Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 54
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Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 157-158
boca la palabra del evangelio, y creyesen.” Arguyó que el Espíritu Santo había decidido el asunto en disputa descendiendo con igual poder sobre los incircuncisos gentiles y los circuncisos judíos. Relató de nuevo su visión, en la cual Dios le había presentado un lienzo lleno de toda clase de cuadrúpedos, y le había ordenado que matara y comiese. Cuando rehusó hacerlo, afirmando que nunca había comido nada común o inmundo, se le había contestado: “Lo que Dios limpió, no lo llames tú común.” Hechos 10:15.
Pedro relató la sencilla interpretación de estas palabras, que se le dió casi inmediatamente en la intimación a ir al centurión e instruirlo en la fe de Cristo. Este mensaje probaba que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta y reconoce a todos los que le temen. Pedro refirió su asombro cuando, al hablar las palabras de verdad a esa asamblea reunida en la casa de Cornelio, fué testigo de que el Espíritu Santo tomó posesión de sus oyentes, tanto gentiles como judíos. La misma luz y gloria que se reflejó en los circuncisos judíos brilló también en los rostros de los incircuncisos gentiles. Con esto Dios advertía a Pedro que no considerase a unos inferiores a otros; porque la sangre de Cristo podía limpiar de toda inmundicia.
En una ocasión anterior, Pedro había razonado con sus hermanos concerniente a la conversión de Cornelio y sus amigos, y a su trato con ellos. Cuando relató en aquella ocasión cómo el Espíritu Santo descendió sobre los gentiles, declaró: “Así que, si Dios les dió el mismo don también como a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” Hechos 11:17. Ahora, con igual fervor y fuerza, dijo: “Dios, que conoce los corazones, les dió testimonio, dándoles el Espíritu Santo también como a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando con la fe sus corazones. Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos yugo, que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?” Este yugo no era la ley de los diez mandamientos, como aseveran algunos que se
oponen a la vigencia de la ley; Pedro se refería a la ley de las ceremonias, que fué anulada e invalidada por la crucifixión de Cristo.
El discurso de Pedro dispuso a la asamblea para escuchar con paciencia a Pablo y Bernabé, quienes relataron lo que habían experimentado al trabajar por los gentiles. “Toda la multitud calló, y oyeron a Bernabé y a Pablo, que contaban cuán grandes maravillas y señales Dios había hecho por ellos entre los Gentiles.”
Santiago también dió testimonio con decisión, declarando que era el propósito de Dios conceder a los gentiles los mismos privilegios y bendiciones que se habían otorgado a los judíos.
Plugo al Espíritu Santo no imponer la ley ceremonial a los conversos gentiles, y el sentir de los apóstoles en cuanto a este asunto era como el sentir del Espíritu de Dios. Santiago presidía el concilio, y su decisión final fué: “Yo juzgo, que los que de los Gentiles se convierten a Dios, no han de ser inquietados.”
Esto puso fin a la discusión. El caso refuta la doctrina que sostiene la iglesia católica romana, de que Pedro era la cabeza de la iglesia. Aquellos que, como papas, han pretendido ser sus sucesores, no pueden fundar sus pretensiones en las Escrituras. Nada en la vida de Pedro sanciona la pretensión de que fué elevado por encima de sus hermanos como el viceregente del Altísimo. Si aquellos que se declaran ser los sucesores de Pedro hubieran seguido su ejemplo, habrían estado siempre contentos con mantenerse iguales a sus hermanos.
En este caso, Santiago parece haber sido escogido para anunciar la decisión a la cual había llegado el concilio. Su sentencia fué que la ley ceremonial, y especialmente el rito de la circuncisión, no debía imponerse a los gentiles, ni aun recomendarse. Santiago trató de grabar en la mente de sus hermanos el hecho de que, al convertirse a Dios, los gentiles habían hecho un gran cambio en sus vidas, y que debía ejercerse mucha prudencia para no molestarlos con dudosas y confusas
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White