Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 168
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 349-351
constantemente censuraban la manera en que Moisés los dirigía, aunque sabían que, como ellos mismos, él seguía la nube orientadora. El desafecto es contagioso y pronto cundió por todo el campamento.
Nuevamente comenzaron a clamar pidiendo carne para comer. A pesar de que se les había suministrado maná en abundancia, no estaban satisfechos. Durante su esclavitud en Egipto, los israelitas se habían visto obligados a sustentarse con una alimentación común y sencilla, pero su apetito aguzado por las privaciones y el trabajo rudo la encontraba sabrosa. Pero muchos de los egipcios que estaban ahora entre ellos, estaban acostumbrados a un régimen de lujo; y estos fueron los primeros en quejarse. Cuando estaba por darles maná, un poco antes de que llegara Israel al Sinaí, Dios les concedió carne en respuesta a sus clamores; pero se la suministró por un día solamente.
Dios pudo haberles suplido carne tan fácilmente como les proporcionaba maná; pero para su propio bien se les impuso una restricción. Dios se proponía suplirles alimentos más apropiados a sus necesidades que el régimen estimulante al que muchos se habían acostumbrado en Egipto. Su apetito pervertido debía ser corregido y devuelto a una condición más saludable a fin de que pudieran hallar placer en el alimento que originalmente se proveyó para el hombre: los frutos de la tierra, que Dios dio a Adán y a Eva en el Edén. Por este motivo quedaron los israelitas en gran parte privados de alimentos de origen animal.
Satanás los tentó para que consideraran esta restricción como cruel e injusta. Los hizo codiciar las cosas prohibidas, porque sabía que la complacencia desenfrenada del apetito tendería a producir sensualidad, y por estos medios le resultaría más fácil dominarlos. El autor de las enfermedades y las miserias asaltará a los hombres donde pueda alcanzar más éxito. Mayormente por las tentaciones dirigidas al apetito, ha logrado inducir a los hombres a pecar desde la época en que indujo a Eva a comer el fruto prohibido, y por este mismo medio indujo a Israel a murmurar contra Dios. Porque favorece efectivamente a la satisfacción de las pasiones bajas, la intemperancia en el comer y en el beber prepara el camino para que los hombres menosprecien todas las obligaciones morales. Cuando la tentación los asalta, tienen muy poca fuerza de resistencia.
Dios sacó a los israelitas de Egipto para establecerlos en la tierra de Canaán, como un pueblo puro, santo y feliz. Para lograr este propósito los hizo pasar por un curso de disciplina, tanto para su propio bien como para el de su posteridad. Si hubieran querido dominar su
apetito en obediencia a las sabias restricciones de Dios, no se habría conocido debilidad ni enfermedad entre ellos; sus descendientes habrían poseído fuerza física y espiritual. Habrían tenido percepciones claras y precisas de la verdad y del deber, discernimiento agudo y sano juicio. Pero no quisieron someterse a las restricciones y a los mandamientos de Dios, y esto les impidió, en gran parte, llegar a la alta norma que él deseaba que ellos alcanzaran, y recibir las bendiciones que él estaba dispuesto a concederles.
Dice el salmista: “Pues tentaron a Dios en su corazón, pidiendo comida a su gusto. Y hablaron contra Dios, diciendo: “¿Podrá poner mesa en el desierto? Él ha herido la peña, y brotaron aguas y torrentes inundaron la tierra. ¿Podrá dar también pan? ¿Dispondrá carne para su pueblo?”. Y lo oyó Jehová y se indignó”. Salmos 78:18-21. Las murmuraciones y las asonadas habían sido frecuentes durante el trayecto del Mar Rojo al Sinaí, pero porque se compadecía de su ignorancia y su ceguera Dios no castigó el pecado de ellos con sus juicios. Pero desde entonces se les había revelado en Horeb. Habían recibido mucha luz, pues habían visto la majestad, el poder y la misericordia de Dios; y por su incredulidad y descontento incurrieron en gran culpabilidad. Además, habían pactado aceptar a Jehová como su rey y obedecer su autoridad. Sus murmuraciones eran ahora rebelión, y como tal habían de recibir el merecido castigo, si se quería preservar a Israel de la anarquía y la ruina. “Se encendió entre ellos un fuego de Jehová que consumió uno de los extremos del campamento”. Véase Números 11. Los más culpables de los quejosos quedaron muertos, fulminados por el rayo de la nube.
