Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 352-354

A Moisés se le dieron instrucciones para que preparara al pueblo para lo que Dios iba a hacer en su favor. “Santificaos para mañana y comeréis carne, porque habéis llorado a oídos de Jehová, diciendo: “¡Quién nos diera a comer carne! ¡Ciertamente mejor nos iba en Egipto!”. Jehová, pues, os dará carne, y comeréis. No comeréis un día, ni dos días, ni cinco días, ni diez días, ni veinte días, sino hasta un mes entero, hasta que os salga por las narices y la aborrezcáis, por cuanto menospreciasteis a Jehová que está en medio de vosotros, y llorasteis delante de él, diciendo: “¿Para qué salimos acá de Egipto?””.

“Entonces dijo Moisés: “Seiscientos mil de a pie es el pueblo en medio del cual yo estoy, ¡y tú dices: ‘Les daré carne, y comerán un mes entero”! ¿Se degollarán para ellos ovejas y bueyes que les basten? ¿o se juntarán para ellos todos los peces del mar para que tengan lo suficiente?”” Por su falta de confianza Dios le reprendió así: “¿Acaso se ha acortado la mano de Jehová? Ahora verá si se cumple mi palabra, o no”.

Moisés repitió al pueblo las palabras del Señor, y le anunció el nombramiento de los setenta ancianos. Las instrucciones que el gran jefe les dio a estos hombres escogidos podrían muy bien servir como modelo de integridad judicial para los jueces y legisladores de los tiempos modernos: “Oíd entre vuestros hermanos, y juzgad justamente entre el hombre y su hermano, o un extranjero. No hagáis distinción de persona en el juicio: tanto al pequeño como al grande oiréis. No tendréis temor de ninguno, porque el juicio es de Dios”. Deuteronomio 1:16, 17.

Luego Moisés hizo comparecer a los setenta ante el tabernáculo. “Entonces Jehová descendió en la nube y le habló. Luego tomó del espíritu que estaba en él, y lo puso en los setenta hombres ancianos. Y en cuanto se posó sobre ellos el espíritu, profetizaron; pero no volvieron a hacerlo”. Como los discípulos en el día de Pentecostés, fueron “investidos de poder de lo alto”. Lucas 24:49. Plugo al Señor prepararlos así para su obra, y honrarlos en presencia del pueblo, para que se estableciera confianza en ellos como hombres escogidos divinamente para participar con Moisés en el gobierno de Israel.

Una vez más se manifestó el espíritu elevado y desinteresado del gran caudillo. Dos de los setenta ancianos, teniéndose humildemente por indignos de un cargo de tanta responsabilidad, no habían concurrido con sus hermanos ante el tabernáculo; pero el Espíritu

de Dios descendió sobre ellos donde estaban, y ellos también ejercieron el don de profecía. Cuando se le informó esto a Josué, quiso poner coto a esta irregularidad, temiendo que pudiera fomentar la división. Celoso por el honor de su jefe, dijo: “Señor mío Moisés, no se lo permitas”. Pero él contestó: “¿Tienes tú celos por mí? Ojalá que todo el pueblo de Jehová fuera profeta y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos”.

Un viento fuerte, que sopló entonces de la mar, trajo bandadas de codornices, “y las dejó sobre el campamento, un día de camino de un lado y un día de camino del otro lado, alrededor del campamento, y casi dos codos sobre la superficie de la tierra”. Todo aquel día y aquella noche, y el siguiente día, el pueblo trabajó recogiendo el alimento que milagrosamente se le había provisto. Recogieron grandes cantidades de codornices. “El que menos, recogió montones”. Se conservó por desecamiento todo lo que no era necesario para el consumo del momento, de manera que la provisión, tal como Dios lo había prometido, fue suficiente para todo un mes.

