Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 188-189

traía, ni el derecho que tenía a la hospitalidad y a su amor fraternal, aplacó la amargura de su odio. El ver su vestido, señal del cariño de su padre, los puso frenéticos. “Ahí viene el soñador”, exclamaron, burlándose de él. En ese momento fueron dominados por la envidia y la venganza que habían fomentado secretamente durante tanto tiempo. Y dijeron: “Ahora pues, venid, matémoslo y echémoslo en una cisterna, y diremos: “Alguna mala bestia lo devoró”. Veremos entonces qué será de sus sueños”.

Si no hubiera sido por Rubén, habrían cumplido su intento. Este retrocedió ante la idea de participar en el asesinato de su hermano, y propuso arrojarlo vivo a una cisterna y dejarlo allí para que muriera, con la secreta intención de librarlo y devolverlo a su padre. Después de haber persuadido a todos a que asintieran a su plan, Rubén se alejó del grupo, temiendo no poder dominar sus sentimientos, y descubrir su verdadera intención.

José se aproximó sin sospechar el peligro, contento de haberlos hallado; pero en vez del esperado saludo, fue objeto de miradas iracundas y vengadoras que lo aterraron. Lo amarraron y le quitaron sus vestiduras. Los vituperios y las amenazas revelaban una intención funesta. No atendieron a sus súplicas. Se encontró a merced del poder de aquellos hombres encolerizados. Lo condujeron con brutalidad a una cisterna profunda, y lo echaron adentro; y después de haberse asegurado de que no podría escapar, lo dejaron allí para que muriera de hambre, mientras que ellos “se sentaron a comer pan”.

Pero algunos de ellos estaban inquietos; no sentían la satisfacción que habían esperado de su venganza. Pronto vieron acercarse una compañía de viajeros. Eran ismaelitas procedentes del otro lado del Jordán, que con especias y otras mercancías se dirigían a Egipto. Entonces Judá propuso vender a su hermano a estos mercaderes paganos, en vez de dejarlo allí para que muriera. Al obrar así, lo apartarían de su camino, y no se mancharían con su sangre; pues, dijo Judá: “Es nuestro hermano, nuestra propia carne”. Todos estuvieron de acuerdo con este propósito y sacaron pronto a José de la cisterna.

Cuando vió a los mercaderes, José comprendió la terrible verdad. Llegar a ser esclavo era una suerte más temible que la misma muerte. En la agonía de su terror imploró a uno y a otro de sus hermanos, pero en vano. Algunos de ellos fueron conmovidos, pero el temor al ridículo los mantuvo callados. Todos tuvieron la impresión de que habían ido demasiado lejos para retroceder. Si perdonaban

a José, este los acusaría sin duda ante su padre, quien no pasaría por alto la crueldad cometida contra su hijo favorito. Endureciendo sus corazones a las súplicas de José, lo entregaron en manos de los mercaderes paganos. La caravana continuó su camino y pronto se perdió de vista.

Rubén volvió a la cisterna, pero José no estaba allí. Alarmado y acusándose a sí mismo, desgarró sus vestidos y buscó a sus hermanos, exclamando: “El joven no parece; y yo, ¿adónde iré yo?” Cuando supo la suerte de José, y que ya era imposible rescatarlo, Rubén se vio obligado a unirse con los demás en un intento por ocultar su culpa. Después de matar un cabrito, tiñeron con su sangre la ropa de José, y la llevaron a su padre, diciéndole que la habían encontrado en el campo, y que temían que fuera la de su hermano. “Reconoce ahora -dijeron- si es o no la ropa de tu hijo”.

Con temor habían esperado esta escena, pero no estaban preparados para la angustia desgarradora, ni para el completo abandono al dolor que tuvieron que presenciar. “Es la túnica de mi hijo; alguna mala bestia lo devoró; José ha sido despedazado”. Sus hijos trataron inútilmente de consolarlo. Entonces Jacob rasgó sus vestidos, se puso ropa áspera sobre su cintura y guardó luto por su hijo durante muchos días. El tiempo no parecía aliviar su dolor. “¡Descenderé enlutado junto a mi hijo hasta el seol!”, era su grito desesperado.

Los jóvenes estaban aterrados por lo que habían hecho; y sin embargo, espantados por los reproches que les haría su padre, seguían ocultando en sus propios corazones el conocimiento de su culpa, que aun a ellos mismos les parecía enorme.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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