Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 166-168

de Dios. Jacob comprendía que Dios tenía sobre él derechos que estaba en el deber de reconocer, y que las señales especiales de la gracia divina que se le habían concedido, le exigían reciprocidad. Cada bendición que se nos concede demanda una respuesta hacia el Autor de todos los dones de la gracia. El cristiano ha de repasar muchas veces su vida pasada, y recordar con gratitud las preciosas obras que Dios ha realizado en su favor, sosteniéndole en la tentación, abriéndole caminos cuando todo parecía tinieblas y obstáculos, y dándole nuevas fuerzas cuando estaba por desmayar. Debe reconocer todo esto como pruebas de la protección de los ángeles celestiales. En vista de estas innumerables bendiciones debe preguntarse muchas veces con corazón humilde y agradecido: “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?” Salmos 116:12.

Nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestros bienes tienen que dedicarse en forma sagrada al que nos confió estas bendiciones. Cada vez que se realiza en nuestro favor una liberación especial, o recibimos nuevos e inesperados favores, debemos reconocer la bondad de Dios, expresando nuestra gratitud no solo en palabras, sino, como Jacob, mediante ofrendas y dones para su causa. Así como recibimos constantemente las bendiciones de Dios, también hemos de dar sin cesar.

“Y de todo lo que me des el diezmo apartaré para ti”. Nosotros que gozamos de la clara luz y de los privilegios del evangelio, ¿nos contentaremos con darle a Dios menos de lo que daban aquellos que vivieron en la dispensación anterior menos favorecida que la nuestra? De ninguna manera. A medida que aumentan las bendiciones de que gozamos, ¿no aumentan nuestras obligaciones, en forma correspondiente? Pero ¡cuán en poco las tenemos! ¡Cuán imposible es el esfuerzo de medir con reglas matemáticas lo que le debemos en tiempo, dinero y afecto, en respuesta a un amor tan inconmensurable y a una dádiva de valor tan inconcebible! ¡Los diezmos para Cristo! ¡Oh, mezquina limosna, pobre recompensa para lo que ha costado tanto! Desde la cruz del Calvario, Cristo nos pide una consagración sin reservas. Todo lo que tenemos y todo lo que somos, lo debemos dedicar a Dios.

Con nueva y duradera fe en las promesas divinas, y seguro de la presencia y la protección de los ángeles celestiales, prosiguió Jacob su jornada “a la tierra de los orientales”. Pero ¡qué diferencia entre su llegada y la del mensajero de Abraham, casi cien años antes! El servidor había venido con un séquito montado en camellos, y con ricos regalos de oro y plata; Jacob llegaba solo, con los pies lastimados, sin más

posesión que su cayado. Como el siervo de Abraham, Jacob se detuvo cerca de un pozo, y allí conoció a Raquel, la hija menor de Labán. Ahora fue Jacob quien prestó sus servicios, quitando la piedra de la boca del pozo y dando de beber al ganado. Después de haber manifestado su parentesco, fue recibido en casa de Labán. Aunque llegó sin herencia ni acompañamiento, pocas semanas bastaron para mostrar el valor de su diligencia y capacidad, y se le exhortó a quedarse. Convinieron en que serviría a Labán siete años por la mano de Raquel.

En los tiempos antiguos era costumbre que el novio, antes de confirmar el pacto matrimonial, pagara al padre de su novia, según las circunstancias, cierta suma de dinero o su valor en otros efectos. Esto se consideraba como garantía del matrimonio. No les parecía seguro a los padres confiar la felicidad de sus hijas a hombres que no habían hecho provisión para mantener una familia. Si no eran bastante frugales y enérgicos para administrar sus negocios y adquirir ganado o tierras, se temía que su vida fuera inútil. Pero se hacían arreglos para probar a los que no tenían con que pagar la dote de la esposa. Se les permitía trabajar para el padre cuya hija amaban, durante un tiempo, que variaba según la dote requerida. Cuando el pretendiente era fiel en sus servicios, y se mostraba digno también en otros aspectos, recibía a la hija por esposa, y, generalmente, la dote que el padre había recibido se la daba a ella el día de la boda. Pero tanto en el caso de Raquel como en el de Lea, el egoísta Labán se quedó con la dote que debía haberles dado a ellas; y a eso se refirieron cuando dijeron antes de marcharse de Mesopotamia: “Nos vendió y hasta se ha comido del todo lo que recibió por nosotras”. Génesis 31:15.

