Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 104
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 172-173
Capítulo 18—La purificación de las aguas
En los tiempos patriarcales, el valle del Jordán “era de riego, ... como el huerto de Jehová.” En ese hermoso valle fué donde Lot decidió establecerse, cuando “fué poniendo sus tiendas hasta Sodoma.” Génesis 13:10, 12. Pero al ser destruídas las ciudades de la llanura, la región de en derredor se transformó en un desierto desolado, y llegó a formar parte del desierto de Judea.
Subsistió una parte del hermoso valle, con sus manantiales y arroyos vivificantes, para alegrar el corazón del hombre. En ese valle, rico en campos de cereales y vergeles de palmeras y otros frutales, las huestes de Israel habían acampado después de cruzar el Jordán y habían gozado por primera vez de los frutos de la tierra prometida. Delante de sí tenían las murallas de la fortaleza pagana de Jericó, centro del culto de Astarte, la más vil y degradante de todas las formas cananeas de la idolatría. Pronto fueron derribadas sus murallas y muertos sus habitantes; y en ocasión de su caída, se hizo en presencia de todo Israel esta solemne declaración: “Maldito delante de Jehová el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jericó. En su primogénito eche sus cimientos, y en su menor asiente sus puertas.” Josué 6:26.
Transcurrieron cinco siglos. El lugar seguía desolado y maldecido por Dios. Aun los manantiales que habían hecho tan deseable la residencia en esa parte del valle, sufrieron los efectos de la maldición. Pero en los tiempos de la apostasía de Acab, cuando el culto de Astarte revivió por influencia de Jezabel, Jericó, antigua sede de ese culto, fué reedificada, si bien a un costo espantoso para quien lo hizo. Hiel, de Betel,
“en Abiram su primogénito echó el cimiento, y en Segub su hijo postrero puso sus puertas; conforme a la palabra de Jehová.” 1 Reyes 16:34.
No lejos de Jericó, en medio de vergeles fructíferos, se hallaba una de las escuelas de los profetas; y allí se dirigió Eliseo, después de la ascensión de Elías. Mientras estaba entre ellos, los hombres de la ciudad se acercaron al profeta para decirle: “He aquí, el asiento de esta ciudad es bueno, como mi señor ve; mas las aguas son malas, y la tierra enferma.” El manantial que en años anteriores había sido puro y comunicaba vida, pues contribuía mucho a abastecer de agua la ciudad y la región circundante, ya no podía usarse.
En respuesta a la súplica de los hombres de Jericó, Eliseo dijo: “Traedme una botija nueva, y poned en ella sal.” Habiendo recibido esto, salió “él a los manaderos de las aguas, echó dentro la sal, y dijo: Así ha dicho Jehová: Yo sané estas aguas, y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad.” 2 Reyes 2:19-21.
La purificación de las aguas de Jericó se realizó, no por sabiduría humana, sino por la intervención milagrosa de Dios. Los que habían reedificado la ciudad no merecían el favor del Cielo; y sin embargo el que “hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos” (Mateo 5:45) consideró propio revelar en este caso, mediante ese acto de compasión, su buena disposición para curar a Israel de sus enfermedades espirituales.
La purificación fué permanente; “y fueron sanas las aguas hasta hoy, conforme a la palabra que habló Eliseo.” 2 Reyes 2:22. Siglo tras siglo las aguas han seguido fluyendo para hacer de esa parte del valle un bello oasis.
Muchas son las lecciones espirituales que se desprenden de este relato de la purificación de las aguas. La botija nueva, la sal, el manantial, todas estas cosas de las cuales nos habla son altamente simbólicas.
Al arrojar sal en el manantial amargo, Eliseo enseñó la
Profetas y Reyes · Ellen G. White