Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 282-283

proclamación de su ley con manifestaciones de su poder y su gloria, para que su pueblo no olvidara nunca la escena, y para que abrigara profunda veneración hacia el Autor de la ley, Creador de los cielos y de la tierra. También quería revelar a todos los hombres la santidad, la importancia y la perpetuidad de su ley.

El pueblo de Israel estaba anonadado de terror. El inmenso poder de las declaraciones de Dios parecía superior a lo que sus temblorosos corazones podían soportar. Cuando se les presentó la gran norma de la justicia divina, comprendieron como nunca antes el carácter ofensivo del pecado y de su propia culpabilidad ante los ojos de un Dios santo. Huyeron del monte con miedo y santo respeto. La multitud clamó a Moisés: “Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para no muramos”. Su caudillo respondió: “No temáis, pues Dios vino para probaros, para que su temor esté ante vosotros y no pequéis”. El pueblo, sin embargo, permaneció a la distancia, presenciando la escena con terror, mientras Moisés “se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios”.

La mente del pueblo, cegada y envilecida por la servidumbre y el paganismo, no estaba preparada para apreciar plenamente los abarcantes principios de los diez preceptos de Dios. Para que las obligaciones del Decálogo pudieran ser mejor comprendidas y ejecutadas, se añadieron otros preceptos, que ilustraban y aplicaban los principios de los Diez Mandamientos. Estas leyes se llamaron “derechos”, porque fueron trazadas con infinita sabiduría y equidad, y porque los magistrados habían de juzgar según ellas. A diferencia de los Diez Mandamientos, estos “derechos” fueron dados en privado a Moisés, quien debía de comunicarlos al pueblo.

La primera de estas leyes se refería a los siervos. En los tiempos antiguos algunas veces los criminales eran vendidos como esclavos por los jueces; en algunos casos los deudores eran vendidos por sus acreedores; y la pobreza obligaba a algunas personas a venderse a sí mismas o a sus hijos. Pero un hebreo no se podía vender como esclavo por toda la vida. El término de su servicio se limitaba a seis años; en el séptimo año había de ser puesto en libertad. El robo de hombres, el homicidio intencional y la rebelión contra la autoridad de los padres, debían de castigarse con la muerte. Era permitido tener esclavos de origen no israelita, pero la vida y las personas de ellos se protegían con todo rigor. El asesino de un esclavo debía ser castigado; y cuando el esclavo sufría algún perjuicio a manos de su amo, aunque no fuera más que la pérdida de un diente, tenía derecho a la libertad.

Los israelitas mismos habían sido siervos poco antes, y ahora que iban a tener siervos, debían guardarse de dar rienda suelta al espíritu de crueldad que los había hecho sufrir a ellos bajo sus amos egipcios. El recuerdo de su amarga servidumbre debía capacitarlos para comprender la situación del siervo, para ser bondadosos y compasivos, y tratar a los otros como ellos quisieran ser tratados.

Los derechos de las viudas y los huérfanos se salvaguardaban en forma especial y se recomendaba una tierna consideración hacia ellos por su condición desamparada. “Si tú llegas a afligirlos, y ellos claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor, mi furor se encenderá y os mataré a espada; vuestras mujeres serán viudas, y huérfanos vuestros hijos”. Los extranjeros que se unieran con Israel debían ser protegidos del agravio o la opresión. “No oprimirás al extranjero, porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto”.

Se prohibió tomar usura de los pobres. Si a un pobre se le quitaba su vestido o su frazada como prenda, se le habían de devolver al anochecer. El culpable de un robo, tenía que devolver el doble.

Se ordenó que se respetara a los jueces y a los jefes; y a los jueces se les prohibió pervertir el derecho, ayudar a una causa falsa, o aceptar sobornos. Se prohibieron la calumnia y la difamación, y se ordenó obrar con bondad, hasta para con los enemigos personales.

Nuevamente se le recordó al pueblo su sagrada obligación de observar el sábado. Se designaron fiestas anuales, en las cuales todos los hombres de la nación debían congregarse ante el Señor, y llevarle sus ofrendas de gratitud, y las primicias de la abundancia que él les diera. Fue declarado el objeto de todos estos reglamentos: no servirían meramente para ejercer una soberanía arbitraria, sino para el bien de Israel. El Señor dijo: “Me seréis hombres santos”, dignos de ser reconocidos por un Dios santo.

Estos “derechos” debían ser escritos por Moisés y junto con los Diez Mandamientos, para cuya explicación fueron dados, debían ser cuidadosamente atesorados como fundamento de la ley nacional y como condición del cumplimiento de las promesas de Dios a Israel.

Se le dio entonces el siguiente mensaje de parte de Jehová: “Yo envío mi ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te introduzca en el lugar que yo he preparado. Compórtate delante de él y oye su voz; no le seas rebelde, porque él no perdonará vuestra rebelión, pues mi nombre está en él. Pero si en verdad oyes su voz y

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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