Aterrorizado, el pueblo suplicó a Moisés que intercediera ante el Señor en su favor. Así lo hizo, y el fuego se extinguió. En memoria de este castigo Moisés llamó aquel sitio Tabera, “Incendio”.
Pero la iniquidad empeoró pronto. En vez de llevar a los sobrevivientes a la humillación y al arrepentimiento, este temible castigo no pareció tener en ellos otro fruto que intensificar las murmuraciones. Por todas partes el pueblo se reunía a la puerta de sus tiendas, llorando y lamentándose. “La gente extranjera que se mezcló con ellos se dejó llevar por el hambre, y los hijos de Israel también volvieron a sus llantos, diciendo: “¡Quién nos diera a comer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos. ¡Ahora nuestra alma se seca, pues nada sino este maná ven nuestros ojos!””. Así manifestaron su descontento con los alimentos que su Creador les
proporcionaba. No obstante, tenían pruebas constantes de que ese alimento se adaptaba a sus necesidades; pues a pesar de las tribulaciones que soportaban, no había una sola persona enferma en todas las tribus.
El corazón de Moisés desfalleció. Había suplicado para que Israel no sea destruído, aun cuando esa destrucción habría permitido que su propia posteridad se convirtiera en una gran nación. En su amor por los hijos de Israel, había pedido que su propio nombre fuera borrado del libro de la vida antes de que se los dejara perecer. Lo había arriesgado todo por ellos, y esta era su respuesta. Lo achacaban todas las tribulaciones que pasaban, aun los sufrimientos imaginarios, y sus murmuraciones inicuas hacían doblemente pesada la carga de cuidado y responsabilidad bajo la cual vacilaba. En su angustia llegó hasta sentirse tentado a desconfiar de Dios. Su oración fue casi una queja: “¿Por qué has hecho mal a tu siervo? ¿Y por qué no he hallado gracia a tus ojos, que has puesto la carga de todo este pueblo sobre mí? [...] ¿De dónde conseguiré yo carne para dar a todo este pueblo? Porque vienen a mí llorando y diciendo: “Danos carne para comer”. No puedo yo solo soportar a todo este pueblo: es una carga demasiado pesada para mí”.
El Señor oyó su oración, y le ordenó convocar a setenta hombres de entre los ancianos de Israel, hombres no solo con muchos años, sino que poseyeran dignidad, sano juicio y experiencia. “Tráelos -dijo- a la puerta del Tabernáculo de reunión, y que esperen allí contigo. Yo descenderé y hablaré allí contigo; tomaré del espíritu que está en ti y lo pondré en ellos, para que lleven contigo la carga del pueblo y no la lleves tú solo”.
El Señor permitió a Moisés que él mismo escogiera los hombres más fieles y eficientes para que compartieran la responsabilidad con él. La influencia de ellos serviría para refrenar la violencia del pueblo y reprimir la insurrección; no obstante, graves males resultarían eventualmente del ascenso de ellos. Nunca habrían sido escogidos si Moisés hubiera manifestado una fe correspondiente a las pruebas que había presenciado del poder y de la bondad de Dios. Pero había exagerado sus propios servicios y cargas, y casi había perdido de vista el hecho de que no era sino el instrumento por medio del cual Dios había obrado. No tenía excusa por haber participado, aun en mínimo grado, del espíritu de murmuración que era la maldición de Israel. Si hubiera confiado por completo en Dios, el Señor lo habría guiado continuamente, y le habría dado fortaleza para toda emergencia.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White