Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 83
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Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 231-235
sostenida por un milagro directo, sino por el uso de las bendiciones puestas a nuestro alcance. Así la vida espiritual es sostenida por el uso de los medios que la Providencia ha provisto. Para que el seguidor de Cristo crezca hasta convertirse en “un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13), debe comer del pan de vida y beber del agua de la salvación. Debe velar, orar y trabajar, y prestar atención en todas las cosas a las instrucciones de Dios consignadas en su Palabra.
La experiencia de esos conversos judíos tiene todavía otra lección para nosotros. Cuando fueron bautizados por Juan, no comprendieron bien la misión de Jesús como expiador de los pecados. Seguían creyendo graves errores, pero cuando recibieron mayor conocimiento, aceptaron alegremente a Cristo como su Redentor; y al dar este paso hacia adelante, cambiaron sus obligaciones. Cuando recibieron una fe más pura, hubo un cambio correspondiente en su vida. Como señal de este cambio, y como reconocimiento de su fe en Cristo, fueron bautizados de nuevo, en el nombre de Jesús.
Según su costumbre, Pablo había comenzado su trabajo en Efeso predicando en la sinagoga de los judíos. Continuó trabajando allí por tres meses, “disputando y persuadiendo del reino de Dios.” Al principio fué recibido favorablemente; pero como en otros países, pronto fué combatido violentamente. “Algunos se endurecieron y rehusaron creer, hablando mal del Camino delante de la multitud.” (V.M.) Como persistían en rechazar el Evangelio, el apóstol dejó de predicar en la sinagoga.
El Espíritu de Dios había obrado con Pablo y por medio de él en sus labores por sus compatriotas. Se había presentado suficiente evidencia para convencer a todo aquel que deseara sinceramente conocer la verdad. Pero muchos se dejaron dominar por el prejuicio y la incredulidad, y rehusaron ceder a la evidencia más concluyente. Temiendo que la fe de los creyentes peligrase por el trato continuo de estos opositores de la verdad, Pablo se separó de ellos y reunió a los discípulos en una
entidad distinta, continuando sus instrucciones públicas en la escuela de Tirano, un maestro de cierta distinción.
Pablo vió que se estaba abriendo delante de él una “puerta grande y eficaz,” aunque eran muchos “los adversarios.” 1 Corintios 16:9. Efeso era no solamente la más magnífica, sino la más corrupta de las ciudades de Asia. La superstición y los placeres sensuales dominaban en su abundante población. Bajo la sombra de sus templos se amparaban criminales de todas las clases, y florecían las vicios más degradantes.
Efeso era un centro popular del culto de Diana. La fama del magnífico templo de “Diana de los Efesios” se extendía por toda Asia y el mundo. Su sobresaliente esplendor era el orgullo, no solamente de la ciudad, sino de la nación. El ídolo que estaba en el templo había caído del cielo, según la tradición. En él estaban escritos caracteres simbólicos, que se creía poseían gran poder. Los efesios habían escrito libros para explicar el significado y uso de estos símbolos.
Entre los que habían estudiado detenidamente estos costosos libros, había muchos magos, que ejercían una influencia poderosa sobre los supersticiosos adoradores de la imagen que estaba en el templo.
Al apóstol Pablo, en sus trabajos en Efeso, se le dieron señales especiales del favor divino. El poder de Dios acompañaba sus esfuerzos, y muchos eran sanados de enfermedades físicas. “Hacía Dios singulares maravillas por manos de Pablo: de tal manera que aun se llevaban sobre los enfermos los sudarios y los pañuelos de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los malos espíritus salían de ellos.” Estas manifestaciones de poder sobrenatural eran mayores que todas las que se habían visto alguna vez en Efeso, y eran de tal carácter que no podían ser imitadas por la habilidad de los prestidigitadores o los encantamientos de los hechiceros. Como estos milagros eran hechos en el nombre de Jesús de Nazaret, el pueblo tenía oportunidad de ver que el Dios del cielo era más poderoso que los magos que adoraban a la diosa Diana. Así exaltaba el
Señor a su siervo, aun delante de los idólatras mismos, inmensurablemente por encima del más poderoso y favorecido de los magos.
Pero Aquel a quien están sujetos todos los espíritus del mal; quien había dado a su siervo autoridad sobre ellos, había de avergonzar y derrotar aun más a aquellos que despreciaban y profanaban su santo nombre. La hechicería había sido prohibida por la ley de Moisés, bajo pena de muerte; sin embargo, de tiempo en tiempo había sido practicada secretamente por judíos apóstatas. En el tiempo de la visita de Pablo a Efeso, había en la ciudad “algunos de los Judíos, exorcistas vagabundos,” quienes, al ver las maravillosas obras hechas por él, “tentaron a invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos.” Fué hecha una prueba por “siete hijos de un tal Sceva, Judío, príncipe de los sacerdotes.” Al hallar a un hombre poseído por un demonio, le dijeron: “Os conjuro por Jesús, el que Pablo predica.” Pero “respondiendo el espíritu malo, dijo: A Jesús conozco, y sé quién es Pablo: mas vosotros ¿quiénes sois? Y el hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando en ellos, y enseñoreándose de ellos, pudo más que ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos.”
