Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 314
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 652-654
le había dado, ni esperar que su arrepentimiento continuara por mucho tiempo. Así que cuando Saúl regresó a su casa, David se quedó en las fortalezas de las montañas.
La enemistad que alimentan hacia los siervos de Dios los que han cedido al poder de Satanás se trueca a veces en sentimiento de reconciliación y favor; pero este cambio no siempre resulta duradero. A veces, después que los hombres de mente corrompida se dedicaron a hacer y decir cosas inicuas contra los siervos del Señor, se arraiga en su mente la convicción de que actuaban mal. El Espíritu del Señor contiende con ellos, y humillan su corazón ante Dios y ante aquellos cuya influencia procuraron destruir, y es posible que cambien de conducta con ellos. Pero cuando vuelven a abrir las puertas a las sugestiones del maligno, reviven las antiguas dudas, la vieja enemistad se despierta, y vuelven a dedicarse a la misma obra de la cual se habían arrepentido, y que por algún tiempo abandonaron. Vuelven a entregarse a la maledicencia, acusando y condenando en forma acérrima a los mismos a quienes habían hecho la más humilde confesión. A semejantes personas Satanás puede usarlas, después que adoptaron esa conducta, con mucho más poder que antes, porque han pecado contra una luz mayor.
“Por entonces murió Samuel. Todo Israel se congregó para llorarlo y lo sepultaron en su casa, en Rama”. La nación de Israel consideró la muerte de Samuel como una pérdida irreparable. Había caído un profeta grande y bueno, y un juez eminente; y el dolor del pueblo era profundo y sincero. Desde su juventud, Samuel había caminado ante Israel con corazón íntegro. Aun cuando Saúl había sido el rey reconocido, Samuel había ejercido una influencia mucho más poderosa que él, porque tenía en su haber una vida de fidelidad, obediencia y devoción. Leemos que juzgó a Israel todos los días de su vida.
Cuando el pueblo comparaba la conducta de Saúl con la de Samuel, veía el error que había cometido al desear un rey para no ser diferente de las naciones que lo circundaban. Muchos veían con alarma las condiciones imperantes en la sociedad, la cual se impregnaba rápidamente de irreligión e iniquidad. El ejemplo de su soberano ejercía una vasta influencia, y muy bien podía Israel lamentar el hecho de que había muerto Samuel, el profeta de Jehová.
La nación había perdido al fundador y presidente de las escuelas sagradas; pero eso no era todo. Había perdido al hombre a quien el pueblo solía acudir con sus grandes aflicciones, había perdido al que constantemente intercedía ante Dios en beneficio de los mejores
intereses de su pueblo. La intercesión de Samuel le había impartido un sentimiento de seguridad, pues “la oración eficaz del justo puede mucho”. Santiago 5:16. El pueblo creyó ahora que Dios lo abandonaba. El rey no le parecía sino un poco menos que un loco. La justicia se había pervertido, y el orden se había convertido en confusión.
Dios llamó al descanso a su anciano siervo precisamente cuando la nación estaba agobiada por luchas internas, y parecía más necesario que nunca el consejo sereno y piadoso de Samuel. El pueblo se hacía amargas reflexiones cuando miraba el silencioso sepulcro del profeta y recordaba cuán insensato había sido al rechazarlo como gobernante; porque había estado tan estrechamente relacionado con el cielo, que parecía vincular a todo Israel ante el trono de Jehová. Samuel era quien les había enseñado a amar y obedecer a Dios; pero ahora que había muerto, el pueblo se veía abandonado a la merced de un rey unido a Satanás, que iba separándolo de Dios y del cielo.
David no pudo asistir al entierro de Samuel; pero lloró por él tan profunda y tiernamente como un hijo fiel habría llorado por un padre amante. Sabía que la muerte de Samuel había roto otra ligadura que refrenaba las acciones de Saúl, y se sintió menos seguro que cuando el profeta vivía. Mientras Saúl dedicaba su atención a lamentar la muerte de Samuel, David aprovechó la ocasión para buscar un sitio más seguro, y huyó al desierto de Parán. Allí fue donde compuso el salmo 120 y el salmo 121. En ese desierto desolado, sabiendo que el profeta estaba muerto y que el rey era su enemigo, cantó así:
“Mi socorro viene de Jehová,
que hizo los cielos y la tierra.
No dará tu pie al resbaladero
ni se dormirá el que te guarda.
Por cierto, no se adormecerá
ni dormirá el que guarda a Israel.
Jehová es tu guardador,
Jehová es tu sombra a tu mano derecha.
El sol no te fatigará de día ni la luna de noche.
Jehová te guardará de todo mal,
él guardará tu alma.
Jehová guardará tu salida y tu entrada
desde ahora y para siempre”. Salmos 121:2-8.
Mientras David y sus hombres estaban en el desierto de Parán, protegieron de las depredaciones de los merodeadores los rebaños y manadas de un hombre rico llamado Nabal, que tenía vastas propiedades en aquella región. Nabal era descendiente de Caleb, pero tenía un carácter brutal y mezquino.
Era la época de la esquila, tiempo de hospitalidad. David y sus hombres estaban en suma necesidad de provisiones; y en conformidad con las costumbres de aquel entonces, el hijo de Isaí envió a diez jóvenes a Nabal, para que le saludaran en nombre de su jefe y le dijeran de su parte: “Paz a ti, a tu familia, y paz a todo cuanto tienes. He sabido que tienes esquiladores. Ahora bien, tus pastores han estado con nosotros; no los tratamos mal ni les faltó nada en todo el tiempo que han estado en Carmel. Pregunta a tus criados y ellos te lo dirán. Hallen, por tanto, estos jóvenes gracia a tus ojos, porque hemos venido en buen día; te ruego que des lo que tengas a mano a tus siervos y a tu hijo David”.
David y sus hombres habían sido como una muralla protectora para los pastores y los rebaños de Nabal; y ahora a este rico se le pedía que de su abundancia aliviara en algo las necesidades de aquellos que le habían prestado tan valiosos servicios. Bien podían David y sus hombres haber tomado de los rebaños y manadas de Nabal; pero no lo hicieron. Se comportaron honradamente. Pero Nabal no reconoció la bondad de ellos. La respuesta que envió a David delataba su carácter: “¿Quién es David, quién es el hijo de Isaí? Muchos siervos hay hoy que huyen de sus señores. ¿He de tomar yo ahora mi pan, mi agua y la carne que he preparado para mis esquiladores, y darla a hombres que no sé de dónde son?” 1 Samuel 25:10, 11.
Cuando los jóvenes regresaron con las manos vacías, y relataron lo acontecido a David, este se llenó de indignación. Ordenó a sus hombres que se prepararan para un encuentro; pues había decidido castigar al hombre que le había negado su derecho, y había agregado al daño insultos. Este movimiento impulsivo estaba más en armonía con el carácter de Saúl que con el de David; pero el hijo de Isaí tenía que aprender todavía lecciones de paciencia en la escuela de la aflicción.
Después que Nabal despidió a los jóvenes de David, uno de los criados de Nabal se dirigió apresuradamente a Abigail, esposa de Nabal, y la puso al tanto de lo que había sucedido. “Mira que -dijo él- David ha enviado mensajeros del desierto para saludar a nuestro amo, y él los ha despreciado. Aquellos hombres han sido muy
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White