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Lectura del libro

Los Hechos de los Apóstoles, páginas 159-163

cuestiones de menor importancia, no fuera que se desanimaran en seguir a Cristo.

Los conversos gentiles, sin embargo, debían abandonar las costumbres inconsecuentes con los principios del cristianismo. Los apóstoles y ancianos convinieron por lo tanto en pedir a los gentiles por carta que se abstuvieran de los alimentos ofrecidos a los ídolos, de fornicación, de lo estrangulado, y de sangre. Debía instárselos a guardar los mandamientos, y a vivir una vida santa. Debía asegurárseles también que los que habían declarado obligatoria la circuncisión no estaban autorizados por los apóstoles para hacerlo.

Pablo y Bernabé les fueron recomendados como hombres que habían expuesto sus vidas por el Señor. Judas y Silas fueron enviados con estos apóstoles para que declarasèn de viva voz a los gentiles la decisión del concilio: “Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de cosas sacrificadas a ídolos, y de sangre, y de ahogado, y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis.” Los cuatro siervos de Dios fueron enviados a Antioquía con la epístola y el mensaje que debían poner fin a toda controversia; porque eran la voz de la más alta autoridad en la tierra.

El concilio que decidió este caso estaba compuesto por los apóstoles y maestros que se habían destacado en levantar iglesias cristianas judías y gentiles, con delegados escogidos de diversos lugares. Estaban presentes los ancianos de Jerusalén y los diputados de Antioquía, y estaban representadas las iglesias de más influencia. El concilio procedió de acuerdo con los dictados de un juicio iluminado, y con la dignidad de una iglesia establecida por la voluntad divina. Como resultado de sus deliberaciones, todos vieron que Dios mismo había resuelto la cuestión en disputa concediendo a los gentiles el Espíritu Santo; y comprendieron que a ellos les correspondía seguir la dirección del Espíritu.

Todo el cuerpo de cristianos no fué llamado a votar sobre el

asunto. Los “apóstoles y ancianos,” hombres de influencia y juicio, redactaron y promulgaron el decreto, que fué luego aceptado generalmente por las iglesias cristianas. No todos, sin embargo, estaban satisfechos con la decisión; había un bando de hermanos ambiciosos y confiados en sí mismos que estaban en desacuerdo con ella. Estos hombres estaban decididos a ocuparse en la obra bajo su propia responsabilidad. Se tomaban la libertad de murmurar y hallar faltas, de proponer nuevos planes y tratar de derribar la obra de los hombres a quienes Dios había escogido para que enseñaran el mensaje evangélico. Desde el principio la iglesia ha tenido que afrontar tales obstáculos, y tendrá que hacerlo hasta el fin del siglo.

Jerusalén era la metrópoli de los judíos, y era allí donde se encontraban la intolerancia y el exclusivismo mayores. Los cristianos judíos que vivían a la vista del templo permitían, como era natural, que sus mentes se volvieran a los privilegios peculiares de los judíos como nación. Cuando vieron que la iglesia cristiana se apartaba de las ceremonias y tradiciones del judaísmo, y percibieron que la santidad peculiar con la cual las costumbres judías habían estado investidas pronto serían perdidas de vista a la luz de la nueva fe, muchos se indignaron con Pablo como el que había en gran medida causado este cambio. Aun los discípulos no estaban todos preparados para aceptar de buen grado la decisión del concilio. Algunos eran celosos por la ley ceremonial; y miraban a Pablo con desagrado, porque pensaban que sus principios respecto a las obligaciones de la ley judía eran flojos.

Las decisiones amplias y de largo alcance del concilio general produjeron confianza en las filas de los creyentes gentiles, y la causa de Dios prosperó. En Antioquía, la iglesia fué favorecida con la presencia de Judas y Silas, los mensajeros especiales que habían vuelto con los apóstoles de la reunión de Jerusalén. “Como ellos también eran profetas,” Judas y Silas “consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabra.” Estos hombres piadosos permanecieron en Antioquía

un tiempo. “Pablo y Bernabé se estaban en Antioquía enseñando la palabra del Señor y anunciando el evangelio con otros muchos.”

