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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 616-618

Para que el monarca pudiera comprender cuán importante es acatar el mandamiento, Samuel declaró expresamente que le hablaba por orden divina, por la misma autoridad que había llamado a Saúl al trono. El profeta dijo: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: “Yo castigaré lo que Amalec hizo a Israel, cortándole el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, hiere a Amalec, destruye todo lo que tiene y no te apiades de él; mata hombres, mujeres y niños, aun los de pecho, y vacas, ovejas, camellos y asnos””. Véase 1 Samuel 15.

Los amalecitas fueron los primeros que guerrearon contra Israel en el desierto; y a causa de este pecado, juntamente con la manera en que desafiaban a Dios y se envilecieron por la idolatría, el Señor, por medio de Moisés, había pronunciado sentencia contra ellos. Por instrucción divina, quedó registrada la historia de su crueldad hacia Israel, con la orden: “Borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo; no lo olvides”. Deuteronomio 25:19. Durante cuatrocientos años se había postergado la ejecución de esta sentencia; pero los amalecitas no se habían apartado de sus pecados. El Señor sabía que esta gente impía raería, si fuera posible, su pueblo y su culto de la tierra. Ahora había llegado la hora en que debía ejecutarse la tan diferida sentencia.

La paciencia de Dios hacia los impíos envalentona a los hombres en la transgresión; pero el hecho de que su castigo se demore no lo hará menos seguro ni menos terrible. “Jehová se levantará como en el monte Perazim, como en el valle de Gabaón se enojará; para hacer su obra, su extraña obra, y para hacer su trabajo, su extraño trabajo”. Isaías 28:21.

Para nuestro Dios misericordioso, el acto del castigo es un acto extraño. “Vivo yo, dice Jehová, el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino y que viva”. Ezequiel 33:11. El Señor es “misericordioso, y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad, [...] que perdona la iniquidad, la rebelión, y el pecado”. No obstante, “de ningún modo justificará al malvado”. Éxodo 34:6, 7. Aunque no se deleita en la venganza, ejecutará su juicio contra los transgresores de su ley. Se ve forzado a ello, para salvar a los habitantes de la tierra de la depravación y la ruina total. Para salvar a algunos, debe eliminar a los que se han empedernido en el pecado. “Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable”. Nahúm 1:3. Mediante terribles actos de justicia vindicará la autoridad de su ley pisoteada. El mismo hecho de que le repugna ejecutar la justicia, atestigua la

enormidad de los pecados que exigen sus juicios, y la severidad de la retribución que espera al transgresor.

Pero aun mientras Dios ejecuta su justicia, recuerda la misericordia. Los amalecitas debían ser destruidos, pero los cineos, que moraban entre ellos, se habían de salvar. Este pueblo, aunque no estaba enteramente libre de la idolatría, adoraba a Dios, y manifestaba amistad hacia Israel. De esta tribu procedía el cuñado de Moisés, Obab, quien había acompañado a los israelitas en sus viajes por el desierto, y por su conocimiento del país les había prestado valiosos servicios.

Desde que los filisteos fueron derrotados en Micmas, Saúl había guerreado contra Moab, Amón y Edom, como también contra los amalecitas y los filisteos; y dondequiera que dirigiera sus armas, ganaba nuevas victorias. Al recibir la orden de ir contra los amalecitas, en seguida proclamó la guerra. A su autoridad de rey se agregó la del profeta, y al ser convocados para la batalla, todos los hombres de Israel acudieron a su estandarte.

Esta expedición no se había de emprender con un objeto de engrandecimiento personal; los israelitas no habían de recibir ni el honor de la conquista ni los despojos de sus enemigos. Debían emprender aquella guerra únicamente como un acto de obediencia a Dios, con el propósito de ejecutar el juicio de él contra los amalecitas. Dios quería que todas las naciones contemplaran la suerte funesta de aquel pueblo que había desafiado su soberanía, y que notaran cómo era destruido por el pueblo mismo que habían menospreciado.

“Y Saúl derrotó a los amalecitas desde Havila hasta llegar a Shur, que está al oriente de Egipto. Capturó vivo a Agag, rey de Amalec, y a todo el pueblo lo mató a filo de espada. Pero Saúl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor, de los animales engordados, de los carneros y de todo lo bueno, y no lo quisieron destruir; pero destruyeron todo lo que era vil y despreciable”. 1 Samuel 15:7-9.

La victoria contra los amalecitas fue la más brillante que Saúl jamás ganara, y sirvió para reanimar el orgullo de su corazón, que era su mayor peligro. El edicto divino que condenaba a los enemigos de Dios a la destrucción total, no fue sino parcialmente cumplido. Con la ambición de realzar el honor de su regreso triunfal con la presencia de un cautivo real, Saúl se aventuró a imitar las costumbres de las naciones vecinas, y por eso, salvó a Agag, el feroz y belicoso

rey de los amalecitas. El pueblo se reservó lo mejor de los rebaños, manadas y bestias de carga, disculpando su pecado con la excusa de que guardaba el ganado para ofrecerlo como sacrificio al Señor. Pero su objeto era usar estos animales meramente como substitutos, para economizar su propio ganado.

A Saúl se le había sometido ahora a la prueba final. Su presuntuoso desprecio de la voluntad de Dios, al revelar su resolución de gobernar como monarca independiente, demostró que no se le podía confiar el poder real como vicegerente del Señor.

Mientras Saúl y su ejército volvían a sus hogares entusiasmados por la victoria, había profunda angustia en la casa de Samuel el profeta. Este había recibido del Señor un mensaje que denunciaba el procedimiento del rey: “Me pesa haber hecho rey a Saúl, porque se ha apartado de mí y no ha cumplido mis palabras”. El profeta se afligió profundamente por la conducta del rey rebelde, y lloró y oró toda la noche pidiendo que se revocara la terrible sentencia.

El arrepentimiento de Dios no es como el del hombre. “El Vencedor de Israel no mentirá, ni se arrepentirá: porque no es hombre que se arrepienta”. El arrepentimiento del hombre implica un cambio de parecer. El arrepentimiento de Dios implica un cambio de circunstancias y relaciones. El hombre puede cambiar su relación hacia Dios al cumplir las condiciones que le devolverán el favor divino, o puede, por su propia acción, colocarse fuera de la condición favorecedora; pero el Señor es el mismo “ayer, y hoy, y por los siglos”. Hebreos 13:8. La desobediencia de Saúl cambió su relación con Dios; pero quedaron sin alteración las condiciones para ser aceptado por Dios: los requerimientos de Dios seguían siendo los mismos; pues en él “no hay mudanza, ni sombra de variación”. Santiago 1:17.

Con corazón adolorido salió el profeta la siguiente mañana al encuentro del rey descarriado. Samuel abrigaba la esperanza de que Saúl, al reflexionar, reconociera su pecado, y por el arrepentimiento y humillación, sea restaurado al favor divino. Pero cuando se ha dado el primer paso en el sendero de la transgresión, el camino se vuelve fácil. Saúl, envilecido por su desobediencia, vino al encuentro de Samuel con una mentira en los labios. Exclamó: “Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la palabra de Jehová”. 1 Samuel 15:13.

Los ruidos que oía el profeta desmentían la declaración del rey desobediente. A la pregunta directa: “¿Pues qué balido de ganados y bramido de bueyes es éste que yo oigo con mis oídos?”, contestó Saúl: “De Amalec los han traído; porque el pueblo perdonó a lo

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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