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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 648-651

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Capítulo 65—La magnanimidad de David

Este capítulo está basado en 1 Samuel 22:20-23; 23 a 27.

Después de la atroz matanza de los sacerdotes del Señor por Saúl, “uno de los hijos de Ahimelec hijo de Ahitob, que se llamaba Abiatar, pudo escapar, y huyó tras David. Abiatar dio aviso a David de cómo Saúl había dado muerte a los sacerdotes de Jehová. Y David le dijo: “Ya sabía yo aquel día que estando allí Doeg, el edomita, él se lo haría saber a Saúl. He ocasionado la muerte a todas las personas de la casa de tu padre. Quédate conmigo, no temas; quien busque mi vida, buscará también la tuya; pero conmigo estarás a salvo””. 1 Samuel 22:20-23.

Siempre perseguido por el rey, David no hallaba lugar de descanso ni de seguridad. En Keila su valerosa banda salvó al pueblo de ser capturado por los filisteos, pero esa banda no estaba segura ni aun entre la gente que había salvado. De Keila se fue al desierto de Zif.

Durante ese tiempo, cuando había tan pocos puntos luminosos en el sendero de David, tuvo el gozo de recibir la inesperada visita de Jonatán, quien había sabido dónde estaba refugiado. Los momentos que estos dos amigos

pasaron juntos fueron preciosos. Se relataron mutuamente las distintas cosas de su vida, y Jonatán fortaleció el corazón de David diciéndole: “No temas, pues no te hallará la mano de Saúl, mi padre; tú reinarás sobre Israel y yo seré tu segundo. Hasta mi padre Saúl lo sabe”. Véase 1 Samuel 23-27. Mientras conversaba de cuán maravillosamente Dios había obrado con David, el perseguido fugitivo fue muy alentado. “Ambos hicieron un pacto delante de Jehová; David se quedó en Hores y Jonatán se volvió a su casa”.

Después de la visita de Jonatán, David animó su alma con cantos de alabanza, acompañando su voz con el arpa mientras cantaba:

“En Jehová he confiado;
¿cómo decís a mi alma que escape al monte cual ave?,
porque los malos tienden el arco,
disponen sus saetas sobre la cuerda,
para lanzarlas en oculto a los rectos de corazón.
Si son destruidos los fundamentos,
¿qué puede hacer el justo?
Jehová está en su santo Templo;
Jehová tiene en el cielo su trono;
sus ojos observan, sus párpados
examinan a los hijos de los hombres.
Jehová prueba al justo; pero al malo
y al que ama la violencia
los repudia su alma”. Salmos 11:1-5.

Los zifitas a cuya región salvaje David había huído desde Keila, avisaron a Saúl, en Gabaa, de que sabían donde se ocultaba David, y que guiarían al rey a su retiro. Pero David, advertido de las intenciones de ellos, cambió de posición, y buscó refugio en las montañas entre Maón y el Mar Muerto.

Nuevamente se le comunicó a Saúl: “David está en el desierto de En-gadi. Tomó entonces Saúl tres mil hombres escogidos de todo Israel y salió en busca de David y de sus hombres por las cumbres de los peñascos de las cabras monteses”. David solo tenía seiscientos hombres en su compañía, en tanto que Saúl avanzaba contra él con un ejército de tres mil.

En una cueva retirada el hijo de Isaí y sus hombres esperaban la dirección de Dios acerca de lo que habían de hacer. Mientras Saúl se abría paso montaña arriba, se desvió, y entró solo en la misma

caverna donde David y su grupo estaban escondidos. Cuando los hombres de David vieron esto, le instaron a que diera muerte a Saúl. Ellos interpretaban el hecho de que el rey estaba ahora en su poder, como una evidencia segura de que Dios mismo había entregado al enemigo en sus manos, para que lo mataran. David estuvo tentado a mirar así el asunto; pero la voz de la conciencia le habló y le dijo: No toques al ungido de Jehová.

Los hombres de David aun no querían dejar a Saúl irse en paz, y le recordaron a su jefe las palabras de Dios: “Yo entrego a tu enemigo en tus manos, y harás con él como te parezca. David se levantó y, calladamente, cortó la orilla del manto de Saúl”. Pero su conciencia le remordió después, porque había dañado el manto del rey.

Saúl se levantó y salió de la cueva para continuar su búsqueda, cuando sus oídos sorprendidos oyeron una voz que le decía: “¡Mi Señor, el rey!” Se volvió para ver quién se dirigía a él, y he aquí que era el hijo de Isaí, el hombre a quien por tanto tiempo había deseado tener en su poder para matarlo. David se postró ante el rey, reconociéndolo como su señor. Dirigió luego estas palabras a Saul: “¿Por qué escuchas las palabras de los que dicen: “Mira que David procura tu mal”? Hoy han visto tus ojos cómo Jehová te ha puesto en mis manos en la cueva. Me dijeron que te matara, pero te perdoné, pues me dije: “No extenderé mi mano contra mi señor, porque es el ungido de Jehová”. Mira, padre mío, mira la orilla de tu manto en mi mano; porque yo corté la orilla de tu manto y no te maté. Reconoce, pues, que no hay mal ni traición en mis manos, ni he pecado contra ti; sin embargo, tú andas a caza de mi vida para quitármela”.

Cuando Saúl oyó las palabras de David, se humilló, y no pudo menos de admitir su veracidad. Sus sentimientos se conmovieron profundamente al darse cuenta de que había estado completamente él en el poder del hombre cuya vida buscaba. David estaba en pie ante él, consciente de su inocencia. Con ánimo enternecido, Saúl exclamó: “Más justo eres tú que yo, que me has pagado con bien, habiéndote yo pagado con mal. [...] Porque ¿quién encuentra a su enemigo y lo deja ir sano y salvo? Jehová te pague con bien lo que en este día has hecho conmigo. Ahora tengo por cierto que tú has de reinar, y que el reino de Israel se mantendrá firme y estable en tus manos”. Y David hizo un pacto con Saúl, a saber, que cuando esto sucediera, miraría con favor la casa de Saúl, y no raería su nombre.

Conociendo la conducta pasada de Saúl como la conocía, David no podía depositar ninguna confianza en las seguridades que el rey

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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