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Lectura del libro

Los Hechos de los Apóstoles, páginas 131-134

almas. Los apóstoles que habían sido designados para dirigir esta obra iban a exponerse a la suspicacia, los prejuicios y los celos. Sus enseñanzas concernientes al derribamiento de “la pared intermedia de separación” (Efesios 2:14), que tanto tiempo había separado al mundo judío del gentil, iba a hacerlos objeto naturalmente de la acusación de herejía; y su autoridad como ministros del Evangelio iba a ser puesta en duda por muchos celosos creyentes judíos. Dios previó las dificultades que sus siervos estarían llamados a afrontar; y a fin de que su trabajo pudiera estar por encima de toda crítica, indicó a la iglesia por revelación que se los apartara públicamente para la obra del ministerio. Su ordenación fué un reconocimiento público de su elección divina para llevar a los gentiles las alegres nuevas del Evangelio.

Tanto Pablo como Bernabé habían recibido ya su comisión de Dios mismo, y la ceremonia de la imposición de las manos no añadía ninguna gracia o cualidad virtual. Era una forma reconocida de designación para un cargo señalado, y un reconocimiento de la autoridad de uno para ese cargo. Por ella se colocaba el sello de la iglesia sobre la obra de Dios. Para los judíos, esta forma era significativa. Cuando un padre judío bendecía a sus hijos, colocaba sus manos reverentemente sobre su cabeza. Cuando se dedicaba un animal al sacrificio, uno investido de autoridad sacerdotal colocaba su mano sobre la cabeza de la víctima. Y cuando los ministros de la iglesia de Antioquía colocaron sus manos sobre Pablo y Bernabé, pidieron a Dios, por ese acto, que concediera su bendición a los apóstoles escogidos, en la devoción de éstos a la obra específica para la cual habían sido designados.

Ulteriormente, el rito de la ordenación por la imposición de las manos fué grandemente profanado; se le atribuía al acto una importancia infundada, como si sobre aquellos que recibían esa ordenación descendiera un poder que los calificaba inmediatamente para todo trabajo ministerial. Pero en el relato del apartamiento de esos dos apóstoles no hay indicación

de que ninguna virtud les fué impartida por el mero acto de imponerles las manos. Se menciona simplemente su ordenación y la relación que ésta tenía con su futura obra.

Las circunstancias relacionadas con la separación de Pablo y Bernabé por el Espíritu Santo para una clase definida de servicio, muestran claramente que el Señor obra por medio de los agentes señalados en su iglesia organizada. Años antes, cuando el Salvador mismo reveló a Pablo el propósito divino para con él, lo puso inmediatamente en relación con los miembros de la recién organizada iglesia de Damasco. Además, la iglesia de ese lugar no fué dejada mucho tiempo a obscuras respecto a la experiencia personal del fariseo convertido. Y ahora, cuando la comisión divina dada en aquel tiempo había de realizarse más plenamente, el Espíritu Santo, dando testimonio de nuevo concerniente a Pablo como vaso escogido para llevar el Evangelio a los gentiles, confió a la iglesia la obra de ordenarlo a él y a su colaborador. Mientras los dirigentes de la iglesia de Antioquía estaban “ministrando ... al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado.”

Dios ha constituído a su iglesia en la tierra en un canal de luz, y por su medio comunica sus propósitos y su voluntad. El no dará a uno de sus siervos una experiencia independiente de la iglesia y contraria a la experiencia de ella. No da a conocer a un hombre su voluntad para toda la iglesia, mientras la iglesia—el cuerpo de Cristo—sea dejada en tinieblas. En su providencia, coloca a sus siervos en estrecha relación con su iglesia, a fin de que tengan menos confianza en sí mismos y mayor confianza en otros a quienes él está guiando para hacer adelantar su obra.

Siempre ha habido en la iglesia quienes se inclinan constantemente a la independencia individual. Parecen incapaces de comprender que la independencia de espíritu puede inducir al agente humano a tener demasiada confianza en sí mismo, y a confiar en su propio juicio más bien que respetar el consejo y

estimar debidamente el juicio de sus hermanos, especialmente de aquellos que ocupan los puestos que Dios ha señalado para la dirección de su pueblo. Dios ha investido a su iglesia con especial autoridad y poder, que nadie tiene derecho de desatender y despreciar; porque el que lo hace desprecia la voz de Dios.

Los que se inclinan a considerar su juicio individual como supremo están en grave peligro. Es un plan estudiado de Satanás separarlos de aquellos que son canales de luz y por medio de quienes Dios ha obrado para unificar y extender su obra en la tierra. Descuidar o despreciar a aquellos a quienes Dios ha señalado para llevar las responsabilidades de la dirección en relación con el avance de la verdad, es rechazar los medios que ha dispuesto para ayudar, animar y fortalecer a su pueblo. El que cualquier obrero de la causa de Dios pase por alto a los tales y piense que la luz divina no puede venir por ningún otro medio que directamente de Dios, es colocarse en una posición donde está expuesto a ser engañado y vencido por el enemigo. El Señor en su sabiduría ha dispuesto que por medio de la estrecha relación que deberían mantener entre sí todos los creyentes, un cristiano esté unido a otro cristiano, y una iglesia a otra iglesia. Así el instrumento humano será capacitado para cooperar con el divino. Todo agente ha de estar subordinado al Espíritu Santo, y todos los creyentes han de estar unidos en un esfuerzo organizado y bien dirigido para dar al mundo las alegres nuevas de la gracia de Dios.

Pablo consideró la ocasión de su ordenación formal como el punto de partida que marcaba una nueva e importante época de su vida. Y desde esa ocasión hizo arrancar más tarde el comienzo de su apostolado en la iglesia cristiana.

Mientras la luz del Evangelio brillaba con esplendor en Antioquía, los apóstoles que habían quedado en Jerusalén continuaban haciendo una obra importante. Cada año, en el tiempo de las fiestas, muchos judíos de todos los países iban a Jerusalén para adorar en el templo. Algunos de esos

peregrinos eran hombres de piedad ferviente y fervorosos estudiantes de las profecías. Estaban aguardando y ansiando el advenimiento del Mesías prometido, la esperanza de Israel. Mientras Jerusalén estaba llena de esos forasteros, los apóstoles predicaban a Cristo con denodado valor, aunque sabían que al hacerlo estaban arriesgando constantemente la vida. El Espíritu de Dios puso su sello sobre sus labores; se obtuvieron muchos conversos a la fe; y éstos, al volver a sus hogares en diversas partes del mundo, diseminaban las semillas de verdad en todas las naciones, y entre todas las clases de la sociedad.

Entre los apóstoles que se ocupaban en esta obra, se destacaban Pedro, Santiago y Juan, quienes creían que Dios los había señalado para predicar a Cristo entre sus paisanos. Trabajaban fiel y sabiamente, dando testimonio de las cosas que habían visto y oído; y apelando a la “palabra profética más permanente” (2 Pedro 1:19), esforzábanse por persuadir a “la casa de Israel ... que a este Jesús que” los judíos habían rechazado, Dios había “hecho Señor y Cristo.” Hechos 2:36.

Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White

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