Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 131
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 215-216
allí: y no profetices más en Beth-el, porque es santuario del rey, y cabecera del reino.” Vers. 12, 13.
A esto respondió firmemente el profeta: “Por tanto, así ha dicho Jehová: ... Israel será traspasado de su tierra.” Vers. 17.
Las palabras pronunciadas contra las tribus apóstatas se cumplieron literalmente; pero la destrucción del reino se produjo gradualmente. Al castigar, el Señor tuvo misericordia; y al principio, cuando “vino Phul rey de Asiria a la tierra,” Manahem, entonces rey de Israel, no fué llevado cautivo, sino que se le permitió permanecer en el trono como vasallo de Asiria. “Dió Manahem a Phul mil talentos de plata porque le ayudara a confirmarse en el reino. E impuso Manahem este dinero sobre Israel, sobre todos los poderosos y opulentos: de cada uno cincuenta siclos de plata, para dar al rey de Asiria.” 2 Reyes 15:19, 20. Habiendo humillado las diez tribus, los asirios volvieron por un tiempo a su tierra.
Lejos de arrepentirse del mal que había ocasionado ruina en su reino, Manahem continuó en “los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel.” Pekaía y Peka, sus sucesores, también hicieron “lo malo en ojos de Jehová.” 2 Reyes 15:18, 24, 28. “En los días de Peka,” quien reinó veinte años, Tiglath-pileser, rey de Asiria, invadió a Israel, y se llevó una multitud de cautivos de entre las tribus que vivían en Galilea y al oriente del Jordán. “Los Rubenitas y Gaditas y ... la media tribu de Manasés,” juntamente con otros de los habitantes de “Galaad, y Galilea, y toda la tierra de Nephtalí” (1 Crónicas 5:26; 2 Reyes 15:29) fueron dispersados entre los paganos, en tierras muy distantes de Palestina.
El reino septentrional no se recobró nunca de este golpe terrible. Un residuo débil hizo subsistir la forma de gobierno, pero éste ya no tenía poder. Un solo gobernante, Oseas, iba a seguir a Peka. Pronto el reino iba a ser destruido para siempre. Pero en aquel tiempo de tristeza y angustia Dios manifestó misericordia, y dió al pueblo otra oportunidad de apartarse de
la idolatría. En el tercer año del reinado de Oseas, el buen rey Ezequías comenzó a reinar en Judá, y con toda celeridad instituyó reformas importantes en el servicio del templo de Jerusalén. Hizo arreglos para que se celebrara la Pascua, y a esta fiesta fueron invitadas no sólo las tribus de Judá y Benjamín, sobre las cuales Ezequías había sido ungido rey, sino también todas las tribus del norte. Se dió una proclamación “por todo Israel, desde Beer-seba hasta Dan, para que viniesen a celebrar la pascua a Jehová Dios de Israel, en Jerusalem: porque en mucho tiempo no la habían celebrado al modo que está escrito.
“Fueron pues correos con letras de mano del rey y de sus príncipes por todo Israel y Judá,” con esta apremiante invitación: “Hijos de Israel, volveos a Jehová el Dios de Abraham, de Isaac, y de Israel, y él se volverá a las reliquias que os han quedado de la mano de los reyes de Asiria... No endurezcáis pues ahora vuestra cerviz como vuestros padres: dad la mano a Jehová, y venid a su santuario, el cual él ha santificado para siempre; y servid a Jehová vuestro Dios, y la ira de su furor se apartará de vosotros. Porque si os volviereis a Jehová, vuestros hermanos y vuestros hijos hallarán misericordia delante de los que los tienen cautivos, y volverán a esta tierra: porque Jehová vuestro Dios es clemente y misericordioso, y no volverá de vosotros su rostro, si vosotros os volviereis a él.” 2 Crónicas 30:5-9.
“De ciudad en ciudad por la tierra de Ephraim y Manasés, hasta Zabulón,” proclamaron el mensaje los correos enviados por Ezequías. Israel debiera haber reconocido en esta invitación un llamamiento a arrepentirse y a volverse a Dios. Pero el residuo de las diez tribus que moraba todavía en el territorio del una vez floreciente reino del norte, trató a los mensajeros reales de Judá con indiferencia y hasta con desprecio. “Se reían y burlaban de ellos.” Hubo sin embargo algunos que respondieron gustosamente. “Algunos hombres de Aser, de Manasés, y de Zabulón, se humillaron y vinieron a Jerusalem, ... para celebrar la solemnidad de los ázimos.” 2 Crónicas 30:10-13.
Profetas y Reyes · Ellen G. White