Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 358
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 739-742
a los principios de la teocracia. Aun Joab protestó a pesar de que hasta entonces se había mostrado sin escrúpulos. Dijo él: “¡Que Jehová añada a su pueblo cien veces más de lo que es, rey, señor mío!; ¿acaso no son todos ellos siervos de mi señor? ¿Para qué procura mi señor esto, que traerá pecado sobre Israel? Pero la orden del rey pudo más que Joab. Salió, por tanto, Joab y recorrió todo Israel; entonces volvió a Jerusalén”.
Aun no se había terminado el censo, cuando David se convenció de su pecado. Condenándose a sí mismo, dijo: “He pecado gravemente al hacer esto; te ruego que quites la maldad de tu siervo, pues he actuado muy locamente”.
A la mañana siguiente el profeta Gad le trajo a David un mensaje: “Así ha dicho Jehová: “Escoge para ti: tres años de hambre, o tres meses de derrotas ante tus enemigos, con la espada de tus adversarios, o bien tres días durante los cuales la espada de Jehová y la peste recorran la tierra, y el ángel de Jehová haga destrucción en todos los términos de Israel”. Mira, pues, qué responderé a quien me ha enviado”.
La respuesta del rey fue: “Estoy en gran angustia. Pero es preferible caer ahora en manos de Jehová, porque sus misericordias son muchas, que caer en manos de los hombres”. 2 Samuel 24:14.
La tierra fue herida por una pestilencia, que destruyó a setenta mil personas en Israel. La pestilencia no había llegado a la capital cuando “vio al ángel de Jehová que estaba entre el cielo y la tierra, con una espada desnuda en su mano, extendida contra Jerusalén. Entonces David y los ancianos se postraron sobre sus rostros, vestidos de ropas ásperas”. El rey imploró a Dios en favor de Israel: “¿No soy yo el que hizo contar al pueblo? Yo mismo soy el que pequé, y ciertamente he hecho mal; pero estas ovejas, ¿qué han hecho? Jehová Dios mío, caiga ahora tu mano sobre mí, y sobre la casa de mi padre, pero no envíes la peste sobre tu pueblo”.
La realización del censo había causado desafecto entre el pueblo; pero este había participado de los mismos pecados que motivaron la acción de David. Así como el Señor, por medio del pecado de Absalón, trajo castigos sobre David, por medio del error de David, castigó los pecados de Israel.
El ángel exterminador se había detenido en las inmediaciones de Jerusalén. Estaba en el monte Moria, “en la era de Ornán Jebuseo”. Por indicación del profeta, David fue a la montaña, y edificó allí un altar a Jehová, “y sacrificó holocaustos y ofrendas de paz.
Entonces Jehová oyó las súplicas de la tierra y cesó la plaga en Israel”. 2 Samuel 24:25.
El sitio en que se construyó el altar, que de allí en adelante debía de considerarse como tierra santa para siempre, fue obsequiado al rey por Ornán. Pero el rey se negó a recibirlo. “No, todo quiero comprarlo por su justo precio; porque no tomaré para Jehová lo que es tuyo, ni sacrificaré holocausto que nada me cueste. Y dio David a Ornán por aquel lugar la suma de seiscientos siclos de oro”. 1 Crónicas 21:24, 25. Este sitio, ya memorable por ser el lugar donde Abraham había construído el altar para ofrecer a su hijo, y era ahora santificado por esta gran liberación, fue posteriormente escogido como el sitio donde Salomón erigió el templo.
Otra sombra aún había de oscurecer los últimos años de David. Había llegado a la edad de setenta años. Las penurias y vicisitudes de su vida errante en los días de su juventud, sus muchas guerras, los cuidados y las tribulaciones de sus años ulteriores, habían minado su vitalidad. Aunque conservaba su claridad y vigor mentales, la debilidad y la edad, con el consiguiente deseo de reclusión, le impedían comprender rápidamente lo que sucedía en el reino, y nuevamente surgió la rebelión a la sombra misma del trono. Otra vez se manifestó el fruto de la complacencia paternal de David.
El que ahora aspiraba al trono era Adonía, hombre “de hermoso parecer” en su persona y porte, pero sin principios de ninguna clase, y temerario. En su juventud se le había sometido a muy poca restricción y disciplina; pues “su padre nunca lo había reprendido diciéndole: “¿Por qué haces esto?”” Véase 1 Reyes 1. Ahora se rebeló contra la autoridad de Dios, que había designado a Salomón como sucesor de David en el trono. Tanto por sus dotes naturales como por su carácter religioso, Salomón estaba mejor capacitado que su hermano mayor para desempeñar el cargo de soberano de Israel; no obstante, aunque la elección de Dios había sido indicada claramente, Adonía no dejó de encontrar adherentes. Joab, aunque culpable de muchos crímenes, había sido hasta entonces leal al trono; pero ahora se unió a la conspiración contra Salomón, como también lo hizo Abiatar, el sacerdote.
