Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 297
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 619-621
mejor de las ovejas y de las vacas, para sacrificarlas a Jehová tu Dios; pero lo demás lo destruimos”. El pueblo había obedecido a las instrucciones de Saúl; pero este, para escudarse, quería cargar al pueblo con el pecado de su propia desobediencia.
El mensaje de que Saúl había sido rechazado infundía indecible tristeza al corazón de Samuel. Debía dárselo ante todo el ejército de Israel, cuando todos rebosaban de orgullo y regocijo triunfal por la victoria acreditada al valor y la estrategia de su rey, pues Saúl no había asociado a Dios con el éxito de Israel en este conflicto; pero cuando el profeta comprobó la evidencia de la rebelión de Saúl, se indignó al ver como había violado el mandamiento del cielo e inducido al pecado a Israel aquel que había sido tan altamente favorecido por Dios.
Samuel no fue engañado por el subterfugio del rey. Con dolor e indignación declaró: “Déjame que te anuncie lo que Jehová me ha dicho esta noche. [...] Aunque a tus propios ojos eras pequeño, ¿no has sido hecho jefe de las tribus de Israel, y Jehová te ha ungido rey sobre Israel?” Le repitió el mandamiento del Señor con respecto a Amalec, y quiso saber por qué había desobedecido el rey.
Saúl persistió en justificarse: “Al contrario, ¡he obedecido la voz de Jehová! Fui a la misión que Jehová me envió, traje a Agag, rey de Amalec, y he destruido a los amalecitas. Pero el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, lo mejor del anatema, para ofrecer sacrificios a Jehová, tu Dios, en Gilgal”.
Con palabras severas y solemnes el profeta deshizo su refugio de mentiras, y pronunció la sentencia irrevocable: “¿Acaso se complace Jehová tanto en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a las palabras de Jehová? Mejor es obedecer que sacrificar; prestar atención mejor es que la grasa de los carneros. Como pecado de adivinación es la rebelión, como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto rechazaste la palabra de Jehová, también él te ha rechazado para que no seas rey”.
Cuando el rey oyó esta temible sentencia, exclamó: “He pecado, pues he desobedecido el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos”. Aterrorizado por la denuncia del profeta, Saúl reconoció su culpa, que antes había negado tercamente; pero siguió culpando al pueblo y declarando que había pecado por temor a él.
No fue una tristeza causada por su pecado, sino más bien el temor a la pena, lo que movía al rey de Israel cuando rogó así a Samuel:
“Perdona pues ahora mi pecado, y vuelve conmigo para que adore a Jehová”. Si Saúl hubiera sentido arrepentimiento verdadero, habría confesado públicamente su pecado, pero se preocupaba principalmente de conservar su autoridad y retener la lealtad del pueblo. Deseaba ser honrado con la presencia de Samuel para fortalecer su propia influencia en la nación.
“No volveré contigo -fué la respuesta del profeta;-porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel”.
Cuando Samuel se volvió para marcharse, el rey, desesperado por el temor, trabó de su manto para detenerle, pero este se rasgó en sus manos. Declaró entonces el profeta: “Jehová ha desgarrado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú”.
Saúl estaba más perturbado porque se veía enajenado de Samuel que por el desagrado de Dios. Sabía que el pueblo confiaba más en el profeta que en él mismo. Si por orden divina se ungía ahora a otro rey, comprendía Saúl que le sería imposible mantener su autoridad. Temía que si Samuel lo abandonaba completamente se produjera una revuelta inmediata. Saúl suplicó al profeta que lo honrara ante los ancianos y el pueblo uniéndosele públicamente en un servicio religioso. Por indicación divina, Samuel accedió a la petición del rey, a fin de no dar lugar a una revuelta. Pero solo se quedó allí como testigo silencioso del servicio.
Debía cumplirse todavía un acto de justicia severo y terrible. Samuel debía vindicar públicamente el honor de Dios, y reprender la conducta de Saúl. Mandó que se trajera ante él al rey de los amalecitas. Agag era más culpable y más despiadado que todos los que habían perecido por la espada de Israel. Era hombre que había odiado al pueblo de Dios y procurado destruirlo por todos los medios a su alcance. Había ejercido la influencia más enérgica en favor de la idolatría. Vino a la orden del profeta, lisonjeándose de que el peligro de muerte había pasado. Samuel declaró: “Como tu espada dejó las mujeres sin hijos, así tu madre será sin hijo entre las mujeres. Entonces Samuel cortó en pedazos a Agag delante de Jehová”. Hecho esto, Samuel regresó a su casa en Ramá, y Saúl regresó a la suya en Gabaa, y solo una vez volvieron a encontrarse el profeta y el rey.
Cuando fue llamado al trono, Saúl tenía una opinión muy humilde de su propia capacidad, y se dejaba instruir. Le faltaban conocimientos y experiencia, y tenía graves defectos de carácter. Pero
el Señor le concedió el Espíritu Santo para guiarlo y ayudarlo, y lo colocó donde podía desarrollar las cualidades requeridas para ser soberano de Israel. Si hubiera permanecido humilde, procurando siempre ser dirigido por la sabiduría divina, habría podido desempeñar los deberes de su alto cargo con éxito y honor. Bajo la influencia de la gracia divina, toda buena cualidad habría ido ganando fuerza, mientras que las tendencias pecaminosas habrían perdido su poder.
Esta es la obra que el Señor se propone hacer en beneficio de todos los que se consagran a él. Son muchos los que él llamó a ocupar cargos en su obra porque tienen un espíritu humilde y dócil. En su providencia los coloca donde pueden aprender de él. Les revelará los defectos de carácter que tengan, y a todos los que busquen su ayuda, les dará fuerza para corregir sus errores.
Pero Saúl se vanaglorió de su ensalzamiento, y deshonró a Dios por su incredulidad y desobediencia. Aunque al ser llamado a ocupar el trono era humilde y dudaba de su capacidad, el éxito lo hizo confiar en sí mismo. La primera victoria de su reinado encendió en su corazón aquel orgullo que era su mayor peligro. El valor y la habilidad militar que manifestó en la liberación de Jabes-Galaad despertaron el entusiasmo de toda la nación. El pueblo honró a su rey, olvidándose de que no era sino el agente por medio de quien Dios había obrado; y aunque al principio Saúl dio toda la gloria a Dios, más tarde se atribuyó el honor. Perdió de vista el hecho de que dependía de Dios, y en su corazón se apartó del Señor. Así se preparó para cometer su pecado de presunción y sacrilegio en Gilgal.
La misma confianza ciega en sí mismo lo condujo a rechazar la reprensión de Samuel. Saúl reconocía que Samuel era un profeta enviado de Dios; por consiguiente, debió haber aceptado el reproche, aunque él mismo no pudiera ver que había pecado. Si se hubiera mostrado dócil para ver y confesar su error, esta amarga experiencia le habría resultado en una salvaguardia para el futuro.
Si el Señor se hubiera separado completamente de Saúl, no le habría hablado otra vez por medio de su profeta, ni le habría confiado una obra definida que hacer, para que corrigiera sus errores pasados. Cuando un profeso hijo de Dios se vuelve descuidado en el cumplimiento de la voluntad de su Padre, e induce así a otros a que sean irreverentes y desprecien los mandamientos de Dios, hay todavía una posibilidad de que sus fracasos se conviertan en victorias si tan solo acepta la reprensión con verdadera contrición de alma, y se vuelve hacia Dios con humildad y fe. La humillación de la derrota
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White