Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 240
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 489-491
Con excepción de Josué, era Caleb el hombre más anciano de Israel. Ambos habían sido entre los espías los únicos que trajeron un buen informe acerca de la tierra prometida, y animaron al pueblo a que subiera y la poseyera en nombre del Señor. Caleb le recordó ahora a Josué la promesa que se le hizo entonces como galardón por su fidelidad: “Ciertamente la tierra que pisó tu pie será para ti y para tus hijos como herencia perpetua, por cuanto te mantuviste fiel a Jehová, mi Dios”. Josué 14:9. Por consiguiente solicitó que se le diera Hebrón como posesión. Allí habían residido muchos años Abraham, Isaac y Jacob; allí, en la cueva de Macpela, habían sido sepultados. Hebrón era la capital de los temibles anaceos, cuyo aspecto formidable tanto había amedrentado a los espías y, por su medio, anonadado el valor de todo Israel. Este sitio, sobre todos los demás, era el que Caleb, confiado en el poder de Dios, eligió por heredad.
“Pues bien, Jehová me ha hecho vivir, como él dijo, estos cuarenta y cinco años, desde el tiempo que Jehová dijo estas palabras a Moisés, [...] y ahora tengo ochenta y cinco años de edad. Todavía estoy tan fuerte como el día en que Moisés me envió. Cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para combatir, para salir y para entrar. Dame, pues, ahora este monte, del cual habló Jehová aquel día. Tú mismo oíste entonces que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas. Si Jehová está conmigo, los expulsaré, como Jehová ha dicho”. Esta petición fue apoyada por los principales hombres de Judá. Como Caleb mismo era representante de su tribu, designado para colaborar en la repartición de la tierra, había preferido tener a estos hombres consigo al presentar su pedido, para que no hubiera apariencia siquiera de que se valía de su autoridad para satisfacer fines egoístas.
Lo que pedía le fue otorgado inmediatamente. A ningún otro podía confiarse con más seguridad la conquista de esa fortaleza de gigantes. “Josué entonces lo bendijo, y dio a Caleb hijo de Jefone a Hebrón como heredad [...] por cuanto se había mantenido fiel a Jehová, Dios de Israel”. Josué 14:13, 14. La fe de Caleb era en esa época la misma que tenía cuando su testimonio contradijo el informe desfavorable de los espías. Él había creído en la promesa de Dios, de que pondría su pueblo en posesión de la tierra de Canaán, y en esto había seguido fielmente al Señor. Había sobrellevado con su pueblo la larga peregrinación por el desierto, y compartido las desilusiones y las cargas de los culpables; no obstante, no se quejó de esto, sino que ensalzó la misericordia de Dios que le había guardado
en el desierto cuando sus hermanos eran eliminados. En medio de las penurias, los peligros y las plagas de las peregrinaciones en el desierto, durante los años de guerra desde que entraron en Canaán, el Señor lo había guardado, y ahora que tenía más de ochenta años su vigor no había disminuido. No pidió una tierra ya conquistada, sino el sitio que por sobre todos los demás los espías habían considerado imposible de subyugar. Con la ayuda de Dios, quería arrebatar aquella fortaleza de manos de los mismos gigantes cuyo poder había hecho tambalear la fe de Israel. Al hacer su petición no fue movido Caleb por el deseo de conseguir honores o engrandecimiento. El valiente y viejo guerrero deseaba dar al pueblo un ejemplo que honrara a Dios, y alentar a las tribus para que subyugaran completamente la tierra que sus padres habían considerado inconquistable.
Caleb obtuvo la heredad que su corazón había anhelado durante cuarenta años, y confiado en que Dios lo acompañaba, “echó de allí tres hijos de Anac”. Josué 15:14. De esta forma logró obtener una posesión para él y su casa y no por ello disminuyó su celo, ni se instaló a gozar de su heredad, sino que siguió adelante con otras conquistas para beneficio de la nación y gloria de Dios.