Esta antigua costumbre, aunque muchas veces se prestaba al abuso, como en el caso de Labán, producía buenos resultados. Cuando se pedía al pretendiente que trabajara para conseguir a su esposa, se evitaba un casamiento precipitado, y se le permitía probar la profundidad de su amor y su capacidad para mantener a su familia. En nuestro tiempo, resultan muchos males de una conducta diferente. Muchas veces ocurre que antes de casarse las personas tienen poca oportunidad de familiarizarse con sus mutuos temperamentos y costumbres; y en cuanto a la vida diaria, cuando unen sus intereses ante el altar, casi no se conocen. Muchos descubren demasiado tarde que no se adaptan el uno al otro, y el resultado de su unión es una vida miserable. Muchas veces sufren la esposa y los niños a causa de la indolencia, la incapacidad o las costumbres viciosas

del marido y padre. Si, como lo permitía la antigua costumbre, se hubiera probado el carácter del pretendiente antes del casamiento, habrían podido evitarse muchas desgracias.

Jacob trabajó fielmente siete años por Raquel, y los años durante los cuales sirvió, “le parecieron como pocos días, porque la amaba”. Génesis 29:20. Pero el egoísta y codicioso Labán, deseoso de retener tan valioso ayudante, cometió un cruel engaño al sustituir a Lea en lugar de Raquel. El hecho de que Lea misma había participado del engaño hizo sentir a Jacob que no la podía amar. Su indignado reproche fue contestado por Labán con el ofrecimiento de que trabajara por Raquel otros siete años. Pero el padre insistió en que Lea no debía ser repudiada, puesto que esto deshonraría a la familia. De este modo se encontró Jacob en una situación sumamente penosa y difícil; por fin, decidió quedarse con Lea y casarse con Raquel. Fue siempre a Raquel a quien más amó; pero su predilección por ella provocó envidia y celos, y su vida se vio amargada por la rivalidad entre las dos hermanas.

Veinte años permaneció Jacob en Mesopotamia, trabajando al servicio de Labán quien, despreciando los vínculos de parentesco, estaba ansioso de apropiarse de todas las ventajas. Exigió catorce años de trabajo por sus dos hijas; y durante el resto del tiempo cambió diez veces el salario de Jacob. Con todo, el servicio de Jacob fue eficiente y fiel. Las palabras que le dijo a Labán, en su última conversación con él, describen vivamente la vigilancia incansable con que había cuidado los intereses de su exigente amo: “Estos veinte años he estado contigo; tus ovejas y tus cabras nunca abortaron, ni yo comí carnero de tus ovejas. Nunca te traje lo arrebatado por las fieras: yo pagaba el daño; lo hurtado, así de día como de noche, a mí me lo cobrabas. De día me consumía el calor y de noche la helada, y el sueño huía de mis ojos”. Génesis 31:38-40.

Era preciso que el pastor vigilara sus ganados de día y de noche. Estaban expuestos al peligro de ladrones, y de numerosas fieras, que con frecuencia hacían estragos en el ganado que no era fielmente cuidado. Jacob tenía muchos ayudantes para apacentar los numerosos rebaños de Labán; pero él mismo era responsable de todo. Durante una parte del año era preciso que él quedara personalmente a cargo del ganado, para evitar que en la estación seca los animales murieran de sed, y que en los meses de frío se helaran con las crudas escarchas nocturnas. Jacob era el pastor jefe, y los pastores que estaban a su servicio, eran sus ayudantes. Si faltaba una oveja, el pastor

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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