Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 105
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 174-176
lección espiritual que fué impartida siglos más tarde por el Salvador a sus discípulos cuando declaró: “Vosotros sois la sal de la tierra.” Mateo 5:13. Al mezclarse la sal con las aguas contaminadas del manantial las purificó, y puso vida y bendición donde antes había habido maldición y muerte. Cuando Dios compara sus hijos con la sal, quiere enseñarles que su propósito al hacerlos súbditos de su gracia es que lleguen a ser agentes para salvar a otros. El fin que perseguía Dios al escoger un pueblo delante de todo el mundo no era tan sólo adoptarlo como sus hijos y sus hijas, sino para que por su medio el mundo pudiese recibir la gracia que imparte salvación. Cuando el Señor eligió a Abrahán, no fué simplemente para que fuese su amigo especial, sino que había de transmitir los privilegios especiales que el Señor deseaba otorgar a las naciones.
El mundo necesita ver evidencias de cristianismo sincero. El veneno del pecado está obrando en el corazón de la sociedad. Ciudades y pueblos están sumidos en el pecado y la corrupción moral. El mundo rebosa de enfermedades, sufrimientos e iniquidad. Cerca y lejos hay almas en pobreza y angustia, agobiadas por un sentimiento de culpabilidad, que perecen por falta de una influencia salvadora. El Evangelio de verdad les es presentado, y sin embargo perecen, debido a que el ejemplo de aquellos que debieran ser un sabor de vida es un sabor de muerte. Sus almas beben amargura, porque las fuentes están envenenadas cuando debieran ser como un pozo de agua que brotase para vida eterna.
La sal debe mezclarse con la substancia a la cual se añade; debe compenetrarla para conservarla. Así también es por el trato personal cómo los hombres son alcanzados por el poder salvador del Evangelio. No se salvan como muchedumbres, sino individualmente. La influencia personal es un poder. Debe obrar con la influencia de Cristo, elevar donde Cristo eleva, impartir los principios correctos y detener el progreso de la corrupción del mundo. Debe difundir la gracia que únicamente Cristo puede impartir. Debe elevar y endulzar la vida y
el carácter de los demás por el poder de un ejemplo puro unido con una fe y un amor fervientes.
Acerca del manantial hasta entonces contaminado que había en Jericó, el Señor declaró: “Yo sané estas aguas, y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad.” El arroyo contaminado representa el alma que está separada de Dios. El pecado no solamente nos separa de Dios, sino que destruye en el alma humana tanto el deseo como la capacidad de conocerle. Por medio del pecado, queda desordenado todo el organismo humano, la mente se pervierte, la imaginación se corrompe; las facultades del alma se degradan. Hay en el corazón ausencia de religión pura y santidad. El poder convertidor de Dios no obró para transformar el carácter. El alma queda débil, y por falta de fuerza moral para vencer, se contamina y se degrada.
Para el corazón que llega a purificarse, todo cambia. La transformación del carácter es para el mundo el testimonio de que Cristo mora en el creyente. Al sujetar los pensamientos y deseos a la voluntad de Cristo, el Espíritu de Dios produce nueva vida en el hombre y el hombre interior queda renovado a la imagen de Dios. Hombres y mujeres débiles y errantes demuestran al mundo que el poder redentor de la gracia puede desarrollar el carácter deficiente en forma simétrica, para hacerle llevar abundantes frutos.
El corazón que recibe la palabra de Dios no es un estanque que se evapora ni es una cisterna rota que pierda su tesoro. Es como el arroyo de las montañas, alimentado por manantiales inagotables, cuyas aguas frescas y chispeantes saltan de roca en roca, refrigerando a los cansados, sedientos y cargados. Es como un río que fluye constantemente, y a medida que avanza se va haciendo más hondo y más ancho, hasta que sus aguas vivificantes se extienden por toda la tierra. El arroyo que prosigue su curso cantando, deja detrás de sí sus dones de verdor y copiosos frutos. La hierba de sus orillas es de un verde más fresco; los árboles son más frondosos y las flores más abundantes. Mientras la tierra se desnuda y se obscurece bajo
el calor que la afecta durante el verano, el curso del río es una raya de verdor en el panorama.
Así también sucede con el verdadero hijo de Dios. La religión de Cristo se revela como principio vivificante, como una energía espiritual viva y activa que lo compenetra todo. Cuando el corazón se abre a la influencia celestial de la verdad y del amor, estos principios vuelven a fluir como arroyos en el desierto, y hacen fructificar lo que antes parecía árido y sin vida.
Mientras los que han sido purificados y santificados por un conocimiento de la verdad bíblica se dediquen cordialmente a la obra de salvar almas, llegarán a ser un sabor de vida para vida. Y mientras beban diariamente de la fuente inagotable de la gracia y el conocimiento, encontrarán que su propio corazón llega a rebosar del Espíritu de su Maestro, y que por su abnegado ministerio muchos son beneficiados física, mental y espiritualmente. Los cansados quedan refrigerados, los enfermos recobran la salud, y encuentran alivio los que estaban cargados de pecado. Aun en países lejanos brotan palabras de agradecimiento de los labios de aquellos cuyos corazones fueron desviados del servicio del pecado a la justicia.
“Dad, y se os dará” (Lucas 6:38); porque la Palabra de Dios es “fuente de huertos, pozo de aguas vivas, que corren del Líbano.” Cantares 4:15.
Profetas y Reyes · Ellen G. White