Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 169-172

principal sufría la pérdida, y los servidores a quienes estaba confiada la vigilancia del ganado tenían que darle cuenta minuciosa, si este no se encontraba en estado lozano.

La vida de aplicación y cuidado del pastor, y su tierna compasión hacia las criaturas desvalidas confiadas a su cuidado, han servido a los escritores inspirados para ilustrar algunas de las verdades más preciosas del evangelio. Se compara a Cristo, en su relación con su pueblo, con un pastor. Después de la caída del hombre vio a sus ovejas condenadas a perecer en las sendas tenebrosas del pecado. Para salvar a estas descarriadas, dejó los honores y la gloria de la casa de su Padre. Dice: “Yo buscaré a la perdida y haré volver al redil a la descarriada, vendaré la perniquebrada y fortaleceré a la débil”. “Yo salvaré a mis ovejas y nunca más serán objeto de rapiña”; “ni las fieras del país las devorarán”. Se oye su voz que las llama a su redil: “Y habrá un resguardo de sombra contra el calor del día, y un refugio y escondedero contra la tempestad y el aguacero”. Su cuidado por el rebaño es incansable. Fortalece a las ovejas débiles, libra a las que padecen, reune los corderos en sus brazos, y los lleva en su seno. Sus ovejas lo aman. “Pero al extraño no seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”. Ezequiel 34:16, 22, 28; Isaías 4:6; Juan 10:5.

Cristo dice: “El buen pastor su vida da por las ovejas. Pero el asalariado, que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa. Así que el asalariado huye porque es asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas, y las mías me conocen”. Juan 10:11-14.

Cristo, el pastor principal, ha confiado el rebaño a sus ministros como subpastores; y los manda a tener el mismo interés que él manifestó, y que sientan la misma santa responsabilidad por el cargo que les ha confiado. Les ha mandado solemnemente ser fieles, apacentar el rebaño, fortalecer a los débiles, animar a los que desfallecen y protegerlos de los lobos rapaces.

Para salvar a sus ovejas, Cristo entregó su propia vida; y señala el amor que así demostró como ejemplo para sus pastores. “Pero el asalariado, que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas”, no tiene verdadero interés por el rebaño. Trabaja solamente por la ganancia, y no cuida más que de sí mismo. Calcula su propia ventaja, en vez de atender los intereses de los que le han sido confiados; y en tiempos de peligro huye y abandona al rebaño.

El apóstol Pedro amonesta a los subpastores: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey”. Y Pablo dice: “Por tanto, mirad por vosotros y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre, porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño”. 1 Pedro 5:2, 3; Hechos 20:28, 29.

Todos los que consideran como un deber desagradable el cuidado y las obligaciones que recaen sobre el fiel pastor, son reprendidos así por el apóstol: “No por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto”. El jefe de los pastores despediría de buena gana a todos estos siervos infieles. La iglesia de Cristo ha sido comprada con su sangre, y todo pastor debe darse cuenta de que las ovejas que están bajo su vigilancia han costado un sacrificio infinito. Debe considerar a cada una de ellas como un ser de valor inestimable, y debe ser incansable en sus esfuerzos por mantenerlas en un estado sano y próspero. El pastor lleno del Espíritu de Cristo imitará su ejemplo de abnegación, trabajando constantemente en favor de los que le fueran confiados, y el rebaño prosperará bajo su cuidado.

Todos tendrán que dar estricta cuenta de su ministerio. El Maestro preguntará a cada pastor: “¿Dónde está el rebaño que te fue dado, tu hermosa grey?” Jeremías 13:20. El que sea hallado fiel recibirá un rico galardón. “Y cuando apareciere el Príncipe de los pastores -dice el apóstol-, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria”. 1 Pedro 5:4.

Cuando Jacob, cansado de servir a Labán, se propuso volver a Canaán, dijo a su suegro: “Déjame ir a mi lugar, a mi tierra. Dame a mis mujeres y mis hijos, por las cuales he servido contigo, y déjame ir; pues tú sabes los servicios que te he prestado”. Pero Labán lo instó para que se quedara, declarándole: “He experimentado que Jehová me ha bendecido por tu causa”. Veía que su hacienda aumentaba bajo la administración de su yerno.

