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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 484-486

que habían hecho la paz con los invasores. Bajo la dirección de Adonisedec, rey de Jerusalén, cinco de los reyes cananeos se confederaron contra Gabaón. Sus movimientos fueron rápidos. Los gabaonitas no estaban preparados para defenderse y enviaron un mensaje a Josué que estaba en Gilgal: “No niegues ayuda a tus siervos; sube rápidamente a defendernos y ayudarnos, porque todos los reyes amorreos que habitan en las montañas se han unido contra nosotros”. El peligro no solo amenazaba al pueblo de Gabaón, sino también a Israel. La ciudad dominaba los pasos que daban acceso al centro y al sur de Palestina, y había que conservarla si se quería conquistar el país.

Josué se preparó en seguida para acudir en auxilio de Gabaón. Los habitantes de la ciudad sitiada temían que a causa del fraude que habían cometido, Josué rechazara su pedido de ayuda. Pero en vista de que se habían sometido al dominio de Israel, y habían aceptado adorar a Dios, Josué se sintió obligado a protegerlos. No actuó esta vez sin consultar a Dios, y el Señor le alentó en la empresa. “No tengas temor -fue el mensaje divino-: porque yo los he entregado en tus manos, y ninguno de ellos prevalecerá delante de ti”. Así que “Josué subió desde Gilgal junto con toda la gente de guerra y con todos los hombres valientes”.

Marchando toda la noche, tuvo sus fuerzas frente a Gabaón por la mañana. Apenas habían colocado los príncipes aliados sus ejércitos alrededor de la ciudad cuando Josué cayó sobre ellos. El ataque resultó una derrota total para los sitiadores. El inmenso ejército invasor huyó ante Josué montaña arriba por el desfiladero de Bet-horón; y habiendo ganado las alturas, se precipitaron montaña abajo al otro lado. Allí estalló sobre ellos terrible tempestad de granizo. “Jehová arrojó sobre ellos desde el cielo grandes piedras. [...] Fueron más los que murieron por las piedras del granizo, que los que los hijos de Israel mataron a espada”.

Mientras los amorreos continuaban huyendo precipitadamente, procurando hallar refugio en las fortalezas de la montaña, Josué, mirando hacia abajo desde la altura, vio que el día iba a resultar corto para completar su obra. Si sus enemigos no quedaban completamente derrotados, se reunirían y reanudarían la lucha. “Entonces Josué habló a Jehová, [...] y dijo en presencia de los israelitas: “Sol, detente en Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ajalón”. Y el sol se detuvo, y la luna se paró, hasta que la gente se vengó de sus enemigos. [...] El sol se paró en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse casi un día entero”.

Antes de que anocheciera, la promesa que Dios hizo a Josué se había cumplido. Todo el ejército enemigo había sido entregado en sus manos. Israel iba a recordar durante mucho tiempo los acontecimientos de aquel día. “No hubo un día como aquel, ni antes ni después de él, en que Jehová haya obedecido a la voz de un hombre, porque Jehová peleaba por Israel”. “El sol y la luna se detienen en su lugar, a la luz de tus saetas que cruzan, al resplandor de tu refulgente lanza. Con ira pisas la tierra, con furor pisoteas las naciones. Has salido para socorrer a tu pueblo”. Habacuc 3:11-13.

El Espíritu de Dios inspiró la oración de Josué, para que se manifestara otra vez el poder del Dios de Israel. Por consiguiente, la petición no evidenciaba presunción por parte del gran caudillo. Aunque Josué había recibido la promesa de que Dios derrocaría ciertamente a los enemigos de Israel, realizó un esfuerzo tan ardoroso como si el éxito de la empresa dependiera solamente de los ejércitos de Israel. Hizo todo lo que era posible para la energía humana, y luego pidió con fe la ayuda divina. El secreto del éxito estriba en la unión del poder divino con el esfuerzo humano. Los que logran los mayores resultados son los que confían más implícitamente en el Brazo todopoderoso. El hombre que exclamó: “Sol, detente en Gabaón, y tú, Luna, en el valle de Ajalón”, es el mismo que durante muchas horas permanecía postrado en tierra, en ferviente oración, en el campamento de Gilgal. Los hombres que oran son los hombres fuertes.

Este gran milagro atestigua que toda la creación está bajo el dominio del Creador. Satanás procura impedir a los hombres que vean la intervención divina en el mundo físico y quiere ocultarles la obra incansable de la gran Causa primera. Este milagro reprende a todos los que ensalzan a la naturaleza sobre el Dios de la naturaleza.

Por su propia voluntad, Dios convoca las fuerzas de la naturaleza y les ordena que exterminen el poderío de sus enemigos; “el fuego y el granizo, la nieve y el vapor, y el viento de tempestad que ejecuta su palabra”. Salmos 148:8. Cuando los paganos amorreos se empecinaron en su oposición a los propósitos de él, Dios intervino y lanzó “desde cielo grandes piedras” sobre los enemigos de Israel. Se nos dice que durante las escenas finales de la historia de este mundo, habrá una batalla más grande aún, cuando abrirá “Jehová su armería” y sacará “las armas de su indignación”. Pregunta: “¿Has penetrado tú hasta los depósitos de la nieve? ¿Has visto los depósitos del granizo, que tengo reservados para el tiempo de angustia, para el día de la guerra y de la batalla?” Jeremías 50:25 (VM); Job 38:22, 23.

El revelador describe la destrucción que se producirá cuando salga “una gran voz del santuario del cielo, desde el trono, que decía: “¡Ya está hecho!””. Dice él: “Del cielo cayó sobre los hombres un enorme granizo como del peso de un talento”. Apocalipsis 16:17, 21.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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