Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 126
Este plan no está iniciado. Marca la lectura como leída para iniciarlo desde hoy.
Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 284-286
haces todo lo que yo te diga, seré enemigo de tus enemigos y afligiré a los que te aflijan”.
Durante todo el peregrinaje de Israel, Cristo, desde la columna de nube y fuego, fue su guía. Mientras tenían símbolos que señalaban al Salvador que vendría, también tenían un Salvador presente, que daba mandamientos al pueblo por medio de Moisés y que les fue presentado como el único medio de bendición.
Al descender del monte, Moisés “le contó al pueblo todas las palabras de Jehová, y todas las leyes. Y todo el pueblo respondió a una voz: “Cumpliremos todas las palabras que Jehová ha dicho””. Esta promesa, junto con las palabras del Señor que ellos se comprometían a obedecer, fueron escritas por Moisés en un libro.
Entonces se procedió a ratificar el pacto. Se construyó un altar al pie del monte, y junto a él se levantaron doce columnas “según las doce tribus de Israel”, como testimonio de que aceptaban su pacto. En seguida, jóvenes escogidos para ese servicio, presentaron sacrificios a Dios.
Después de rociar el altar con la sangre de las ofrendas, Moisés tomó “el libro de la alianza, y leyó a oídos del pueblo”. En esta forma fueron repetidas solemnemente las condiciones del pacto, y todos quedaron en libertad de decidir si querían cumplirlas o no. Antes habían prometido obedecer la voz de Dios; pero desde entonces habían oído pronunciar su ley; y se les habían detallado sus principios, para que ellos conocieran cuánto abarcaba ese pacto. Nuevamente el pueblo contestó a una voz: “Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos”. “Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, [...] roció al mismo libro, y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios ha mandado”. Hebreos 9:19, 20.
Ahora se habían de hacer los arreglos para el establecimiento completo de la nación escogida bajo la soberanía de Jehová como rey. Moisés había recibido el mandato: “Sube ante Jehová, junto con Aarón, Nadab, Abiú y setenta de los ancianos de Israel; y os inclinaréis de lejos. Pero solo Moisés se acercará a Jehová”. Mientras el pueblo oraba al pie del monte, estos hombres escogidos fueron llamados al monte. Los setenta ancianos habían de ayudar a Moisés en el gobierno de Israel, y Dios puso sobre ellos su Espíritu, y los honró con la visión de su poder y grandeza. “Y vieron al Dios de Israel. Debajo de sus pies había como un embaldosado de zafiro, semejante al
cielo cuando está sereno”. No contemplaron la Deidad, pero vieron la gloria de su presencia. Antes de esa oportunidad aquellos hombres no hubieran podido soportar semejante escena; pero la manifestación del poder de Dios los había llevado a un arrepentimiento reverente; habían contemplado su gloria, su pureza, y su misericordia, hasta que pudieron acercarse al que había sido el tema de sus meditaciones.
Moisés y “Josué su servidor” fueron llamados entonces a reunirse con Dios. Y como habían de permanecer ausentes por algún tiempo, el jefe nombró a Aarón y a Hur para que, ayudados por los ancianos, actuaran en su lugar. “Entonces Moisés subió al monte. Una nube cubrió el monte, y la gloria de Jehová reposó sobre el monte Sinaí”.
Durante seis días la nube cubrió el monte como una demostración de la presencia especial de Dios; sin embargo, no dio ninguna revelación de sí mismo ni comunicación de su voluntad. Durante ese tiempo Moisés permaneció en espera de que se lo llamara a presentarse en la cámara de la presencia del Altísimo. Se le había ordenado: “Sube a mí al monte y espera allá”. Y aunque en esto se probaban su paciencia y su obediencia, no se cansó de esperar ni abandonó su puesto. Este plazo de espera fue para él un tiempo de preparación, de íntimo examen de conciencia. Aun este favorecido siervo de Dios no podía acercarse inmediatamente a la presencia divina ni soportar la manifestación de su gloria. Hubo de emplear seis días de constante dedicación a Dios mediante el examen de su corazón, la meditación y la oración, antes de estar preparado para comunicarse directamente con su Creador.
El séptimo día, que era sábado, Moisés fue llamado a la nube. Esa espesa nube se abrió a la vista de todo Israel, y la gloria del Señor brotó como un fuego devorador. “Moisés entró en medio de la nube y subió al monte. Y estuvo Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches”. Los cuarenta días de permanencia en el monte no incluyeron los seis de preparación. Durante esos seis días, Josué había estado con Moisés, y juntos comieron maná y bebieron del “arroyo que descendía del monte”. Deuteronomio 9:21. Pero Josué no entró con Moisés en la nube; permaneció afuera, y continuó comiendo y bebiendo diariamente mientras esperaba el regreso de Moisés; pero este ayunó durante los cuarenta días completos.
Durante su estada en el monte, Moisés recibió instrucciones referentes a la construcción de un santuario en el cual la divina presencia se manifestaría de manera especial. “Me erigirán un santuario, y habitaré en medio de ellos”, fue el mandato de Dios. Por
tercera vez, fue ordenada la observancia del sábado. “Para siempre será una señal entre mí y los hijos de Israel”, declaró el Señor, “para que sepáis que yo soy Jehová que os santifico. Así que guardaréis el sábado, porque santo es para vosotros [...]. Cualquier persona que haga alguna obra en él, será eliminada de su pueblo”. Éxodo 31:17, 13, 14.
Acababan de darse instrucciones para la inmediata construcción del tabernáculo para el servicio de Dios; y era posible que el pueblo creyera que, debido a que el objeto perseguido era la gloria de Dios, y debido a la gran necesidad que tenían de un lugar para rendir culto a Dios, era justificable que trabajaran en esa construcción durante el sábado.
Para evitarles este error, se les dio la amonestación. Ni aun la santidad y urgencia de aquella obra dedicada a Dios debía llevarlos a infringir su santo día de reposo.
Desde entonces el pueblo había de ser honrado por la presencia permanente de su Rey. “Yo habitaré entre los hijos de Israel y seré su Dios”, “y el lugar será santificado con mi gloria”. Éxodo 29:45, 43.
Como símbolo de la autoridad de Dios y condensación de su voluntad, se le entregó a Moisés una copia del Decálogo, escrita por el dedo de Dios mismo en dos tablas de piedra (Deuteronomio 9:10; Éxodo 32:15, 16), que debían guardarse como algo sagrado en el santuario, el cual, una vez construído iba a ser el centro visible del culto de la nación.
De una raza de esclavos, los israelitas fueron ascendidos sobre todos los pueblos, para ser el tesoro peculiar del Rey de reyes. Dios los separó del mundo, para confiarles una responsabilidad sagrada. Los hizo depositarios de su ley, y era su propósito preservar entre los hombres el conocimiento de sí mismo por medio de ellos. De esta forma la luz del cielo iba a iluminar a todo un mundo que estaba envuelto en tinieblas, y se oiría una voz que invitaría a todos los pueblos a dejar su idolatría y servir al Dios viviente. Si eran fieles a su responsabilidad, los israelitas llegarían a ser una potencia en el mundo. Dios sería su defensa y los elevaría sobre todas las otras naciones. Su luz y su verdad serían reveladas por medio de ellos, y se destacarían bajo su santa y sabia soberanía como un ejemplo de la superioridad de su culto sobre toda forma de idolatría.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White