréis, y plantaréis viñas, y comeréis el fruto de ellas. Y lo que hubiere escapado, lo que habrá quedado de la casa de Judá, tornará a echar raíz abajo, y hará fruto arriba. Porque saldrán de Jerusalem reliquias y los que escaparán, del monte de Sión: el celo de Jehová de los ejércitos hará esto.
“Por tanto, Jehová dice así del rey de Asiria: No entrará en esta ciudad, ni echará saeta en ella; ni vendrá delante de ella escudo, ni será echado contra ella baluarte. Por el camino que vino se volverá, y no entrará en esta ciudad, dice Jehová. Porque yo ampararé a esta ciudad para salvarla, por amor de mí, y por amor de David mi siervo.” Vers. 29-34.
Esa misma noche se produjo la liberación. “Salió el ángel de Jehová, e hirió en el campo de los Asirios ciento ochenta y
cinco mil.” Vers. 35. El ángel mató a “todo valiente y esforzado, y a los jefes y capitanes en el campo del rey de Asiria.” 2 Crónicas 32:21.
Pronto llegaron a Senaquerib, que estaba todavía guardando el camino de Judea a Egipto, las noticias referentes a ese terrible castigo del ejército que había sido enviado a tomar Jerusalén. Sobrecogido de temor, el rey asirio apresuró su partida, y “volvióse por tanto con vergüenza de rostro a su tierra.” Pero no iba a reinar mucho más tiempo. De acuerdo con la profecía que había sido pronunciada acerca de su fin repentino, fué asesinado por los de su propia casa, “y reinó en su lugar Esar-hadón su hijo.” Isaías 37:38.
El Dios de los hebreos había prevalecido contra el orgulloso asirio. El honor de Jehová había quedado vindicado en ojos de las naciones circundantes. En Jerusalén el corazón del pueblo se llenó de santo gozo. Sus fervorosas súplicas por liberación habían sido acompañadas de la confesión de sus pecados y de muchas lágrimas. En su gran necesidad, habían confiado plenamente en el poder de Dios para salvarlos, y él no los había abandonado. Repercutieron entonces en los atrios del templo cantos de solemne alabanza.
“Dios es conocido en Judá:
En Israel es grande su nombre.
Y en Salem está su tabernáculo,
Y su habitación en Sión.
Allí quebró las saetas del arco,
El escudo, y la espada, y tren de guerra.
“Ilustre eres tú; fuerte, más que los montes de caza
Los fuertes de corazón fueron despojados, durmieron su sueño;
Y nada hallaron en sus manos todos los varones fuertes.
A tu reprensión, oh Dios de Jacob,
El carro y el caballo fueron entorpecidos.
“Tú, terrible eres tú:
¿Y quién parará delante de ti, en comenzando tu ira?
Desde los cielos hiciste oir juicio;
La tierra tuvo temor y quedó suspensa,
Cuando te levantaste, oh Dios, al juicio,
Para salvar a todos los mansos de la tierra.
“Ciertamente la ira del hombre te acarreará alabanza:
Tú reprimirás el resto de las iras.
Prometed, y pagad a Jehová vuestro Dios:
Todos los que están alrededor de él traigan presentes al Terrible.
Cortará él el espíritu de los príncipes:
Terrible es a los reyes de la tierra.” (Sal. 76.)
El engrandecimiento y la caída del Imperio Asirio abundan en lecciones para las naciones modernas de esta tierra. La Inspiración ha comparado la gloria de Asiria en el apogeo de su prosperidad con un noble árbol del huerto de Dios, que superara todos los árboles de los alrededores.
“He aquí era el Asirio cedro en el Líbano, hermoso en ramas, y umbroso con sus ramos, y de grande altura, y su copa estaba entre densas ramas... A su sombra habitaban muchas gentes. Hízose, pues, hermoso en su grandeza con la extensión de sus ramas; porque su raíz estaba junto a muchas aguas. Los cedros no lo cubrieron en el huerto de Dios: las hayas no fueron semejantes a sus ramas, ni los castaños fueron semejantes a sus ramos: ningún árbol en el huerto de Dios fué semejante a él en su hermosura... Y todos los árboles de Edén, que estaban en el huerto de Dios, tuvieron de él envidia.” Ezequiel 31:3-9.
Pero los gobernantes de Asiria, en vez de emplear sus bendiciones extraordinarias para beneficio de la humanidad, llegaron a ser el azote de muchas tierras. Despiadados, sin consideración para Dios ni para sus semejantes, se dedicaron con terquedad a obligar a todas las naciones a reconocer la supremacía de los dioses de Nínive, a los cuales ensalzaban por sobre el Altísimo. Dios les había enviado a Jonás con un mensaje de amonestación, y durante un tiempo se humillaron delante de Jehová de los ejércitos, y procuraron su perdón. Pero pronto volvieron a adorar los ídolos y a tratar de conquistar el mundo.
Profetas y Reyes · Ellen G. White