De este modo se dió una prueba inequívoca de la santidad del nombre de Cristo, y el peligro a que se expone el que lo invoque sin fe en la divinidad de la misión del Salvador. “Y cayó temor sobre todos ellos, y era ensalzado el nombre del Señor Jesús.”
Ahora se revelaron hechos antes escondidos. Al aceptar el cristianismo, algunos de los creyentes no habían renunciado completamente a sus supersticiones. Hasta cierto punto continuaban practicando la magia. Ahora, convencidos de su error, “muchos de los que habían creído, venían, confesando y dando cuenta de sus hechos.” Aun algunos de los mismos hechiceros fueron alcanzados por esta buena obra; y “muchos de los que habían practicado vanas artes, trajeron los libros, y
los quemaron delante de todos; y echada la cuenta del precio de ellos, hallaron ser cincuenta mil denarios. Así crecía poderosamente la palabra del Señor, y prevalecía.”
Al quemar estos libros de magia, los conversos efesios mostraron que ahora aborrecían las cosas en las cuales se habían deleitado una vez. Era por la magia cómo habían ofendido especialmente a Dios y puesto en peligro sus almas; y contra la magia manifestaron tal indignación. Así dieron evidencia de su verdadera conversión.
Estos tratados sobre adivinación contenían reglas y formas de comunicarse con los malos espíritus. Eran los reglamentos del culto de Satanás, instrucciones para solicitar su ayuda y obtener de él información. Reteniendo estos libros, los discípulos se hubieran expuesto a la tentación; vendiéndolos, hubieran colocado la tentación en el camino de otros. Habían renunciado al reino de las tinieblas; y para destruir su poder, no vacilaron ante ningún sacrificio. Así la verdad triunfó sobre los prejuicios de los hombres, y también sobre su amor al dinero.
Por esta manifestación del poder de Cristo, se ganó una poderosa victoria en favor del cristianismo en la misma fortaleza de la superstición. La influencia que tuvo fué más extensa de lo que aun Pablo comprendía. Desde Efeso las nuevas se extendieron ampliamente, y se dió un poderoso impulso a la causa de Cristo. Mucho después que el apóstol mismo hubo terminado su carrera, estas escenas vivían en la memoria de los hombres, y eran el medio de ganar conversos para el Evangelio.
Algunas personas alientan la creencia de que las supersticiones paganas han desaparecido ante la civilización del siglo veinte. Pero la Palabra de Dios y el duro testimonio de los hechos declaran que se práctica la hechicería en nuestro tiempo tan seguramente como en los días de los magos de la antigüedad. El antiguo sistema de la magia es, en realidad, el mismo que ahora se conoce con el nombre de espiritismo moderno. Satanás halla acceso a miles de mentes presentándose bajo el
disfraz de amigos desaparecidos. Las Sagradas Escrituras declaran que “los muertos nada saben.” Eclesiastés 9:5. Sus pensamientos, su amor, su odio, han perecido. Los muertos no se comunican con los vivos. Pero fiel a su antigua astucia, Satanás emplea este recurso a fin de apoderarse de la dirección de la mente.
Por medio del espiritismo, muchos de los enfermos, los enlutados, los curiosos, se están comunicando con los malos espíritus. Todos los que se atreven a hacer esto están en terreno peligroso. La palabra de verdad declara cómo los considera Dios. En los tiempos antiguos pronunció él severo juicio contra un rey que había enviado a pedir consejo a un oráculo pagano: “¿No hay Dios en Israel, que vosotros vais a consultar a Baalzebub dios de Ecrón? Por tanto así ha dicho Jehová: Del lecho en que subiste no descenderás, antes morirás ciertamente.” 2 Reyes 1:3, 4.
Los magos de los tiempos paganos tienen su contraparte en los médiums espiritistas, los clarividentes y los adivinos de hoy día. Las místicas voces que hablaban en Endor y en Efeso están todavía extraviando a los hijos de los hombres con sus palabras mentirosas. Si se descorriera el velo ante nuestros ojos, podríamos ver a los ángeles malignos empleando todas sus artes para engañar y destruir. Dondequiera se ejerce una influencia para inducir a los hombres a olvidar a Dios, está Satanás ejerciendo su poder hechicero. Cuando los hombres se entregan a su influencia, antes que se den cuenta la mente se confunde y el alma se contamina. El pueblo actual de Dios debería prestar atención a la amonestación del apóstol a la iglesia de Efeso: “No comuniquéis con las obras infructuosas de las tinieblas; sino antes bien redargüidlas.” Efesios 5:11.
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White