Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 84
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Lectura bíblica
Hechos 19:21-41; Hechos 20:1
Hechos 19:21-41
21 Cuando estas cosas se cumplieron, Pablo propuso en su espíritu ir a Jerusalén después de recorrer Macedonia y Acaya, diciendo: "Después que haya estado en Jerusalén, me será preciso ver también a Roma." 22 Y después de enviar a Macedonia a dos de los que le ayudaban, a Timoteo y a Erasto, él mismo se detuvo por algún tiempo en Asia. 23 En aquel entonces se produjo un alboroto no pequeño acerca del Camino. 24 Porque cierto platero, llamado Demetrio, que elaboraba en plata templecillos de Diana, y daba no poca ganancia a los artesanos, 25 reunió a éstos con los obreros de oficios semejantes y les dijo: --Hombres, sabéis que nuestra prosperidad proviene de este oficio; 26 y veis y oís que no solamente en Éfeso, sino también en casi toda Asia, este Pablo ha persuadido y apartado a mucha gente, diciendo que no son dioses los que se hacen con las manos. 27 No solamente hay el peligro de que este negocio nuestro caiga en descrédito, sino también que el templo de la gran diosa Diana sea estimado en nada, y que pronto sea despojada de su majestad aquella a quien adoran toda el Asia y el mundo. 28 Al oír estas palabras se llenaron de ira y gritaron diciendo: --¡Grande es Diana de los efesios! 29 Y la ciudad se llenó de confusión. Se lanzaron unánimes al teatro, arrebatando a Gayo y a Aristarco, macedonios y compañeros de Pablo. 30 Aunque Pablo quería salir a la multitud, los discípulos no se lo permitieron. 31 También algunas de las autoridades de Asia, que eran sus amigos, enviaron a él y le rogaron que no se presentara en el teatro. 32 Unos gritaban una cosa, y otros otra cosa; porque la concurrencia estaba confusa, y la mayor parte ni sabía por qué se había reunido. 33 Entonces algunos de entre la multitud dieron instrucciones a Alejandro, a quien los judíos habían empujado hacia adelante. Y Alejandro, pidiendo silencio con la mano, quería hacer una defensa ante el pueblo. 34 Pero reconociendo que era judío, todos volvieron a gritar a una sola voz, por casi dos horas: --¡Grande es Diana de los efesios! 35 Por fin, cuando el magistrado había apaciguado la multitud, dijo: --Hombres de Éfeso, ¿qué hombre hay que no sepa que la ciudad de Éfeso es guardiana del templo de la majestuosa Diana y de su imagen caída del cielo? 36 Ya que esto no puede ser contradicho, conviene que os apacigüéis y que no hagáis nada precipitado. 37 Pues habéis traído a estos hombres que ni han cometido sacrilegio ni han blasfemado a nuestra diosa. 38 Por tanto, si Demetrio y los artesanos que están con él tienen pleito contra alguien, se conceden audiencias y hay procónsules. ¡Que se acusen los unos a los otros! 39 Y si buscáis alguna otra cosa, será deliberado en legítima asamblea. 40 Pero hay peligro de que seamos acusados de sedición por esto de hoy, sin que tengamos ninguna causa por la cual podamos dar razón de este tumulto. 41 Y habiendo dicho esto, disolvió la concurrencia.
Hechos 20:1
1 Después de cesar el disturbio, Pablo mandó llamar a los discípulos, y habiéndoles exhortado, se despidió y salió para ir a Macedonia.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 236-237
Capítulo 28—Días de trabajo y de prueba
Este capítulo está basado en Hechos 19:21-41; 20:1.
Durante más de tres años, Efeso fué el centro de la obra de Pablo. Una iglesia floreciente se había levantado allí, y desde esa ciudad el Evangelio se había extendido por toda la provincia de Asia, tanto entre los habitantes judíos como entre los gentiles.
El apóstol había estado planeando ahora por algún tiempo otro viaje misionero. “Se propuso Pablo en espíritu partir a Jerusalem, después de andada Macedonia y Acaya, diciendo: Después que hubiere estado allá, me será menester ver también a Roma.” De acuerdo con este plan, envió “a Macedonia a dos de los que le ayudaban, Timoteo y Erasto;” pero sintiendo que la causa en Efeso demandaba todavía su presencia, decidió permanecer allí hasta después de Pentecostés. Pronto, sin embargo, se produjo un suceso que apresuró su partida.
Una vez al año se celebraban en Efeso ceremonias especiales en honor de la diosa Diana. Con este motivo, venían a la ciudad grandes multitudes de todas partes de la provincia y se efectuaban durante todo este período grandes fiestas con mucha pompa y esplendor.
Este tiempo de fiesta constituía un tiempo de prueba para aquellos que acababan de aceptar la fe. La compañía de los creyentes que se reunían en la escuela de Tirano era una nota discordante en el coro festivo, y se los hacía objeto del ridículo, el reproche y el insulto. Las labores de Pablo habían asestado al culto pagano un golpe eficaz, en consecuencia del cual se notaba un decaimiento perceptible en la asistencia a la fiesta nacional y en el entusiasmo de los adoradores. La influencia
de sus enseñanzas se extendía mucho más allá de los conversos efectivos a la fe. Muchos que no habían aceptado abiertamente las nuevas doctrinas, llegaron a iluminarse hasta tal punto que perdieron toda confianza en sus dioses paganos.
Había también otra causa de descontento. Se había convertido en un extenso y lucrativo negocio en Efeso la fabricación y venta de pequeños santuarios e imágenes, modeladas conforme al templo y la imagen de Diana. Los que se interesaban en esta industria descubrieron que sus ganancias disminuían, y todos concordaron en atribuir el desventurado cambio a las labores de Pablo.
Demetrio, un fabricante de templecitos de plata, reuniendo a los que trabajaban en ese oficio, dijo: “Varones, sabéis que de este oficio tenemos ganancia; y veis y oís que este Pablo, no solamente en Efeso, sino a muchas gentes de casi toda el Asia, ha apartado con persuasión, diciendo, que no son dioses los que se hacen con las manos. Y no solamente hay peligro de que este negocio se nos vuelva en reproche, sino también que el templo de la gran diosa Diana sea estimado en nada, y comience a ser destruída su majestad, la cual honra toda el Asia y el mundo.” Estas palabras despertaron las excitables pasiones del pueblo. “Llenáronse de ira, y dieron alarido, diciendo: ¡Grande es Diana de los Efesios!”
Rápidamente se difundió un informe de este discurso. “Y la ciudad se llenó de confusión.” Se buscó a Pablo, pero el apóstol no pudo ser hallado. Sus hermanos, siendo advertidos del peligro, le hicieron salir apresuradamente del lugar. Fueron enviados ángeles de Dios para guardar al apóstol; el tiempo en que había de morir como mártir todavía no había llegado.
Ya que no podía encontrar el objeto de su ira, la turba se apoderó de “Gayo y Aristarco, Macedonios, compañeros de Pablo,” y con éstos, “unánimes se arrojaron al teatro.”
El lugar en que Pablo había sido ocultado no estaba muy distante, y pronto se enteró él del peligro en que se hallaban sus amados hermanos. Olvidando su propia seguridad, quiso ir al
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White