Entonces dijo Jacob: “Poco tenías antes de mi venida, y ha crecido en gran número”. Pero a medida que el tiempo pasaba, Labán comenzó a envidiar la mayor prosperidad de Jacob, quien prosperó mucho, “y tuvo muchas ovejas, siervas y siervos, y camellos y asnos”. Génesis 30:25-27, 30, 43.

Los hijos de Labán participaban de los celos de su padre, y sus palabras maliciosas llegaron a oídos de Jacob: “Jacob ha tomado todo lo que era de nuestro padre, y de lo que era de nuestro padre ha adquirido toda esta riqueza. Miraba también Jacob el semblante de Labán, y veía que no era para con él como había sido antes”. Véase Génesis 31.

Jacob habría dejado a su astuto pariente mucho antes, si no hubiera tenido el encuentro con Esaú. Ahora comprendió que estaba en peligro frente a los hijos de Labán, quienes, considerando suya la riqueza de Jacob, tratarían tal vez de obtenerla por la fuerza. Se encontraba en gran perplejidad y aflicción, sin saber qué camino tomar. Pero recordando la bondadosa promesa de Bet-el, llevó su problema ante Dios y buscó su consejo. En un sueño se contestó a su oración: “Vuélvete a la tierra de tus padres, a tu parentela; que yo estaré contigo”.

La ausencia de Labán le ofreció una oportunidad para marcharse. Jacob reunió rápidamente sus rebaños y manadas, y los envió adelante. Luego atravesó el Éufrates con sus esposas y niños y siervos, a fin de apresurar su marcha hacia Galaad, en la frontera de Canaán. Tres días después, Labán se enteró de su huida, y se puso en camino para perseguir la caravana, a la cual alcanzó el séptimo día de su viaje. Estaba lleno de ira y decidido a obligarlos a volver, lo que no dudaba que podría hacer, puesto que su compañía era más fuerte. Los fugitivos estaban realmente en gran peligro.

Si Labán no realizó su intención hostil, fue porque Dios mismo se interpuso en favor de su siervo. “Poder hay en mi mano para haceros daño; pero el Dios de tu padre me habló anoche diciendo: “Cuídate de no hablarle a Jacob descomedidamente””, es decir, que no debía inducirlo a volver, ni por la fuerza ni mediante palabras lisonjeras.

Labán había retenido la dote de sus hijas, y siempre había tratado a Jacob astuta y duramente; pero con característico disimulo le reprochó ahora su partida secreta, sin haberle dado como padre siquiera la oportunidad de hacer una fiesta de despedida, ni de decir adiós a sus hijas y a sus nietos.

En respuesta a esto, Jacob expuso lisa y llanamente la conducta egoísta y envidiosa de Labán, y lo declaró testigo de su propia fidelidad y rectitud. “Si el Dios de mi padre, Dios de Abraham y Terror de Isaac, no estuviera conmigo, de cierto me enviarías ahora con las manos vacías; pero Dios ha visto mi aflicción y el trabajo de mis manos, te reprendió anoche”. Génesis 31:42.

Labán no pudo negar los hechos mencionados, y propuso un pacto de paz. Jacob aceptó la propuesta, y en señal de amistad se construyó un monumento de piedras. A este lugar Labán lo llamó Mizpa, “majano del testimonio”, diciendo: “Vigile Jehová entre tú y yo cuando nos apartemos el uno del otro”. Génesis 31:49.

“Mira este montón de piedras y esta señal que he erigido entre tú y yo. Testigo sea este montón de piedras y testigo sea esta señal, que ni yo pasaré de este montón de piedras para ir contra ti ni tú pasarás de este montón ni de esta señal para ir contra mí, para nada malo. Que el Dios del padre de nuestros padres, el Dios de Abraham y el Dios de Nacor, juzgue entre nosotros. Jacob juró por aquel a quien temía Isaac, su padre”. Génesis 31:51-53. Para confirmar el pacto, celebraron un festín. Pasaron la noche en comunión amistosa; y al amanecer, Labán y sus compañeros se marcharon. Después de esta separación se pierde la huella de toda relación entre los hijos de Abraham y los habitantes de Mesopotamia.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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