La rebelión estaba madura; los conspiradores se habían reunido en una gran fiesta en las cercanías de la ciudad para proclamar rey a Adonía, cuando sus planes fueron frustrados por la rápida acción de unas pocas personas fieles, entre las cuales las principales eran Sadoc, el sacerdote, Natán, el profeta, y Betsabé, la madre de Salomón. Estas
personas presentaron al rey cómo iban las cosas y le recordaron la instrucción divina de que Salomón debería sucederle en el trono. David abdicó inmediatamente en favor de Salomón, quien fue en seguida ungido y proclamado rey. La conspiración fue aplastada. Sus principales actores habían incurrido en la pena de muerte. Se le perdonó la vida a Abiatar, por respeto a su cargo y a su antigua fidelidad hacia David; pero fue destituido del puesto de sumo sacerdote, que pasó al linaje de Sadoc. A Joab y Adonía se les perdonó por el momento, pero después de la muerte de David sufrieron la pena de su crimen. La ejecución de la sentencia en la persona del hijo de David completó el castigo cuádruple que atestiguaba el aborrecimiento en que Dios tenía el pecado del padre.
Desde los mismos comienzos del reinado de David, uno de sus planes favoritos había sido el de erigir un templo a Jehová. A pesar de que no se le había permitido llevar a cabo este propósito, no había dejado de manifestar celo y fervor por esa idea. Había suplido una gran abundancia de los materiales más costosos: oro, plata, piedras de ónix y de distintos colores; mármol y las maderas más preciosas. Y ahora estos tesoros de valor incalculable, reunidos por David, debían ser entregados a otros; pues otras manos que las suyas iban a construir la casa para el arca, símbolo de la presencia de Dios.
Viendo que su fin se acercaba, el rey llamó a los príncipes de Israel y a hombres representativos de todas las partes del reino, para que recibieran este legado en calidad de depositarios. Deseaba hacerles su última recomendación antes de morir y obtener su acuerdo y su apoyo en favor de esta gran obra que había de llevarse a cabo. A causa de su debilidad física, no se había contado con que él asistiera personalmente a esta entrega; pero vino sobre él la inspiración de Dios y con aun mayor medida de fervor y poder que de costumbre pudo dirigirse por última vez a su pueblo. Le expresó su deseo de construir el templo y le manifestó el mandamiento del Señor de que la obra se encomendara a Salomón, su hijo. La promesa divina era: “Salomón, tu hijo, él edificará mi Casa y mis atrios; porque a este he escogido por hijo, y yo seré para él padre. Asimismo yo confirmaré su reino para siempre, si él se esfuerza en poner por obra mis mandamientos y mis decretos, como en este día”. “Ahora, pues -dijo David-, delante de todo Israel, congregación de Jehová, y de nuestro Dios que nos escucha, guardad y observad todos los preceptos de Jehová, vuestro Dios, para que poseáis la buena tierra, y la dejéis en herencia a vuestros hijos después de vosotros perpetuamente”. Véase 1 Crónicas 28, 29.
David había aprendido por su propia experiencia cuán duro es el sendero del que se aparta de Dios. Había sentido la condenación de la ley quebrantada, y había cosechado los frutos de la transgresión; y toda su alma se conmovía de solicitud y ansia de que los jefes de Israel fueran leales a Dios y de que Salomón obedeciera la ley de Dios y evitara los pecados que habían debilitado la autoridad de su padre, amargado su vida y deshonrado a Dios. David sabía que Salomón necesitaría humildad de corazón, una confianza constante en Dios, y una vigilancia incesante para soportar las tentaciones que seguramente lo acecharían en su elevada posición; pues los personajes eminentes son el blanco especial de las saetas de Satanás. Volviéndose hacia su hijo, ya reconocido como quien debía sucederle en el trono, David le dijo: “Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo generoso; porque Jehová escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos. Si tú le buscas, lo hallarás; pero si lo dejas, él te desechará para siempre. Mira, pues, ahora, que Jehová te ha elegido para que edifiques Casa para el santuario; ¡esfuérzate, y hazla!”
David dio a Salomón instrucciones minuciosas para la construcción del templo, con modelos de cada una de las partes, y de todos los instrumentos de servicio, tal como se los había revelado la inspiración divina. Salomón era todavía joven y habría preferido rehuir las pesadas responsabilidades que le incumbirían en la construcción del templo y en el gobierno del pueblo de Dios. David dijo a su hijo: “Anímate y esfuérzate, y manos a la obra; no temas ni desmayes, porque Jehová Dios, mi Dios, estará contigo; él no te dejará ni te desamparará, hasta que acabes toda la obra para el servicio de la casa de Jehová”.
Nuevamente David se volvió a la congregación y le dijo: “Solamente a Salomón, mi hijo, ha elegido Dios; él es joven y tierno de edad, y la obra, grande; porque la Casa no es para un hombre, sino para Jehová Dios”. Y continuó diciendo: “Con todas mis fuerzas yo he preparado para la casa de mi Dios”, procedió a enumerar los materiales que había reunido. Además dijo: “Además de esto, por cuanto tengo mi afecto en la casa de mi Dios, yo guardo en mi tesoro particular oro y plata que, además de todas las cosas que he preparado para la casa del santuario, he dado para la casa de mi Dios: tres mil talentos de oro, de oro de Ofir, y siete mil talentos de plata refinada para recubrir las paredes de las casas”. Y preguntó a la congregación que había traído sus ofrendas voluntarias: ¿Quién, pues, quiere hacer hoy ofrenda voluntaria a Jehová”.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White