Dios dio a los israelitas lo que no era beneficioso para ellos porque habían insistido en desearlo; no querían conformarse con las cosas que le serían de provecho. Sus deseos rebeldes fueron satisfechos, pero se les dejó que sufrieran las consecuencias. Comieron desenfrenadamente y sus excesos fueron rápidamente castigados. “Hirió Jehová al pueblo con una plaga muy grande”. Muchos fueron postrados por fiebres calcinantes, mientras que los más culpables de entre ellos fueron heridos apenas probaron los alimentos que habían codiciado.

En Hazerot, el siguiente sitio en donde acamparon después de salir de Tabera, una prueba aun mayor esperaba a Moisés. Aarón y María habían ocupado una posición encumbrada en la dirección de los asuntos de Israel. Ambos tenían el don de profecía, y ambos habían estado asociados divinamente con Moisés en la liberación de los hebreos. “Envié delante de ti a Moisés, a Aarón y a María” (Miqueas 6:4), declaró el Señor por medio del profeta Miqueas. En temprana edad María había revelado su fuerza de carácter, cuando siendo niña vigiló a la orilla del Nilo el cesto en que estaba escondido el niño Moisés. Su dominio propio y su tacto habían contribuido a salvar la vida del libertador del pueblo. Ricamente dotada en cuanto a la poesía y la música, María había dirigido a las mujeres de Israel en los cantos de alabanza y las danzas en las playas del Mar Rojo. Ocupaba el segundo puesto después de Moisés y Aarón en los afectos del pueblo y los honores otorgados por el cielo. Pero el mismo mal que

causó la primera discordia en el cielo, brotó en el corazón de esta mujer de Israel, y no faltó quien se uniera con ella en su desafecto.

Ni María ni Aarón fueron consultados en el nombramiento de los setenta ancianos, y esto despertó sus celos contra Moisés. Durante la visita de Jetro, mientras los israelitas iban hacia el Sinaí, la pronta aceptación por Moisés de los consejos de su suegro hizo temer a Aarón y María que la influencia que ejercía sobre el gran caudillo superara a la propia. En la organización del consejo de los ancianos, creyeron que tanto su posición como su autoridad habían sido menospreciadas. Nunca habían conocido María y Aarón la carga de cuidado y responsabilidad que había pesado sobre Moisés. No obstante, por haber sido escogidos para ayudarlo, se consideraban copartícipes con él de la responsabilidad de dirigir al pueblo, y estimaban innecesario el nombramiento de más asistentes.

Moisés comprendía la importancia de la gran obra que se le había encomendado como ningún otro hombre la comprendió jamás. Se daba cuenta de su propia debilidad e hizo a Dios su consejero, Aarón se tenía en mayor estima y confiaba menos en Dios. Había fracasado cuando se le había encomendado responsabilidad; y reveló la debilidad de su carácter por su baja condescendencia en el asunto del culto idólatra en el Sinaí. Pero María y Aarón, cegados por los celos y la ambición, perdieron esto de vista. Dios había honrado altamente a Aarón al designar su familia para los cargos sagrados del sacerdocio; sin embargo, aun esto contribuía ahora a intensificar su deseo de exaltación. “Decían: “¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros?” Véase Números 12. Creyéndose igualmente favorecidos por Dios, pensaron que tenían derecho a la misma posición y autoridad que Moisés.

Cediendo al espíritu de desafecto, María halló motivo de queja en cosas que Dios había desistido especialmente. El matrimonio de Moisés la había disgustado. El hecho de que había elegido esposa en otra nación, en vez de tomarla de entre los hebreos, ofendía a su familia y al orgullo nacional. Trataba a Séfora con un menosprecio que no disimulaba.

Aunque se la llama “mujer cusita” o “etíope”, la esposa de Moisés era de origen madianita, y por lo tanto, descendiente de Abraham. En su aspecto personal difería de los hebreos en que era un tanto más morena. Aunque no era israelita, Séfora adoraba al Dios verdadero. Era de un temperamento tímido y retraído, tierno y afectuoso, y se afligía mucho en presencia de los sufrimientos. Por ese

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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