Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 82
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Lectura bíblica
Hechos 19:1-20
Hechos 19:1-20
1 Mientras Apolos estaba en Corinto, aconteció que Pablo, después de recorrer las regiones interiores, bajó a Éfeso y encontró a ciertos discípulos. 2 Entonces les dijo: --¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Ellos le contestaron: --Ni siquiera hemos oído que haya Espíritu Santo. 3 Entonces dijo: --¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos respondieron: --En el bautismo de Juan. 4 Y dijo Pablo: --Juan bautizó con el bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir después de él, es decir, en Jesús. 5 Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. 6 Y cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y ellos hablaban en lenguas y profetizaban. 7 Eran entre todos como doce hombres. 8 Durante unos tres meses, entrando en la sinagoga, Pablo predicaba con valentía discutiendo y persuadiendo acerca de las cosas del reino de Dios. 9 Pero como algunos se endurecían y rehusaban creer, hablando mal del Camino delante de la multitud, se separó de ellos y tomó a los discípulos aparte, discutiendo cada día en la escuela de Tirano. 10 Esto continuó por dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, tanto judíos como griegos, oyeron la palabra del Señor. 11 Dios hacía milagros extraordinarios por medio de las manos de Pablo; 12 de tal manera que hasta llevaban pañuelos o delantales que habían tocado su cuerpo para ponerlos sobre los enfermos, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían de ellos. 13 Pero también algunos de los judíos, exorcistas ambulantes, se pusieron a invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, diciendo: --¡Os conjuro por el Jesús que Pablo predica! 14 Eran siete hijos de un tal Esceva, un judío, principal de los sacerdotes, los que hacían esto. 15 Pero el espíritu malo respondió y les dijo: --A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois? 16 Y el hombre en quien estaba el espíritu malo se lanzó sobre ellos, los dominó a todos y prevaleció contra ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos. 17 Este acontecimiento fue conocido por todos los que habitaban en Éfeso, tanto judíos como griegos. Cayó temor sobre todos ellos, y el nombre del Señor Jesús era magnificado. 18 Muchos de los que habían creído venían confesando y reconociendo sus prácticas públicamente. 19 Asimismo, un buen número de los que habían practicado la magia trajeron sus libros y los quemaron delante de todos. Calcularon su valor y hallaron que era de 50.000 monedas de plata. 20 De esta manera crecía la palabra del Señor y prevalecía poderosamente.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 228-230
Capítulo 27—Efeso
Este capítulo está basado en Hechos 19:1-20.
Mientras Apolos predicaba en Corinto, Pablo cumplió su promesa de volver a Efeso. Había hecho una breve visita a Jerusalén, y había pasado algún tiempo en Antioquía, el escenario de sus primeras labores. Desde allí viajó a través de Asia Menor, “andando por orden la provincia de Galacia, y la Phrygia” (Hechos 18:23), visitando las iglesias que él mismo había establecido, y fortaleciendo la fe de los creyentes.
En el tiempo de los apóstoles, la porción occidental del Asia Menor se conocía como la provincia romana de Asia. Efeso, la capital, era un gran centro comercial. Su puerto estaba atestado de barcos, y en sus calles se agolpaban gentes de todos los países. Como Corinto, ofrecía un campo promisorio para el esfuerzo misionero.
Los judíos, esparcidos ampliamente ahora en todos los países civilizados, esperaban en general el advenimiento del Mesías. Cuando Juan el Bautista predicaba, muchos, en sus visitas a Jerusalén en ocasión de las fiestas anuales, habían ido a las orillas del Jordán para escucharle. Allí habían oído a Jesús proclamado como el Prometido, y habían llevado las nuevas a todas partes del mundo. Así había preparado la Providencia el terreno para las labores de los apóstoles.
Al llegar a Efeso, Pablo encontró doce hermanos, que, como Apolos, habían sido discípulos de Juan el Bautista, y como él habían adquirido cierto conocimiento de la misión de Cristo. No tenían la capacidad de Apolos, pero con la misma sinceridad y fe estaban tratando de extender el conocimiento que habían recibido.
