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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 479-483

nuestras manos como señales y como frontales entre nuestros ojos. Si se los estudia y obedece, conducirán al pueblo de Dios, como fueron conducidos los israelitas por la columna de nube durante el día y la columna de fuego durante la noche.

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Capítulo 47—La alianza con los Gabaonitas

Este capítulo está basado en Josué 9 y 10.

De siquem los Israelitas volvieron a su campamento de Gilgal. Allí los visitó poco después una extraña embajada, que deseaba realizar un pacto con ellos. Los embajadores manifestaron que venían de tierras lejanas, cosa que parecía confirmar su apariencia. Llevaban ropas viejas y raídas; sus sandalias estaban recosidas; sus provisiones de boca estaban mohosas, y sus odres, rasgados y remendados, como si se los hubiera reparado apresuradamente durante el viaje.

En su lejana tierra, situada, según ellos, más allá de los límites de Palestina, sus conciudadanos habían oído hablar de las maravillas que Dios realizó por su pueblo, y los habían mandado a hacer alianza con Israel. A los hebreos se les había advertido especialmente que no se aliaran en manera alguna con los idólatras de Canaán, y se despertó una duda en la mente de los jefes acerca de si los extraños decían la verdad o no. “Quizás vosotros habitáis en medio de nosotros”, dijeron. A esto los embajadores solo contestaron: “Nosotros somos tus siervos”.

Véase Josué 9, 10. Pero cuando Josué les preguntó directamente: “¿Quién sois vosotros y de dónde venís?”, ellos repitieron la contestación anterior, y agregaron en prueba de su sinceridad: “Este nuestro pan lo tomamos caliente de nuestras casas para el camino el día que salimos para venir a vuestro encuentro, y ahora ya está seco y mohoso. Estos odres de vino también los llenamos nuevos, y ya están rotos. También estos nuestros vestidos y nuestros zapatos están ya viejos a causa de tanto caminar”.

Estas explicaciones prevalecieron. Los hebreos “no consultaron a Jehová. Josué hizo la paz con ellos; también celebró con ellos una alianza concediéndoles la vida y los príncipes de la congregación hicieron un juramento”. Así se concertó la alianza. Tres días después se descubrió la verdad. “Supieron que eran sus vecinos, y que habitaban en medio de ellos”. Sabiendo que les era imposible resistir a los hebreos, los gabaonitas habían recurrido a esa estratagema para conservar la vida.

Fue grande la indignación de los israelitas cuando supieron que se los había engañado. Y esta indignación aumentó cuando después de tres días de viaje, llegaron a las ciudades de los gabaonitas, cerca del centro del país. “Toda la congregación empezó a murmurar contra los príncipes”; pero estos rehusaron quebrantar la alianza que habían hecho a pesar de que fue lograda por fraude porque habían “jurado por Jehová Dios de Israel”. “Y los hijos de Israel no los mataron”. Los gabaonitas se habían comprometido solemnemente a renunciar a la idolatría, y a aceptar el culto de Jehová; y al perdonarles la vida, no se violaba el mandamiento de Dios que ordenaba la destrucción de los cananeos idólatras. De manera que por su juramento los hebreos no se habían comprometido a cometer pecado. Y aunque el juramento se había obtenido por engaño no debía ser violado. La obligación incurrida al empeñar uno su palabra, con tal que no sea para cometer un acto malo o ilícito, debe tenerse por sagrada. Ninguna consideración de ganancia material, venganza o interés personal, puede afectar la inviolabilidad de un juramento o promesa. “Los labios mentirosos son abominación a Jehová”. “Subirá al monte de Jehová” y “estará en lugar de su santidad” el que “aun jurado en perjuicio suyo, no por eso cambia”. Proverbios 12:22; Salmos 24:3; 15:4.

A los gabaonitas se les permitió vivir, pero se los destinó a prestar servicios en el santuario, a desempeñar todos los trabajos inferiores. “Aquel día Josué los destinó a ser leñadores y aguadores para

la congregación y para el altar de Jehová”. Ellos aceptaron agradecidos esta imposición, y sabiendo que eran culpables, se conformaron con comprar su vida bajo cualesquiera condiciones. “Ahora, pues, estamos en tus manos -dijeron a Josué-; lo que te parezca bueno y recto hacer de nosotros, hazlo”. Durante muchos siglos sus descendientes estuvieron vinculados con el servicio del santuario.

El territorio de los gabaonitas comprendía cuatro ciudades. El pueblo no estaba bajo la soberanía de un rey, sino que lo gobernaban ancianos o senadores. Gabaón, la más importante de sus ciudades, “era tan grande, como una de las ciudades reales”, “y todos sus hombres eran valientes”. El hecho de que el pueblo de esa ciudad recurriera a una argucia tan humillante para salvar la vida, demuestra cuánto terror inspiraban los israelitas a los habitantes de Canaán.

Pero les hubiera salido mejor a los gabaonitas si hubieran tratado honradamente con Israel. Aunque su sumisión a Jehová les permitió conservar la vida, su engaño solo les reportó deshonra y servidumbre. Dios había estatuido que todos los que renunciaran al paganismo, y se unieran con los israelitas, debían de participar de las bendiciones del pacto. Quedaban incluidos en la expresión “el extranjero que habite con vosotros”, y con pocas excepciones esta clase había de gozar iguales favores y privilegios que Israel. El mandamiento de Dios fue:

“Como a uno de vosotros trataréis al extranjero que habite entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo”. Levítico 19:33, 34. Con respecto a la pascua y al ofrecimiento de sacrificios se había ordenado: “Un mismo estatuto tendréis en la congregación para vosotros y para el extranjero que con vosotros vive, [...] igual que vosotros, así será el extranjero delante de Jehová”. Números 15:15.

Estas eran las condiciones en las cuales los gabaonitas podrían haber sido recibidos de no haber mediado el engaño al cual habían recurrido. Ser hechos leñadores y aguadores por todas las generaciones no era poca humillación para aquellos ciudadanos de una ciudad real, donde todos los hombres eran “valientes”. Pero habían adoptado el manto de la pobreza con fines de engaño, y les quedó como insignia de servidumbre perpetua. A través de todas las generaciones, esta servidumbre iba a atestiguar el aborrecimiento en que Dios tiene la mentira.

La sumisión de Gabaón a los israelitas desalentó a los reyes de Canaán. Tomaron inmediatamente medidas para vengarse de los

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

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