Cuando Pedro visitó más tarde a Antioquía, ganó la confianza de muchos por su prudente conducta hacia los conversos gentiles. Por un tiempo procedió de acuerdo con la luz procedente del cielo. Se sobrepuso a su natural prejuicio hasta el punto de sentarse a la mesa con los conversos gentiles. Pero cuando ciertos judíos celosos de la ley ceremonial vinieron de Jerusalén, Pedro cambió imprudentemente su actitud hacia los conversos del paganismo. “Y a su disimulación consentían también los otros judíos; de tal manera que aun Bernabé fué también llevado de ellos en su simulación.” Gálatas 2:13. Esta manifestación de debilidad de parte de aquellos que habían sido respetados y amados como dirigentes, hizo la más penosa impresión en la mente de los creyentes gentiles. La iglesia estaba amenazada por un cisma, pero Pablo, que vió la subversiva influencia del mal hecho a la iglesia por el doble papel desempeñado por Pedro, le reprendió abiertamente por disimular así sus verdaderos sentimientos. En presencia de la iglesia, le preguntó: “Si tú, siendo Judío, vives como los Gentiles y no como Judío, ¿por qué constriñes a los Gentiles a judaizar?” Vers. 14.

Pedro vió el error en que había caído, y se puso a reparar inmediatamente el mal que había hecho, hasta donde pudo. Dios, que conoce el fin desde el principio, permitió que Pedro revelara esta debilidad de carácter, a fin de que el probado apóstol pudiera ver que no había nada en sí mismo por lo cual pudiera enorgullecerse. Aun los mejores hombres, abandonados a sí mismos, se equivocan. Dios vió también que en lo venidero algunos se engañarían hasta el punto de atribuir a Pedro y sus presuntos sucesores las exaltadas prerrogativas que pertenecen a Dios solo. Y este informe de la debilidad del apóstol subsistiría como prueba de que no era infalible ni superior a los otros apóstoles.

La historia de este apartamiento de los buenos principios permanece como una solemne amonestación para los hombres que ocupan puestos de confianza en la causa de Dios, para que no carezcan de integridad, sino que se adhieran firmamente a los principios. Cuanto mayores son las responsabilidades colocadas sobre el agente humano, y mayores sus oportunidades para mandar y dirigir, mayor daño hará con toda seguridad si no sigue cuidadosamente el camino del Señor y trabaja de acuerdo con las decisiones del cuerpo general de los creyentes en consejo unánime.

Después de todos los fracasos de Pedro; después de su caída y restauración, su largo servicio, su íntima relación con Cristo, su conocimiento de la integridad con que el Salvador practicaba los principios correctos, después de toda la instrucción que había recibido, todos los dones, conocimiento e influencia que había obtenido predicando y enseñando la Palabra, ¿no es extraño que disimulase, y eludiese los principios del Evangelio por temor al hombre, o a fin de granjearse estima? ¿No es extraño que vacilara en su adhesión a lo recto? Dios dé a cada uno la comprensión de su impotencia, de su incapacidad para guiar debidamente su propio navío sano y salvo al puerto.

En su ministerio, Pablo se veía obligado a menudo a estar solo. Era especialmente enseñado por Dios, y no se atrevía a hacer concesiones que comprometieran los principios. A veces la carga era pesada, pero Pablo se mantenía firme de parte de lo recto. Comprendía que la iglesia no debía ser puesta nunca bajo el dominio del poder humano. Las tradiciones y máximas de los hombres no debían tomar el lugar de la verdad revelada. El avance del mensaje evangélico no debía ser estorbado por los prejuicios y las preferencias de los hombres, cualquiera fuese su posición en la iglesia.

Pablo se había consagrado con todas sus facultades al servicio de Dios. Había recibido las verdades del Evangelio directamente del cielo, y en todo su ministerio mantuvo una relación vital con los agentes celestiales. Había sido enseñado

por Dios en cuanto a la imposición de cargas innecesarias a los cristianos gentiles; así cuando los creyentes judaizantes introdujeron en la iglesia de Antioquía el asunto de la circuncisión, Pablo conocía el sentir del Espíritu de Dios concerniente a esa enseñanza, y tomó una posición firme e inflexible que libró a las iglesias de las ceremonias y los ritos judíos.

No obstante el hecho de que Pablo era enseñado personalmente por Dios, no tenía ideas exageradas de la responsabilidad personal. Aunque esperaba que Dios lo guiara directamente, estaba siempre listo a reconocer la autoridad impartida al cuerpo de creyentes unidos como iglesia. Sentía la necesidad de consejo; y cuando se levantaban asuntos de importancia, se complacía en presentarlos a la iglesia, y se unía con sus hermanos para buscar a Dios en procura de sabiduría para hacer decisiones correctas. Aun “los espíritus de los profetas—decía—sujetos están a los profetas: porque Dios no es Dios de confusión, sino de paz, como sucede en todas las iglesias de los santos.” 1 Corintios 14:32, 33 (VM). Con Pedro, enseñaba que todos los que están unidos como miembros de iglesia deben estar “sumisos unos a otros.” 1 Pedro 5:5.

Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White

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