Los cobardes rebeldes habían perecido en el desierto; pero los espías íntegros comieron de las uvas de Escol. A cada uno se le dio de acuerdo con su fe. Los incrédulos vieron sus temores cumplirse. No obstante la promesa de Dios, habían dicho que era imposible heredar la tierra de Canaán, y no la poseyeron. Pero los que confiaron en Dios y no consideraron tanto las dificultades que se habían de encontrar como la fuerza de su Ayudador todopoderoso, entraron en la buena tierra. Por la fe fue cómo los antiguos notables “conquistaron reinos, [...] evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros”. “Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe”. Hebreos 11:33, 34; 1 Juan 5:4.
Otra reclamación tocante a la repartición de la tierra reveló un espíritu muy diferente del de Caleb. La presentaron los hijos de José, la tribu de Efraín con la media tribu de Manasés. Basándose en la superioridad de su número, estas tribus exigieron una porción doble de territorio. La que les había tocado en suerte era la más rica de la tierra e incluía la fértil llanura de Sarón; pero muchas de las ciudades principales del valle estaban aún en poder de los cananeos, y las tribus, rehuyendo el trabajo y peligro que significaba conquistar sus posesiones, deseaban una porción adicional del territorio ya
conquistado. La tribu de Efraín era una de las más grandes de Israel, y a ella pertenecía el mismo Josué. Por consiguiente sus miembros se creían con derecho a recibir una consideración especial. Dijeron a Josué: “¿Por qué me has dado como heredad una sola suerte y una sola parte, siendo nosotros un pueblo tan grande?” Josué 17:14-18. Pero no lograron que el jefe inflexible se apartara de la estricta justicia.
Su respuesta fue: “Si sois un pueblo tan grande, subid al bosque y talad para vosotros allí en la tierra de los ferezeos y de los refaítas, ya que los montes de Efraín os resultan estrechos”.
La respuesta de ellos demostró el verdadero motivo de su queja: les hacía falta fe y valor para desalojar a los cananeos. “No nos bastará a nosotros este monte -dijeron- y todos los cananeos que habitan la tierra de la llanura, tienen carros de hierro”.
El poder del Dios de Israel había sido prometido a su pueblo, y si los efraimitas hubieran tenido el valor y la fe de Caleb, ningún enemigo habría podido oponérseles. Josué encaró firmemente el deseo manifiesto de ellos de evitar los trabajos y peligros. Les dijo: “Tú eres un gran pueblo y tienes un gran poder: no tendrás una sola parte, sino que aquel monte será tuyo, pues aunque es un bosque, tú lo desmontarás y lo poseerás hasta sus límites más lejanos; porque tú arrojarás al cananeo, aunque tenga carros de hierro y aunque sea fuerte”. Así sus propios argumentos fueron esgrimidos contra ellos. Siendo ellos un gran pueblo, como alegaban serlo, tenían plena capacidad para abrirse camino, como sus hermanos. Con la ayuda de Dios, no necesitaban temer los carros herrados.
Hasta entonces, Gilgal había sido cuartel general de la nación y asiento del tabernáculo. Pero ahora el tabernáculo debía ser trasladado al sitio escogido como su lugar permanente: la pequeña ciudad de Silo, en tierra adjudicada a Efraín. Estaba situada cerca del centro del país, y era fácilmente accesible para todas las tribus. Esa parte del país había sido subyugada completamente, y por lo tanto los adoradores no serían molestados. “Toda la congregación de los hijos de Israel se reunió en Silo, donde erigieron el Tabernáculo de reunión”. Josué 18:1-10. Las tribus que aun estaban acampadas cuando se trasladó el tabernáculo de Gilgal a Silo, lo siguieron y acamparon cerca de esa ciudad hasta que se dispersaron para ocupar sus respectivas heredades.
El arca permaneció en Silo durante trescientos años, hasta que, a causa de los pecados de la casa de Elí, cayó en manos de los filisteos y Silo fue destruida totalmente. Ya no volvió a colocarse el arca en
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White