Estos hermanos no sabían nada de la misión del Espíritu Santo. Cuando Pablo les preguntó si habían recibido el Espíritu, contestaron: “Ni aun hemos oído si hay Espíritu Santo.” “¿En qué pues sois bautizados?” preguntó Pablo, y ellos dijeron: “En el bautismo de Juan.”
Entonces el apóstol les expuso las grandes verdades que constituyen el fundamento de la esperanza del cristiano. Les habló de la vida de Cristo en esta tierra, y de su cruel muerte de ignominia. Les dijo cómo el Señor de la vida había roto las barreras de la tumba, y se había levantado triunfante de la muerte, Repitió la comisión del Salvador a sus discípulos: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto id, y doctrinad a todos los Gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.” Mateo 28:18, 19. Les habló también de la promesa de Cristo de enviar el Consolador, por cuyo poder se realizarían poderosas señales y prodigios, y describió cuán gloriosamente esta promesa se había cumplido el día de Pentecostés.
Con profundo interés, y agradecido y maravillado gozo, los hermanos escucharon las palabras de Pablo. Por la fe aceptaron la maravillosa verdad del sacrificio expiatorio de Cristo, y le recibieron como su Redentor. Fueron bautizados entonces en el nombre de Jesús; “y habiéndoles impuesto Pablo las manos,” recibieron también el bautismo del Espíritu Santo, por el cual fueron capacitados para hablar los idiomas de otras naciones, y para profetizar. Así fueron habilitados para trabajar como misioneros en Efeso y en su vecindad, y también para salir a proclamar el Evangelio en Asia Menor.
Fué abrigando un espíritu humilde y susceptible a la enseñanza cómo estos hombres adquirieron la experiencia que los habilitó para salir como obreros al campo de la mies. Su ejemplo presenta a los cristianos una lección de gran valor. Muchos hacen tan sólo poco progreso en la vida divina porque tienen demasiada suficiencia propia para ocupar la posición de alumnos. Se conforman con un conocimiento superficial de la
Palabra de Dios. No desean cambiar su fe o práctica, y por ende no hacen esfuerzos por adquirir mayor conocimiento.
Si los seguidores de Cristo buscaran con fervor la sabiduría, serían guiados a terrenos ricos de verdad, que ahora desconocen enteramente. El que se entregue plenamente a Dios, será guiado por la mano divina. Puede ser humilde y sin talentos al parecer; sin embargo, si con corazón amante y confiado obedece toda indicación de la voluntad de Dios, sus facultades se purificarán, ennoblecerán y vigorizarán, y sus capacidades aumentarán. A medida que atesore las lecciones de la sabiduría divina, se le confiará una comisión sagrada; y será capacitado para hacer de su vida un honor para Dios y una bendición para el mundo. “El principio de tus palabras alumbra; hace entender a los simples.” Salmos 119:130.
Hoy son demasiados los que ignoran tanto como los creyentes de Efeso la obra del Espíritu Santo en el corazón. Sin embargo, ninguna verdad se enseña más claramente en la Palabra de Dios. Los profetas y apóstoles se han explayado en este tema. Cristo mismo nos llama la atención al crecimiento del mundo vegetal como una ilustración de la operación de su Espíritu en el sostenimiento de la vida espiritual. La savia de la vid, ascendiendo desde la raíz, se difunde por las ramas, y provee al crecimiento y a la producción de flores y fruto. Así el poder vivificador del Espíritu Santo, que procede del Salvador, llena el alma, renueva los motivos y afectos, y pone hasta los pensamientos en obediencia a la voluntad de Dios, capacitando al que lo recibe para llevar los preciosos frutos de acciones santas.
El Autor de esta vida espiritual es invisible, y el método exacto por el cual se imparte y sostiene esta vida está más allá de la facultad explicativa de la filosofía humana. Sin embargo, las operaciones del Espíritu están siempre en armonía con la Palabra escrita. Lo que sucede en el mundo natural, pasa también en el espiritual. La vida natural es conservada momento tras momento por un poder divino; sin embargo, no es
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White